Cuatro eran las niñas L., cuatro.
Cuatro y tres que sobrevivieron a su padre, un rudo y bigotudo checo que, por su amistad con Franzl B., es el nexo con la familia de la que relata las historias de este blog.
Lolina L. era la menor. Se le murió a su madre Generosa en los brazos cuando apenas contaba unos meses de edad, víctima de una tuberculosis fulminante, y siendo procedida en la muerte, sólo algunas semanas después, por su desventurado padre, que por no llegar no llegaba ni a los cuarenta años.
La desventurada Lolina no llegó a alcanzar la madurez, como digo, y por tanto nos sabemos si hubiera sido guapa o fea, pero probablemente no fuera ni lo uno ni lo otro, sino que, como sus hermanas, llegase a ser una diosa. Una diosa del Gijón de época de guerra, entiéndase. Altas, bien proporcionadas, rubias, ojiazuladas, de facciones esbeltas, tremendas, como actrices de Jolibú, que se diría.
Ángeles L. era la mayor. Una poderosa rubina de pelo ensortijado y alocado, apasionada del cine y la playa por la que, ancianísima ya y la mente nublada por el Alzheimer, se escaparía de casa constantemente, tumbona bajo el brazo y sombrerín de color. Esta hermana L. se casaría, de repente y sin por qués, como lo hacía todo, con un llanerense enamoradísimo de sus huesos y que le haría dos hijos -la menor heredó el nombre y la belleza de la madre y triunfó en la capital como modelo de postín-. Como tantos otros, el matrimonio hasta entonces feliz lo destrozó la guerra. Él se fue, luchó por la República y fue condenado a muerte. Dios sabe cómo se salvó. Pero tanto y tanto, Ángeles tenía que sacar adelante a dos niños, de modo que sacó a pasear su buen hacer por la calle y se metió a trabajar en las galletas Cuétara. ¿Por aburrimiento, por prosperar en el trabajo? Quién sabe por qué, pero mientras su marido le escribía textos de amor en la cárcel ella encerraba a los niños en la habitación y se tiraba al jefe de planta en la cama que tan triste había dejado la guerra. Fue sólo el primero. Cuando él volvió, Ángeles ya estaba acostumbrada a la variedad y la monogamia le aburría. Y la ciudad. Cuando la circunstancia -la terrible tuberculosis que se había llevado a su padre y su hermanita había atacado, recién salido de la cárcel, al marido- lo permitió, se fue a Madrid para no volver (o al menos con esa idea) y lloró amarga la muerte del marido. Años más tarde, muchas de las crisis de su hijo mayor, enfermo -de nuevo- de tuberculosis, la pillarían fuera de casa, del brazo de señores de compañía. Aún hoy, años después de su muerte, sus fotos siguen revolucionando a quien las mira : esos ojos traviesos, ese pelo de duendecilla sin domar.
Amparo L. era la tercera. Cuando no tenía ni veinte años se quedó embarazadísima y, por tanto, en un brete. Manuel, que la pretendía, fue el elegido para ocultar la deshonra que crecía en su barriga y así se casaron, precipitada y atragantadamente, nota de prensa de por medio y teniendo como madrina de boda, precisamente, a nuestra Antonie B. (por aquel entonces, aproximadamente 1925, ya españolizada a Antonia). El enamoramiento, si es que alguna vez lo hubo, se desvaneció muy pronto. La guerra les dejó con una mano delante y otra detrás y Amparo, acostumbrada a que su joven y próspero marido la colmase de joyas, vestidos y dinero, tuvo que vestirse de telas que raspaban y ocultar, de nuevo, una deshonra más. Ya hacía tiempo que él no le hacía demasiado caso. Los ojos de su marido iban a parar a otro tipo de personas. Muy probablemente Amparo, demente, enloquecida, desesperada, en su lecho de muerte muchos años después, abandonada y sudorosa, ya lo supiera. Probablemente ya supiera que los versos que su marido -que triunfó como poeta, válgame el cielo, quién lo iba a decir- le dedicaba amorosos eran falsos. Amparo no era tonta. En absoluto. Sabía de sobra que a su marido, que la sobreviviría -y sobrevive- realmente muchísimos años, le encantaban las niñas. Lo sabía. Y le repelía. Como a cualquier persona decente.
Pilar L., por último, fue la segunda. Y después de las dos historias anteriores, puede que la más tiempo disfrutó de fortuna personal … aunque luego la perdió de golpe. Ella, que se hinchaba el pecho con algodones cuando iba con sus hermanas para aparentar más bonita aunque lo fuera de sobra, se casó con un niño bien. Un niño bien, guapirrísimo, Acción-Catolicísimo, VivaCristoRey y ArribaEspaña que escribía cartas en elegantes hojas de papel sellado con su redundante nombre y que la llevó, mientras le hacía hijos e hijos (todos los que mandase Dios), a Madrid en volandas, aúpado por el Régimen, de algodón y oro hasta la calle de Alcalá. Pasaron los años y Pilar, cómo no, empezó a ser conocida por la capital como una de las señoras de alta sociedad más hermosas de la fecha. Elegante, todo en su sitio (quizás algún algodón aún escondido bajo el sostén), excitadora y causante de miradas. Pero él, poco a poco, al tiempo que los rumores aumentaban, iba queriéndola menos. Un aciago día le dieron una dirección. Allí vive su amante, le dijeron. Allí se la pasa por la piedra, allí es como si fuera su marido, allí te otorga esa graciosa cornamenta, allí. Y Pilar fue, enfurecida como una leona. Le abrió la puerta una vieja patizamba, bigotuda, oronda y basta señorota que, efectivamente, resultó ser la querida de su esposo, que estaba a sólo un par de metros … cambiándole la bombilla del hall. Pilar lloró, lloró, lloró y creyó morir, pero a sabiendas que ella moriría matando. Bastó una simple llamada a Acción Católica, informándoles de la situación, para que él perdiera todo lo que tenía. Su puesto, su posición social, todo. Mucho tiempo después, cuando la pobreza en la que desde ese mismo momento él se sumió acabó por matarlo, La Patizamba (nombre que le pusieron de forma extraoficial, maliciosas y heridas, Generosa, la madre de las hermanas L., y su amiga y vieja conocida nuestra Antonie) llamó a Pilar. Tu marido ha muerto. Y ella, que no había conocido varón desde aquel día en se había abandonado con él, y que aún le extrañaba, fue a velarle. Cuando llegó, La Patizamba salió con algo sorprendente : Yo no pienso cargar con el muerto (nunca mejor dicho), te lo llevas, con su caja y todo, tú, que para eso eres aún la esposa legal.
Cosas veredes, Sancho … ésta, y sólo ésta, es la desgraciada historia de las hermanas L.
A finales de 2007 una funcionaria cansada abrió un viejo tomo de registros de defunción lleno de polvo por la página correcta y sacó el certificado de José María, que alcanzó la muerte cuando la mañana estaba abriéndose, perezosa, en la ciudad de Gijón del aciago verano de 1939. A escasas dos semanas de cumplir los 30 años, el aserrador -de manos grandes, fuertes, duras, acostumbradas al hambre y al trabajo duro, acostumbradas a empuñar un fusil y a cargar con compañeros heridos- cayó muerto sobre la tierra. El papel que, a finales de 2007, la cansada funcionaria fotocopió, aseguraba que lo que había matado a quien su familia y amigos llamaban cariñosamente Joseín era una mera hemorragia interna. Lo decía el Juzgado Militar número 1. Y punto y aparte.
Tuvo la mala suerte de estar de visita en casa de sus padres cuando su padre estaba tomándose unas pintas en el bar y de abrir la puerta cuando el mismo filofascista al que años antes había partido la boca picó. Tuvo la mala suerte de que le reconocieran al instante. Tuvo la mala suerte, en fin, que su padre jamás respondiera a la amenaza de los soldados a los que tantas veces había llamado cobardes en sus charlas de bar.Si no te presentas tú, mataremos a tu hijo, dijeron. Feliciana, la madre, lloró lágrimas de sangre. Ella hubiera preferido perder al marido que tanto la había decepcionado, no al hijo que había parido de sus entrañas. Y el tiempo pasó, pasaron los meses.

