El Comercio
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A propósito de la residencia
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Ángel M. González | 16-05-2017 | 11:51

Gijón se ha convertido en zona oscura para la construcción. Podría aceptarse como premisa que la carencia de una planificación urbanística en toda regla no suponía hasta hace poco motivo real de preocupación ante la larga agonía sufrida por el sector como consecuencia de la gran depresión. Daba lo mismo que existiera norma o no porque nadie en plena recesión iba a colocar un ladrillo. El daño, en todo caso, sería para aquellos que tenían en perspectiva hacer negocio con el suelo adquirido para levantar viviendas en praos convertidos en fuente de riqueza mediante un papel cuya legalidad resultó invalidada por los tribunales. El tiempo ha ido transcurriendo, la crisis ha dejado de apretar las mandíbulas y empieza a haber movimientos que indican la cercana recuperación de una actividad, que llegó a ser intensa en empleo y producción. Sin embargo, seguimos sin definir el plan que permita sustentar ese despegue. En Gijón, ahora, empezamos a tener un grave problema. Una ciudad sin plan urbanístico retrasa su propio desarrollo. No podemos ser ajenos a cualquier atisbo de reactivación.

Todo ello viene a propósito del debate suscitado esta semana con el proyecto para construir la residencia de estudiantes en la parcela del campus universitario que tenía como destino la Semana Negra. El promotor no está dispuesto a iniciar la obra mientras no tenga la licencia definitiva. Tal como está trazado ese suelo en el PGO que se está tramitando, el permiso puede tardar más de dos años en recibirlo si las cosas van bien. Primero tiene que haber plan general y luego uno especial. Es decir, la residencia en cuestión puede irse al garete.

Don Fernando Couto, el concejal comandante del urbanismo, ha garantizado un cambio de oficio para que el empresario tenga la autorización correspondiente en dos meses, aprovechando la aprobación de las últimas alegaciones al plan. Hay que confiar que así sea, pero en materia tan sensible como la que estamos abordando la buena voluntad de los regidores no es suficiente. Si para todos los grupos políticos es prioritaria la residencia, y si tiene tanta importancia para la urbe que haya un plan general, se echa de menos mayor corresponsabilidad.

El empresario argumentaba la inseguridad jurídica en la que se podía encontrar el proyecto con las directrices del PGO. Esa desconfianza es precisamente la que puede llevar a Gijón a perder las oportunidades que buscan los inversores en los prolegómenos de la recuperación. La falta de plan, la inexistencia del catálogo urbanístico y la pelea política municipal está frenando el interés por el desarrollo de iniciativas inmobiliarias en esta ciudad.

Hablando de plazos, el gobierno local fía la aprobación final del documento para mediados del próximo año en el caso de que la tramitación vaya como es debido. Por ejemplo, depende de si la CUOTA falla en quince días o en cuatro meses, que está por ver. Más allá de ese calendario entramos en contienda electoral y los partidos, a las puertas de la batalla, empiezan a verse como enemigos, huyendo de alianzas y acuerdos para la causa que sea.

En paralelo, seguimos siendo incapaces de sacar adelante dos grandes actuaciones de cirugía urbanística. No tiene nada que ver una con la otra, pero la imagen que se transmite es similar. Al este, la transformación de la Ería del Piles lleva más una década dormitando por la indefinición, la guerra con los propietarios y ahora la crisis de la promotora, que ha pasado la pelota a los bancos. Al oeste, el ‘solarón’ convertido en ‘central park’, donde ni siquiera hay una idea clara del tamaño que tendrían que tener las parcelas para poder darles salida. Mientras, a veintiocho kilómetros al sur, un ‘pool’ de constructoras, alguna de ellas con un papel relevante en Gijón antes de que pinchara la burbuja, convertirá la entrada de la capital en un gran bulevar. El grupo de empresas destinarán más de 100 millones para la resurrección de El Vasco. Por aquí, ni se asoman.