Esto es verdad y cierto

Me tomaron como cadete en la oficina Galli, la más prestigiada del pueblo. Casualmente el hispano de mayor jerarquía, que trabajaba en esa oficina, era un gallego, conocido como el petiso Lagos. Cónsul honorario en Río Gallegos, de la España Franquista y enfrentado con el tío de mi madre, republicano y masón.


Empecé en esa oficina con trece años y estuve varios más. Aun me emociono refrescando las sensaciones al recibir mi primer sueldo, 100 pesos, que durante años anduvieron mezclados con viejas cartas y fotos, en cajones olvidados. Ya siendo mayorcito con 16 años fui panadero, seguí como vendedor de zapatos y en mi primer intento de estudiar, cuando concurrí a Córdoba, aprendí la soledad, el hambre y la desesperación, entendí lo difícil que es lograr alimento, para poder comer trabajé como mozo levanta palos en un boling, vendí diarios, lustre botas. No pude retornar para dar gracias a la solidaridad del canillita apostada en la plaza Vélez Sarsfield que me invitó a comer un asado en su humilde y para mi envidiable casa. Es imposible estudiar cuando tienes que preocuparte por tu existencia, años después fuí cargador de mueble en la mueblería pomposamente llamada MUEBLERÍA LONDON, ubicada frente a la Iglesia San Ponciano en la ciudad de La Plata. Trabajé también en el Frigorífico Swift, de Berisso, y por fin gracias a animarme con dolor a renunciar a la nacionalidad Española, pude presentarme en un concurso donde conseguí ingresar en la Dirección de Vialidad de la Provincia de Buenos Aires, en la oficina Proyectos viales donde la mayoría de los calculistas éramos estudiantes de Ingeniería, con ese empleo pude estudiar gracias a los días de pre examen que la institución nos otorgaba, Ya casado, me recibí de Ingeniero y fue otro enredo.


Antes de embarcar en Bilbao, en diciembre de 1947, comí la última tortilla que traíamos para el viaje y después de embriagarme de ese olor marino, tan particular que tiene el Cantábrico, del brazo de mi madre subí la escalera que me llevó a la cubierta. Embarcamos. José María, mi tío materno, nos acompañó en silencio hasta Bilbao.
Ya no reniego la decisión de mi madre, su obligación fue primero alimentarme, luego educarme y la España Franquista de 1948, no propiciaba buenas oportunidades para los hijos de los perdedores, entiendo que no elegí este destino, me despedí con la congoja en el alma y la ilusión de lo desconocido en la frente, ¿me esperaba una vida mejor? Al final del camino estaba el frío, el viento agazapado, la soledad y mi nueva familia capitaneada por Pin, el más encumbrado, el patriarca, un hermano de mi abuela materna, un tío de mi madre. No le conocí oficio alguno, poseía una panadería y con las dos restantes panaderías del pueblo fundaron la PANIFICADORA. Se repartían entre las tres el mercado. Lo más sustancioso era proveer de pan al ejército, al estar asociados, una sola era la oferta. La otra panadería era la de Peña, también asturiano, casado con una hermana del carnicero de Barros


El tío Pin, todas las tardes, en la galería de la casa jugaba al ajedrez con González el gerente del único cine del pueblo, el cine Carrera, juego que aprendí mirando, lo que produjo su asombro, pero no su alegría. El mismo asombro le produje cuando al verlo abrir la caja fuerte retuve los números, que el repetía cada vez que giraba la perilla y logre hacer la operación con toda facilidad. Creo que siempre quedó inquieto, porque le hice sentir lo vulnerable de su seguridad. Tenía sesenta y algo de años, fuerte, le gustaba comer y chupar bien, a el y a sus amigos, chorizos caseros, morcillas, jamón, buenos guisos, pucheros. La hipertensión lo reventó. Con cierto regocijo infantil observé como transportaban el muerto en el cajón. Murió a los tres años de llegar nosotros a Río Gallegos y durante todo ese tiempo nunca me dirigió la palabra. Distante, lejano, amigo de las relaciones públicas, integrante de comisiones, masón, republicano y antiperonista.


Cuando llegué a Río Gallegos, a la primera semana, concurrí a la peluquería y con mis diez años me despaché contra la dictadura franquista, resaltando la similitud con el peronismo, ante algunos oídos precisamente inadecuados. El tío de mi madre tuvo algunos problemas, que me los hicieron notar y cerrar mis opiniones.
Alto, bastante bien agraciado, los domingos jugaba al tute en la Casa España y ahí iban sus nietos a pedirle dinero para ir al cine. Mi madre no tenía ningún recurso, el con cara inexpresiva y sin mirarme me daba un peso que yo recogía humillado.

Otro personaje en esta familia fue la tía, su mujer. Cuando la conocí me asombré por lo fea. Era retacona, mediría un metro cincuenta, sin cintura, chueca, pelo entrecano, cara redonda, cuello regordete y corto. No la recuerdo sin trabajar. Presenta (que así se llamaba), trabajaba mañana, tarde y noche. Pijotera en todo lo que podía. En la mañana nos daba el café con leche. Delante de mi cara colocaba el café en la manga, echaba el agua y servía el café para mis dos primos, volvía a echar el agua por el café, ya colado, y sin inmutarse como la cuestión mas natural me servía a mí. Me pijoteaba todo, a tal punto que cuando comencé a trabajar, con trece años, lo primero que hice fue comprar un tarro de dulce de leche y lo coloqué en un estante del armario de la cocina, por fin me lo podía comer sin culpa. Alberto decía en el exterior del tarro. Ella si me hablaba, era para darme órdenes.


Manejaba la panadería, cumplía con los deseos de Pin. También convencía a los panaderos para faenar el cerdo, picar la carne, hacer chorizos. Les pagaba con una fabada, una glotoneada de porotos, morcilla, carne con bastante vino y mucha juerga.


Pijotera al máximo ocultaba los chorizos, pan dulce, chocolates y todo alimento de valor energético, en lugares inexpugnables. En una oportunidad, que ella se fue de paseo a Buenos Aires con Pin, una damajuana llena de chorizos en grasa, fue el motivo de búsqueda de toda la familia, y allegados habitúes. La búsqueda fue sin éxito, el refugio no fue descubierto, Presenta (diminutivo de Presentación), para mi durante años fue la tía, la había dejado tirada en el potrero, entre el estiércol del caballo que se utilizaba para el reparto de pan. Cuando regresó, parte del festín fue comerse, con glotonería, media damajuana de esos chorizos. Ese día me tocó también a mí. Llevaba las mangas siempre arremangadas, fuese verano o invierno. Supongo que de ese modo ejemplificaba para que todos soportáramos el frío con alegría y no pensásemos que -5, -10, -20 grados son marcas termométricas, que no se mitigan fácilmente, en una casa de madera y chapa, con vientos de 100 km. por hora, o mas. Al abrir la puerta una lengua de frío penetraba más de 5 metros en la cocina. El frío me subía de los pies hasta los calzoncillos, ella no se inmutaba ni teniendo los brazos morados y la nariz roja en la punta. Abstemia, tomadora de mate, cocinera de grandes guisos, tallarines, canelones, sopas, etc. A los cincuenta años la operaron de cálculos en la vesícula, mis ocultos deseos no se cumplieron.
La única vez que estuvo desprendida fue cuando llegué de la ría con un róbalo de 4 kilos, lo había pescado con un anzuelo y un pedazo de hilo. Inmediatamente me dio dinero para fortificar mi equipo de pesca, mandándome a la ría.


Su última orden de trabajo fue cuando le respondí
-¿Cuánto me paga?;
-¿Cómo cuanto te pago?, Alegó.
Mi respuesta no se hiza esperar, la tenía masticada y en la punta de lalengua.
-Con las tareas que desarrolla mi madre, considero bien pago mi alimento y alojamiento. Le dije. Tendría yo unos 14 años
Mujer inculta y ruda, de la Asturias campesina, al teléfono le decía talefano. Su marido la raptó cuando tenía quince años, bien dicen que no hay quince años feos. Los padres desde ese momento suspendieron la relación con Pin. Tenía hermanas que vivían a cien metros y yo no conocí.


Tito, diminutivo de Faustino era el hijo predilecto de la Tía. Parecido físicamente a su padre, tampoco le conocí trabajo alguno, jugó alguna vez en el torno de la panadería, ufanándose de su habilidad. Su oficio era la noche. Se levantaba a las cuatro de la tarde, de noche desaparecía.

- Toma, toma, trae mas, le decía su madre cuando le daba dinero que Tito utilizaba en el juego nocturno. Yo dormía en la pieza de el y nunca lo vi acostarse, siempre lo hacía después que yo me levantaba. Buen jugador de Póker, Pase Ingles, Rummi, Peonza, Bolíta, Monte, Canasta, y cuanto podía haber. Se las ingeniaba para andar siempre con dinero. Cuando el juego y la madre no se lo otorgaban, la caja de la panadera temblaba. El excedente por pesaje en menos, pasaba a engrosar sus bolsillos, me lo contó mi madre que trabajó ocho años en el mostrador de la panadería. Murió tomando sol en el campo, un peón lo encontró a los dos días. Era muy simpático. Pagaba y liquidaba el sueldo a los panaderos. Trabajé dos años con el de panadero. Cuando, en La Plata, fui a trabajar al frigorífico Swift, me pidieron el número de jubilación. Tito durante esos dos años me descontó el ocho por ciento del sueldo con ese objetivo. Por supuesto tal número de jubilación no existía. No había aportado nada, se lo había jugado. Gracias a Dios no tuvo hijos. Su matrimonio fue con Isabel Riquez. Una maestra hija de asturianos, con toda su familia peronista y católica. Su matrimonio fue por la iglesia, aunque Tito no se bautizó, ni comulgó, ni confesó nunca, unos cuantos pesos y todos contentos con la iglesia rebosante de creyentes feligreses.


La familia tenía un automóvil marca Chevrolet, modelo 43, que manejaba Tito. De mecánica no sabía nada. Con su gabardina, el sombrero ladeado y un cigarrillo en la boca, supongo que se sentía Bogart en Casa Blanca. Tengo entendido que cuidó a su madre como una niñera. Fue un buen jugador de fútbol y con su hermano integraron el equipo del Hispano Americano, que luego integró Chiche uno de sus sobrinos.


Éramos tres los chicos en la casa yo, Chiche y Ernesto. Ellos tenían unos años menos. Alguien compró dos bicicletas una para Chiche y otra para Ernesto. Al mes Tito compró una bicicleta usada, la hizo pintar de azul y me dijo es para ti. Inútilmente me ilusioné con que esto significaba un acercamiento, un cambio de actitud, pero no, todo siguió igual.


Su hermano, Pepe, mayor que el era las antípodas. Trabajador, empleado bancario. Se casó a los veintitrés años y quedo viudo a los treinta. Se fue de Río Gallegos como Gerente del Banco Nación de Esquel, primero pasó por el banco de Bariloche. Pepe no pudo manejar el conflicto entre sus dos hijos y su nueva esposa. Tampoco lo ayudaron para eso sus padres. Ahora, en el recuerdo, creo que el padre siempre lo rechazó porque se parecía físicamente a Miranday, su odiado suegro.


El conflicto entre Pepe y Tito era notorio. Pepe tuvo que irse y Tito ganó el cobijo.
Ambos hermanos, con un ex empleado de la sociedad Anónima, Importadora y Exportadora de la Patagonia, instalaron una zapatería en la que también trabajé como vendedor. Pepe murió estando yo en La Plata y próximo a recibirme de ingeniero. Un tren embistió el auto en que viajaba.


Muerto el tío, su padre y muerta su madre. Tito se quedó a cargo de la Panadería que terminó alquilada a los panaderos, dejó todo destruido. Cuando se hicieron cargo Chiche y Ernesto, por la muerte de su pare Pepe, la destrucción estaba instalada. El esfuerzo de estos chicos y su familia, la colaboración de los amigos de la infancia, el recuperar el contrato de provisión de pan que habían tenido con el ejército, hicieron que el buen nombre de la familia quedara a salvo.


Esta familia, a la que fui a parar, pertenecía al sector representativo comercial de Río Gallegos, no al más pudiente. Los pudientes llegaban a Río Gallegos solo en verano, pasaban los inviernos en Europa. En Inglaterra, Francia, España. Don Pedro Montes, propietario de la Estancia La Angelina, vivía en su departamento en la playa San Lorenzo de Gijón. Fue mi eterna envidia, viajaba desde Asturias en verano y solía frecuentar la casa de la panadería. Pin tenía eso, sabia elegir sus relaciones, sabia con quien comer chorizo y con quien sabadiego, chorizo de inferior calidad. También frecuentaba la casa el Dr. Zumalacárregui. Gente con cierto nivel y jerarquía intelectual, gente demócrata, progresista. Individuos republicanos, masones que fortificaron mi incipiente ideología con sus favorables opiniones hacia la lucha de los anarquistas españoles. Muerto Pin todo quedó en la nada. Ingresaron a la vida cotidiana de la familia peronistas, franquistas y monárquicos, el petiso Lagos, Vicecónsul Honorario de España, amigos de la mujer de Tito, mucha jarana y poco seso.


No fue agradable mi estadía en Rio Gallegos. Estuve allí desde los diez hasta los 20 años, y si en la adolescencia se adolece puedo decir que ahí adolecí. Ni mearme en la cama conmovió a nadie. Salimos de ahí con mi madre como llegamos, con una mano atrás y otra a delante, 10 años mas vieja ella, yo con el titulo de bachiller y el oficio de panadero en mi haber. Poco a poco nos fuimos acomodando a esta nueva familia. Mi madre decidió quedarse. Supongo que hizo lo que pudo, con 33 años, un hijo de 11, sin recurso alguno, fueron muy pocas sus alternativas. Ahí yo podía crecer, estudiar. Fue empleada domestica para todo trabajo, lavar platos, coser, limpiar pisos, tender la ropa, levantar la mesa y atender el despacho de la panadería.


En invierno, si hace menos de cero grado, la ropa tendida queda dura, hay que recogerla sin doblarla, porque si la doblas, zas, se rompe, se parte. Los primeros tiempos durmió en un sofá, que estaba en una galería, que todas las noches se transformaba en cama. Para acostarse tenía que esperar que todos lo hicieran primero, para así poder hacerlo ella. En esa galería, en invierno, los vidrios se transforman en placas de hielo. Se levantaba a las seis, ayudaba en la limpieza y a las ocho al despacho de la panadería.


Tanto al hombre como a la mujer, trabajar y aceptar obligaciones en exceso, a cambio de seguridad, lo liberan de la carga de pensar. Es una manera de esperar.

Maruja con su guardapolvo blanco y su sonrisa de…. todo está bien, dejó que el viento le arrebate su juventud. No te olvides de volver si necesitas algo le dijo su tía política, el día que se decidió a acompañarme la ciudad de La Plata para correr la aventura de estudiar Ingeniería.

A mí me vaticinó el Lungo

Vete vete ya vendrás con les orelles gaches

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