Maruja

Maruja

Ahí estaba eran sus últimos días, tal vez sus últimas horas. 87 años hicieron en su cuerpo el trabajo necesario para postrarla, hoy ya no puedo recurrir a su memoria.

Los últimos días de mi madre los recordaré siempre. Lamento no haber estado permanentemente a su lado. Fueron siete días de incertidumbre. Su nieto José María la tomó en brazos, como a una criatura.

-Papá…, la abuela, ¿no la ves?, no puede respirar.

-¿Qué te pasa abuela?

-Ay, no sé Josito. Y la respiración entrecortada le imposibilitaba la voz.

-¿Llamamos una ambulancia?

-No. Papá trae el auto, dijo Sandra, indicándole a Jóse.

-Maneja vos, no lo dejes al viejo.

Fui hasta el garaje en silencio. Saque el auto marcha atrás, le dije a Anna, mamá no puede más, vamos a la clínica con Jose.

-Diego encárgate del asado.

El terreno en el que tenemos nuestra vivienda, tiene frente a dos calles. Por una se ingresa al consultorio de Sandra, ahí vive Maruja. Por el otro frente se ingresa a nuestra casa, de donde retiré el auto. Di la vuelta, unos ochenta metros, llegué al consultorio de Sandra, arrimé el auto a la vereda, bajé.

José María emergió de la puerta con la abuela en brazos. Tenía puesto su camisón celeste con flores, el rostro arrugado por los años, la respiración agitada, impedida de pronunciar palabra, el paso del aire producía un sonido ronco, áspero.

Su corazón debilitado claudicaba. Durante los últimos ocho años tomó seis medicamentos diarias. Una para la presión, otra para el corazón, otra para la fluidez sanguínea. En noviembre se cumplirían dos años que se fracturó el fémur izquierdo al bajar del auto. Esa fractura la postró un año, estuvo en silla de ruedas. Ella se resistió tenazmente. Ayúdame a levantarme, me decía. Ponme unas agarraderas por aquí. Le compré un andador al que le dio poco uso, poco a poco se fue incorporando. Como vivía sola mi temor era llegar un día a su casa y encontrarla en el suelo. Utilizando un bastón comenzó nuevamente a desplazarse.

Maruja vivía sola, todas las mañanas, durante años, fui a ver como estaba. A la tarde su amiga Celia se trasladaba cincuenta metros para charlar de lo que sea. Siempre tuvo la gracia y voluntad de hacerles panqueques a sus biznietos.

-Quieren frisuelos, les decía a nuestros nietos, y salían corriendo a lo de la abuela vieja, que apoyada casi sobre el fuego, revolvía la harina la leche y se daba el gran gusto,

-Ma ¿como anda la política?, solía preguntarle durante mis visitas mañaneras. ¿Qué dicen los informativos?. Maruja escuchaba diariamente la radio, fue su compañía por años, conocía las noticias, no se le escapaba nada, el valor del dólar, las absurdas declaraciones políticas que siempre comentó con ironía. Cuando se refería a Aznar, o cualquier otro franquista, su raciocinio quedaba anulado por el odio

-Son todos unos bribones, Estados Unidos que se quede en su casa. Qué tiene que hacer por ahí.

-Videla ese atorrante antes que se muera, prefiero verlo sufrir, ¿no le dará vergüenza al cura? Los que mató ese atorrante para darle ahora todos los días la comunión.

-Llegamos al sanatorio, ubicado en la ciudad de La Plata. Desde City Bell hay que recorrer unos doce kilómetros. Durante todo el viaje, Maruja ahogándose, temí que en un momento no pudiera respirar. El día anterior sus piernas hinchadas a la altura de los tobillos denotaron la acumulación de líquido.

-Recuéstate en la cama ma, pon una almohada debajo de las piernas para que se te baje esa hinchazón, le dije. Así lo hizo, la consecuencia fue que el líquido encharcó sus pulmones impidiéndole la respiración. Durante el viaje, que fue de unos veinte minutos, observé angustiado el esfuerzo que hizo. Con el brazo levantado, se aferró a la abrazadera ubicada sobre la puerta del auto. De tanto en tanto el cansancio le obligaba a dejar su cabeza colgando a uno y otro lado.

-Ya llegamos abuela, le dijo José María, no contestó.

Entramos por la guardia. En esa clínica Maruja había estado tres días la semana anterior.

-¿Qué pasó María? La llevamos a Coronarias. Que tal José cómo te va por España, preguntó Uriarte médico cardiólogo que atendió a mamá y compañero de carrera de Jose..

Al día siguiente Maruja era otra persona, alegre, dicharachera, estaba rebién, un poco de oxigeno, y su corazón fatigado reaccionó nuevamente.

-¿Como estás ma…?

-Bien hijo, bien, quédate tranquilo. Mira como se me deshincharon las piernas. Estoy muy acompañada, todos me quieren. No te preocupes, no me voy a morir. Si del otro lado hay algo, ¿los que fuimos buenos no tenemos problemas, no?

-No vieja, no… , le contesté.

- ¿Cómo anda? -pregunté a la enfermera.

-Bien, lo pasó bárbaro, es una mujer excepcional, me contó que se quedó viuda a los 22 años en la Guerra civil de España, no deja de hablar de usted, dice que es un hijo maravilloso.

- ¿Qué dice el doctor Uriarte? ¿Está Uriarte?

-No, el doctor está mañana de turno, hoy vino a la mañana.

El médico de mi madre fue compañero de facultad de mi hijo, ésta situación a Maruja le dio una especial seguridad y tranquilidad.

-Está bien superó el estado critico, vamos a ver, haremos algunas radiografías

.-El doctor me dijo que mañana me dan de alta. ¿Sandrita?, ¿los nenes?

Permanecer en la clínica viéndola indefensa, sin posibilidades, no lo soporté, dejarla sola me generó una culpa que aún hoy recuerdo.

En la habitación había dos camas. La compañera, algo más joven, atendía sus permanentes conversaciones

-Es mi hijo, es Ingeniero Civil, es muy reconocido en la Plata, es muy inteligente, ahora es asesor del Ministro de Obras Publicas. Tengo tres nietos y José María, trabaja en Palma de Mallorca. Vino de vacaciones. Diego es el último, no viene porque no quiere verme así, en la cama. Yo señora vine sola de España con un hijo de diez años. A Río Gallegos. Diez años trabajé en esa panadería, con un frío de hasta veinte grados bajo cero.

Ahora que la veo ahí sonriéndome, totalmente gastada, pasando sus últimos días o sus últimas horas, diciéndome que me quiere, que siempre me quiso, no puedo dejar de recordarla joven, rubia, hermosa, lozana, alegre, derrochando energía en esos prados de Asturias

Sonó mi teléfono móvil

- ¿Hola?

- ¿Llegaste Papá? Dame con la abuela

-Es Sandra, quiere hablar con vos.

-Hola Sandrita, Bien, estoy bien, no nada.

-Ah. Sí, sí. No, que voy a estar sola, tengo una vecina con la que hablamos todo el día.

-El Doctor me dijo que si sigo así mañana me da el alta.

-Sí. ¿Están los nenes ahí?

-Qué tal Julito, sí, Julito, la abuela vieja.

Habló con todos sus nietos, Sandra me había dicho que calcularía cuanto tiempo tardaba en llegar yo a la clínica para llamarme y hablar con ella. No quiso venir al Sanatorio. La abuela según ella no estaba bien, no creía que volviera, y no aguantaba el verla en sus últimos días.

Maruja habló con sus bisnietos.

-Chau, un besito para todos, le dijo a Laura que le reclamaba que volviera.
Cuando me fui siguió hablando con la vecina de su vida, siguió encandilando y seduciendo a todos, enfermeros, médicos y pacientes.

Maruja nació el 16 de enero de 1915 en Barros, un pueblo de la cuenca minera asturiana. De la cuenca del Nalón, río que discurre sobre una de las laderas del valle. En su momento todo el valle fue una gran vega, donde el maíz, patatas, arvejas, fabes, cebolla y todo tipo de hortalizas alimentaban a los vecinos de Barros los que construyeron sus casas en el arranque de las laderas, en los terrenos con menos posibilidades agrícolas. Sus padres también poseían su pedazo de vega.

Maruja tuvo tres hermanas, Araceli, Luz Divina, María Luisa y un hermano José María. Ninguna de mis hermanas vino a verte cuando naciste, me dijo con dolor hace bastantes años. Ninguna de ellas, nadie, tampoco mi madre, ni mi padre ni José María tu tío, sólo vino mi tía Lola. No vinieron porque cuando naciste no estaba casada con tu padre, desde casa sentía los cañonazos bombardeando Oviedo. Tu padre estaba en el frente, con Higinio Carrocera.

A Higinio lo fusilaron. Fusilaron a tantos

Siendo adulto me contaron que en los festejos por la derrota de socialistas, comunistas y anarquista, mientras nosotros estábamos refugiados, mi tía Luz Divina hermana de Maruja, vitoreaba, agitando banderas, franquistas al frente de la manifestación fascista. No creo que supiera de qué se trataba el feroz enfrentamiento que protagonizó, en ese entonces, el obrero asturiano.

Derrotada la ilusión y de regreso en Asturias, años después, cuando nos bautizaron para poder ir a la escuela mi madrina y padrino fueron mi tía Luz Divina y su marido Víctor. Se nota que Maruja intentó por todos los medios que sus hermanas la aceptaran, pretensión inútil.

Antes de la batalla del Mazucu, donde miles de Asturianos dieron la vida por defender ,algunos la Democracia y otros un proyecto de sociedad sin mandones, ¡Destruid el poder y encontrareis la igualdad¡ preconizaba la CNT, antes de la batalla del Mazuco, como decía, Maruja se enteró que el batallón de Higinio pasaba por la Felguera y ahí fue a verlo. A mi me dejó con Soledad, tenia yo unos meses.

-¿Trajiste a Alberto? -le preguntó.

-No, está con tu hermana, está hermoso casi no llora, fueron a una fonda y Maruja pasó la última noche de su vida en brazos de un hombre. Desnúdate, déjame verte desnuda, le imploró esa noche José María. -No, me da vergüenza. Así me contó, en sus últimos años, mi madre. -Que tontas éramos, que poca educación, porque no le dejé que cumpliera sus deseos. Qué mal hay en que me hubiera visto desnuda, razonaba mi madre muchas de las veces que tuvimos charlas de recuerdos.

-Te quiero, Maruja, te quiero a ti y a mi hijo, ¿por qué no me lo trajiste? Quiero estar contigo. Quiero ver a mi hijo.

-Soledad me dijo: vete sola, deja al crío, para qué lo vas a llevar, a lo mejor llora, no me iva a dejar estar contigo.

-Esta Soledad, dijo mi padre, … bueno, bueno.

Mi madre siempre recordó esta última noche. La tuvo grabada a fuego en su mente, en su corazón. En sus últimos días el recuerdo de estos últimos momentos pasados con mi padre le produjeron un placer desconocido para otros.

-Coge al guaje y vete para Barcelona que luego iré yo porque esto se cae, le indicó José María esa noche. No vamos a poder resistir, la presión de las tropas franquistas, italianas, la aviación alemana, será demasiados, algunos grupos ya se están retirando, nosotros vamos hasta el final.

La aviación alemana hizo estragos en los montes pelados del Mazucu, luego Asturias entró en la negra noche de la persecución. Fui al Mazucu siendo hombre hecho y derecho y lloré desconsoladamente.

Al día siguiente, lo primero que hizo Maruja fue decirle a Soledad:

-Tengo que viajar a Barcelona, José Maria me lo mandó.

-Cómo vas a ir sola por ese mundo de Dios. Yo te acompaño, refunfuñó Soledad.

En un santiamén embarcaron, en un pequeño barco en Gijón, rumbo a Francia. Sin luces, en viaje nocturno, el acorazado o destructor Cerbera perteneciente al Fascismo vigilaba la costa norte española. Maruja embarcó con sus 23 años y su hijo, Soledad, mis primos, mis tías, todos refugiados asturianos, compañeras de anarquistas combatientes.

El cruce a Francia en el Cantábrico fue en una noche apiñada, de invierno, donde los orines, los vómitos de los mareos y el terror de ser descubiertos silenciaban la voz. Atrás quedó su madre, sus hermanas, que nunca la comprendieron. Araceli y Luz Divina la vigilaron para denunciar cada vez que se veía con José María.

Maruja ya era una mujer 23 años, con un hijo. José María en el frente. José María le dio paz y tranquilidad, -no te preocupes Maruja cuando todo esto pase nos casamos y hacemos una gran fiesta, tus hermanas, tu madre y tu padre con los míos vas a ver.

-¿Anotaste al chico?, le dijo una noche que vino del frente. Maruja quiso anotarlo con el nombre del padre pero él no.

-Que se llame Alberto, tiene que ser un ser libre, ponerle mi nombre es de alguna manera hacerlo dependiente.

-¿Viste que lindo?, tiene los ojos azules como yo y es moreno como tú.

-Lo que importa es que sea un buen ser humano Maruja, ¿lo lindo y lo feo que es?, ¿para qué sirve?

Estando en Barcelona se enteró de la muerte de mi padre, quedó herida, soltera ,había perdido para toda su vida

Estas pequeñas charlas, trasmitidas cientos de veces, son recuerdos que ya no podré volver ha escuchar de los labios de mi madre.

-Dame un poco de agua, me dijo, el derrame cerebral le paralizó medio cuerpo, col basu hijo. Fueron los últimos momentos de Maruja.

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