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Fecha: noviembre, 2016
Pobres con techo
Ángel M. González 28-11-2016 | 6:08 | 0

La consecuencia más desgarradora que trajo consigo la gran depresión ha sido, sin duda alguna, el incremento de la pobreza. Los rostros depauperados de la crisis son muchos y muy variados, se fueron manifestando de distintas maneras conforme las fauces de la recesión fue hincando sus dientes en las personas, debilitándolas, haciendo mella en sus vidas y conduciéndolas hacia situaciones agónicas. En Gijón, ahora mismo, hay más pobres que nunca. Una buena parte de esa realidad se ve en las calles, en la mirada triste de la gente, la que te encuentras en un corto paseo, de frente o en la esquina. Pero hay otra parte que la padece en silencio, sin revolución, en sus casas, sufriendo las penurias del invierno, cada vez más duro y frío, cada vez más eterno.
En Gijón han aumentado los pobres, como en otras ciudades, pero también ha crecido la solidaridad. Ha reforzado todo su entramado de atención social, incluso de forma envidiable para otros municipios, intentado responder a las necesidades que se fueron generando conforme se iba incrementado la desigualdad y el desarraigo.
La labor asistencial realizada por asociaciones y colectivos en colaboración con las instituciones sigue siendo determinante. Como lo ha sido también la articulación de un amplio catálogo de ayudas destinadas a las personas más desfavorecidas, en situación vulnerable o al borde de la exclusión, encabezadas por el salario social, la prestación regional cuya demanda obligó al Principado a multiplicar por diez los recursos que había previsto cuando se creó en 2006. Un catálogo que fue aumentando con el agotamiento de los subsidios de desempleo y con los desahucios para atender los gastos más básicos de cualquier familia, la alimentación, el alquiler, la luz, el agua y la calefacción. O para que numerosos niños puedan hacer en el colegio una comida caliente y completa al día.
Esta semana, el bloque de la izquierda en el Ayuntamiento favoreció con su abstención que los presupuestos de la Fundación de Servicios Sociales salieran adelante en el camino de la negociación para las cuentas municipales del próximo año. En el proyecto se incluye la creación de la renta social, una nueva ayuda que está aún pendiente de concretar pero que va destinada a complementar el conjunto de medidas asistenciales del municipio.
La implantación de esta figura supone una oportunidad para reordenar las prestaciones y los servicios de atención social con el fin de aumentar en eficacia y agilidad y afrontar la pobreza de manera más estructural. No solo para quienes por desgracia carecen de hogar o de empleo. Existen muchas personas que cobran por su trabajo remuneraciones ridículas, amparadas por la reforma laboral, que apenas alcanzan el salario mínimo. Gente con techo cuyos ingresos no les permiten llegar a fin de mes, pero tampoco beneficiarse de la protección social establecida. La renta básica puede ser el alivio para ese trabajador que no ha dejado de ser un desfavorecido porque su sueldo no le da para vivir.
Ahora bien, aunque existen ciudades en este país que han puesto en marcha figuras como esta, la prestación tendría que tener ámbito autonómico, incluso nacional diría yo. En el caso de Asturias puede ser una modalidad dentro del salario social, cofinanciado si se quiere, pero sin que su aplicación provoque mayor desigualdad social entre territorios ni ‘efecto llamada’, como ya ocurrió con otras ayudas.
Tal parece, de momento, que no hay voluntad en la región de que esto sea así, por lo que solo cabe esperar que este mínimo vital municipal sea coyuntural, con los recursos que tenga que tener, pero sin detraer de aquellos que puedan contribuir a la prosperidad colectiva para que el drama no se alargue.

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La resurrección urbanística
Ángel M. González 23-11-2016 | 11:50 | 0

Ante todo, la anulación del último plan urbanístico gijonés no parece que fuera tan desastrosa para la ciudad al producirse en un momento en que la construcción sufrió el mayor freno desde que uno tiene uso de razón. Visto con la perspectiva que ofrece el transcurso del tiempo, el hecho de que aquel PGO fuera a la papelera por decisión judicial no provocó un mayor hundimiento que el que ya estaba instalado en Gijón por el estallido de la burbuja.
El golpe de los tribunales tuvo lugar entonces en el mejor de los momentos, salvo, claro está, para quienes se habían hecho con la propiedad del cinturón rural más cercano a la urbe con el fin de no perder la costumbre del pelotazo gracias a un documento que permitía que el globo siguiera hinchando. Con el plan anulado y el nuevo aún en tramitación vemos que la construcción se reactiva ante la más mínima oportunidad con actuaciones sobre antiguos edificios y solares en el corazón urbano y vendiendo promociones enteras en Nuevo Roces, por ejemplo, donde todavía queda espacio para llenar el barrio de más familias. O sea, que incluso se logra renovar y compactar la ciudad sin que exista la necesidad de amparar el lucro sin escrúpulos. Por lo tanto, todavía hay campo suficiente para favorecer el despegue de una actividad que tanta mano de obra genera.
Mientras, el largo proceso para definir el futuro PGO continúa. Los grupos políticos han recibido un avance del informe de alegaciones elaborado por los técnicos con los puntos políticamente más calientes del documento, sin que se produzcan grandes cambios sobre las líneas generales que inspiraron el texto inicial que recibió el apoyo mayoritario de la Corporación. Resucita la discusión sobre los trazos gruesos del urbanismo gijonés, aunque los problemas más agudos surgirán luego en el examen de la letra pequeña.
Los redactores mantienen el modelo que suprimió de forma sensata los urbanizables en la zona rural, de la misma manera que plantea ahora el Gobierno regional para su proyecto de área metropolitana, e intentan librar el plan de la judicialización en los flancos más débiles. De esta forma, lo adaptan a la ordenación urbanística del litoral definida por el Principado que aumentará los litigios con los propietarios, lo preparan para que pueda pasar el examen de la CUOTA, atienden a intereses de última hora y abren el camino para garantizar que Arcelor, Armón y El Tallerón puedan seguir desarrollando su actividad industrial sin una espada de damocles sobre los terrenos que ocupan. Menos mal. Lo contrario, que hizo saltar las alarmas en la multinacional del acero, era simple y llanamente una aberración.
Ahora bien, la siderurgia tendrá que adoptar mayores medidas medioambientales y, si cabe, rodearse de arbolinos para despistar el impacto, de la misma manera que hace años el astillero levantó un seto de leylandis en su linde con el vecindario.
Y sobre Naval Gijón, más de lo mismo. El Gobierno local propone que el suelo de la antigua factoría, tanto el que subastará la Autoridad Portuaria como el que está en manos de Pymar, estará exento de viviendas en favor del consenso general de los grupos políticos. El destino es el polo tecnológico, con espacios para el esparcimiento ciudadano y la hostelería.
Una buena utilización, desde luego, aunque sigo pensando en que todo ello era compatible con una pequeña franja residencial a modo de transición que continuara lo que ya está construido en Poniente, los famosos edificios ‘barco’, hasta conectar con los futuros desarrollos de El Natahoyo, entre otras cosas para que el proyecto ganase en viabilidad sin que ello supusiera hablar de especulación. Naval Gijón y lo que finalmente se haga en el plan de vías conformarán un nuevo centro en el alma urbanística de la ciudad. Cuanto mayor atractivo tenga, mejor para todos.

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La agenda del tren
Ángel M. González 14-11-2016 | 11:40 | 0

De don Íñigo de la Serna destacan su municipalismo, voluntad negociadora y sentido común, tres virtudes sumamente necesarias para que el flamante ministro de Fomento afronte con solvencia los proyectos ferroviarios pendientes en esta región y el cúmulo de despropósitos en la variante de Pajares, abocada a convertirse en la obra con mayor sobrecoste de la historia de este país. Don Íñigo es ingeniero de caminos, sabe de medio ambiente, ejerció responsabilidades políticas en esta materia y además se le supone, de mano, esa capacidad natural para decidir de forma razonable el impulso que requieren las infraestructuras del tren en Asturias. Necesitamos un ministro que, de una vez por todas, actúe con firmeza y eficacia. Ni buenas palabras, ni falsas promesas, ni que nos llevamos bien o mal unos y otros. Comprometerse y cumplir los compromisos.
La llegada de la alta velocidad es un objetivo incuestionable, pero sin renunciar a nada de lo que se ha venido poniendo sobre la mesa se tendrían que definir con claridad las prioridades para conseguir unas comunicaciones ferroviarias propias del siglo en el que nos ha tocado vivir. Un sistema de transporte rápido, seguro, avanzado, competitivo, sostenible y respetuoso con el entorno.
La primera prioridad, no cabe duda, es finalizar cuanto antes la variante. La puesta en marcha de los túneles tiene que ser el primer apunte de la agenda de tareas inmediatas del nuevo titular de la cartera de Fomento. Las previsiones más optimistas apuntan a que nos queda todavía como mínimo un año para que se abra uno de los dos corredores. Ojalá no se alarguen más los plazos.
Luego, en teoría, se tendría que completar el trazado de AVE desde Lena hasta Gijón, pero sobre esta actuación se puede abrir una reflexión. No voy a decir, como lo hizo hace más de seis años el entonces líder de la patronal asturiana, Severino García Vigón, en una entrevista con este diario, que el AVE entre estos dos puntos es un lujo, aunque quizás sea el momento de repensar si tenemos que incluirlo en el máximo nivel de preferencias.
Las dos fases del trazado, de Lena a Oviedo y de Oviedo a Gijon y Avilés, incluida la ‘Y’ ferroviaria en Villabona, tienen un coste inicial que ronda los 1.600 millones, casi tanto como el presupuesto estimado de la variante cuando se puso la primera dovela en el año 2004 y que ya supera el doble.
Los proyectos en cuestión recibieron 178 alegaciones, tienen una amplia contestación social por parte de los vecinos de muchos de los pueblos afectados, prevén extender la nueva vía con más de una veintena de túneles y viaductos, llevarse por delante un montón de viviendas y atravesar acuíferos y pozos mineros, como relataba esta misma semana Ramón Muñiz en este periódico. Y además no resuelven los accesos a las ciudades. La inversión que requerirá, pues, será infinitamente superior.
Estamos aún a tiempo para llevar a cabo la reflexión aprovechando el cambio ministerial. De todo lo que se tiene previsto acometer puede que tenga cierta prevalencia la variante de Villabona con el fin de resolver el cuello de botella ante una falta de capacidad para absorber el más que probable aumento del tráfico de mercancías y viajeros. Sobre el resto habría que meditar si merece la pena tal desembolso y destrozo medioambiental para ahorrar diez o quince minutos de viaje a Madrid con toda la vía de altas prestaciones extendida desde la puerta de casa.
Por lo tanto, la segunda prioridad podría ser destinar ese dinero a mejorar lo que ahora tenemos en todo ese tramo, por supuesto, y a relanzar los servicios de cercanías para conseguir una buena comunicación metropolitana en la zona central de Asturias y con las alas. Abierto Pajares, la modernización de toda la red ferroviaria interna de la región es urgente e irrenunciable. Y esa transformación no se debe acometer sin antes definir y ejecutar el plan de vías de Gijón, que incluye la utilización del túnel del metrotrén desde el Humedal hasta Viesques.
No se puede concebir el desarrollo de un programa de conexiones de proximidad sin tener resuelto el proyecto de esta ciudad que, al fin y al cabo, es la que mayor tránsito aporta y la que garantiza la viabilidad de todo el sistema. Para ello es imprescindible la apuesta firme y concreta de Fomento. No todo tiene que estar condicionado a la obtención de plusvalías por la venta de terrenos. En Madrid se encuentra el jefe de estación al que compete ordenar la salida. El deseo es que el señor De la Serna haga sonar pronto el silbato.

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Las camas de Cabueñes
Ángel M. González 11-11-2016 | 6:55 | 0

Las esperas de pacientes en camillas y sillas de ruedas en los boxes de urgencias del Hospital de Cabueñes por falta de habitaciones mientras permanecen cerradas dos plantas desde el verano pone de manifiesto la dificultad que muchas veces padece el sistema sanitario para adaptarse a la demanda con agilidad y eficacia. La situación generada esta semana no es exclusiva del hospital gijonés, se produce lamentablemente con excesiva frecuencia en otros centros hospitalarios de la región y del país por la presión asistencial, la contención del gasto, el deficitario manejo de los recursos y, en algunos casos, el escaso compromiso profesional.
Estos cuatro factores, digamos, confluyeron en Cabueñes durante estos días de mayor afluencia sin que los usuarios obtuvieran la respuesta plenamente satisfactoria. El malestar y las quejas de familiares y enfermos son entendibles, al igual que la supresión de camas en aquellos periodos de menos ingresos hospitalarios como medida de ahorro, pero siempre y cuando se lleve a cabo sin menoscabo de la asistencia.
En el hospital gijonés se echó en falta la reacción ante un incremento de la demanda pese a que existen posibilidades y recursos disponibles en el área para hacer frente a momentos así de carácter coyuntural. La mejora en los tiempos de las altas, una gestión más ágil de las habitaciones o la desviación de pacientes a otros centros solo cuando es absolutamente indispensable son algunas de las acciones que pueden evitar que la persona que vaya a ingresar no tenga que aguardar horas y horas para que le preparen la cama.
En definitiva, más dinamismo y decisión. Tenemos la mejor sanidad pública del mundo, pero también muchas cosas que perfeccionar.
La reforma y ampliación del hospital que tiene previsto acometer el Principado no solucionará por sí sola este tipo de situaciones. La remodelación, cuyas obras en una primera fase coincidirán en 2018 con la celebración de los cincuenta años del primer edificio, pondrá orden desde el punto de vista físico y funcional a un centro que fue adquiriendo dimensión a base de añadidos. En ese sentido, el proyecto es una necesidad y resulta bienvenido por prioritario para una comarca que aporta la tercera parte de la población sanitaria de Asturias. La imagen que ahora ofrecen determinados servicios, el de urgencias por ejemplo, donde se mezclan pacientes de todas las edades, acompañantes y personal en salas y pasillos, no es la mejor muestra de un hospital moderno y contribuye a trasladar una mayor sensación de caos y saturación.
El nuevo Hospital Universitario de Cabueñes tendrá una distribución de espacios más racional y corregirá los problemas de comunicación que existen ahora, de tal manera que la percepción, al menos, promete ser distinta. Y también prevé aumentar el número de camas, 115 plazas más, para atender el crecimiento que se espera en un futuro que está a la vuelta de la esquina como consecuencia del envejecimiento de la población. Es decir, el centro va a tener que hacer frente a una presión cada vez mayor por parte de los usuarios.
Por lo tanto, sus gestores y, sobre todo, los profesionales, en todas sus categorías y funciones, tendrán que esmerarse para cambiar la cultura de trabajo que han venido practicando hasta ahora con una mayor corresponsabilidad. Empecemos a andar ese camino si queremos un hospital más eficaz, tecnológico y confortable.

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