El Comercio
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Fecha: noviembre, 2017
La hora de la ZALIA
Ángel M. González 22-11-2017 | 12:15 | 0

Circulando por la carretera AS-326 a través de la llanura de Serín y San Andrés, nada más pasar la primera glorieta en dirección a Gijón, te adentras en un espacio inhóspito plagado de plumachos. La zona logística, que por la noche desde el aire simulaba con su dispendiosa iluminación una pista de aterrizaje, se ha convertido en el mayor vivero asturiano de ‘cortaderia selloana’, el popular yerbajo pampeano cuya cola de zorro todavía adorna en jarrones los salones de algunas casas. Los plumeros de la ZALIA representan la imagen de la decadencia sobrevenida por los efectos de la gran depresión, una buena estampa para una obra sobre aquello que iba a ser y no fue. Aunque la invasión de esta especie patagónica se ha convertido en motivo de inquietud para las autoridades, en el caso de la ZALIA su presencia no debería de generar preocupación ante el hecho de que, al final, sucumbirá con solo el movimientos de tierras realizados por las máquinas.
Voy a ser optimista. A los plumeros de la zona logística les doy de vida, a lo sumo, poco más de tres años. Tengo la confianza de que en ese tiempo van a ir cuajando iniciativas empresariales que darán ocupación a estos terrenos hasta ahora baldíos por la tardanza en arrancar el proyecto, el retraso en la dotación de infraestructuras y las circunstancias económicas en las que fueron desarrollados. Asistimos a un conjunto de decisiones que invitan a pensar que este enclave estratégico para el asentamiento de actividades logísticas e industriales en la región puede cobrar vida después de transcurrir más de una década desde que fuera concebida. Vinculada a la creación del ‘superpuerto’ en aquella época en que todo era superlativo, el redimensionamiento del espacio propuesto por el Ayuntamiento y aceptado ya por todas las partes implicadas resulta una medida razonable y sensata. Reducir a la mitad la superficie a urbanizar y dejar el resto del terreno afectado como reserva de suelo para una futura ampliación abre el camino a la viabilidad del polígono, que solo con lo que se hizo hasta el momento acumula ya una deuda de 104 millones de euros. La única manera de frenar la sangría que ha sido la ZALIA para las administraciones durante todos estos años es aplicando el torniquete y cortando por lo sano. Al menos, por donde se puede salvar. Al final se trata de adaptar aquel sueño mastodóntico a las condiciones de la realidad.
En ese trecho, el precio de las parcelas disponibles también requiere su ajuste. No es posible mantener un coste por metro cuadrado por encima de los ochenta euros con infraestructuras en precario cuando en los alrededores se cobra poco más de la mitad. Los gestores han contratado una consultora para que determine la retasación, pero la revisión parece evidente. Luego están los famosos accesos, una actuación que, como todas las comunicaciones en esta región, se mueve al ritmo del perezoso, pero que por fin empiezan a ganar forma: el primer ramal de autovía desde Lloreda que conectará con El Musel ya se encuentra en obras y la construcción de la carretera que enlazará la ZALIA con la Peñona, adjudicada. Y por último, el nivel de consenso que se observa en las administraciones en cuanto al interés por impulsar definitivamente este magnífico enclave para la nueva industrialización que necesita Asturias. En los próximos días los puertos de Gijón y Avilés darán luz verde a las aportaciones pendientes para atender los compromisos financieros de la sociedad gestora. La colaboración institucional es determinante para recuperar la confianza y aprovechar la oportunidad que ofrece la zona logística para el emplazamiento empresarial. En ese escenario, los proyectos en ciernes tienen que recibir todo el respaldo posible. Bienvenidos sean.

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El retablo del PSOE
Ángel M. González 22-11-2017 | 12:14 | 0

Los socialistas gijoneses han iniciado la cuenta atrás para elegir a su nuevo timonel.  La militancia decidirá el próximo día 26 de noviembre la persona que ocupará la secretaría general y dirigirá la ejecutiva para relevar a una gestora que lleva más de año y medio de mandato interino. Los aspirantes tienen veinte días por delante para ir conformando sus candidaturas ante un proceso que promete ser muy concurrido, intenso en el debate y trascendental para determinar el rumbo del partido en Gijón. El deseo de renovar la formación está llevando a la presentación del mayor número de pretendientes para la dirección en toda la historia del PSOE local. Tal parece que  se colocarán al menos cuatro candidatos en los puestos de salida para la carrera por el liderazgo. Entre los contrincantes hay quien portando ahora la bandera de la transformación entronca con la historia del partido porque participó en ella; el que quiere coger el testigo desde el grupo municipal haciendo valer sus inquietudes y su juventud; quien se presenta respaldado por la corriente más crítica que tuvo la formación política en Gijón desde que entró en declive, y luego la persona que acudirá supuestamente avalada por esa nueva mayoría dominante que representa el sanchismo. Perfiles distintos, procedencias diferentes y respaldos desiguales, pero con una misión compartida a tenor de lo que vienen sosteniendo en los prolegómenos del cónclave cada una de las partes: la construcción de un proyecto que ilusione a la militancia, conecte mejor con la sociedad y recupere la confianza del electorado.

El PSOE local es como un retablo policromado con una gran variedad de escenas y protagonistas que, por el discurrir del tiempo y las condiciones del entorno, necesita con urgencia una restauración. Una casa del pueblo donde ejercen influencia unas cuantas familias, bloques del mundo sindical, cachorrismos, históricos con pedigrí y cargos públicos permanentes, que requiere orden, unión y concierto.

El partido socialista gijonés, como el nacional o el asturiano, ha sido víctima del desgaste institucional, de la devaluación de sus dirigentes y de sus propias contradicciones. Como consecuencia de ello, fue perdiendo espacios para la cosecha de votos por la irrupción de dos formaciones ideológicamente en las antípodas entre sí pero que tuvieron en las siglas del puño y la rosa el enemigo común. Así, en los últimos diez años sufrieron la dura penalización del electorado después de tres décadas de gobierno municipal y de tres alcaldes que, con aciertos y errores, dejaron sin duda su impronta en la ciudad.

Desde los comicios de 2007, el partido hegemónico de Gijón perdió 28.681 votos, seis concejales y casi veinte puntos porcentuales de tarta electoral. La primera sangría tuvo lugar en las elecciones de 2011, cuando las urnas dieron como resultado 16.183 apoyos menos que hacía cuatro años, una bajada de cerca de catorce puntos y la pérdida de tres ediles. Foro Asturias se estrenaba como grupo en la Corporación y tomaba el bastón de mando después de arrebatar por la derecha y por la izquierda los votos de los partidos tradicionales en un momento en que la desafección empezaba a crecer entre la ciudadanía. Y el siguiente batacazo se produjo en los comicios de 2015: otros 12.498 votos iban a parar a otras formaciones, esta vez sobre todo por la entrada en escena de la marca local de Podemos, Xixón Sí Puede, que provocó un profundo agujero en el socialismo. El PSOE perdió tres concejales más y redujo en otros siete puntos su representación. El descalabro y la imposibilidad de formar un gobierno de izquierdas ha sumido al partido en una profunda frustración. Estamos ante un enfermo deprimido, con falta de fuerza suficiente para generar atracción o diferenciarse. El siguiente paso, si no reacciona, es convertirse en un grupo de comparsa.

De ahí la importancia de la cita gijonesa del 26-N. Una convocatoria que viene marcada por el golpe de timón producido en la Federación Socialista Asturiana con la ansiedad de quien tiene que pilotar un cambio radical en la organización para alejarse del precipicio. Cuestión distinta es que se acierte o no. Lo que está demostrado es que tanto la ambigüedad como la arrogancia en política son malas compañeras.

 

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Lunes sin amanecer
Ángel M. González 22-11-2017 | 12:01 | 0

Atrás queda una semana abierta con una estampa apocalíptica que puso en vilo a la población. El lunes sin amanecer ha quedado grabado en las retinas como una imagen singular sobre los riesgos que nos acechan cuando el entorno natural en el que vivimos decide responder a la agresión del hombre con toda crudeza. El cielo azufrado que los gijoneses hemos podido ver después de que el velo de humo y ceniza fuera destapando aquel sol rosáceo, herido tras el eclipse imprevisto, era una demostración visual tenebrosa de que cuando se atenta contra el hábitat lo estamos haciendo contra nosotros mismos. El peligroso juego de la acción humana.

El fuego arrasador, que tanta destrucción deja a su paso como pretenden hacer con este país los fanáticos separatistas, incrementó en Gijón los efectos de la polución con los restos que tiñeron de amarillo el arranque del día por la dispersión de la luz solar. A las dichosas partículas PM10, que por desgracia conviven a diario con nosotros alguna vez de manera más manifiesta que otras, se unió la carbonilla y la humareda procedente de la quema, por lo que el aire ya viciado se enrareció mucho más de forma excepcional. Pero si no se hubieran registrados los incendios, por cierto frecuentes ante una alarmante escasa prevención y el abandono total de los montes, la ciudad estaba llamada igualmente a necesitar la aplicación del protocolo anticontaminación que se puso en marcha durante veinticuatro horas para aliviar las consecuencias del aire impuro que respiramos. Las estaciones llevaban días alertando que los niveles iban en aumento.

La restricción del tráfico de camiones por unas horas, el control sobre la actividad de transporte de las industrias y el riego de calles pusieron de manifiesto que no eran suficientes medidas para aminorar la polución, al menos durante el tiempo que se aplicó la llamada prealerta. Las mediciones registraron picos durante la primera mañana en que se activaron aquellos mecanismos. La lluvia milagrosa fue la que, finalmente, contribuyó a purificar la atmósfera y a sacar del infierno que estaban atravesando los bellos parajes del suroccidente asturiano.

Aunque lo sucedido esta semana fue singular por la confluencia de elementos que llevaron a la extraña circunstancia que relatábamos al inicio del comentario, esa falta de eficacia del dispositivo prealerta que los propios vecinos denunciaron mientras limpiaban sus alféizares por la acumulación de hollín, desde luego lo más visible de todo lo que se llegó a ingerir, invita a reflexionar si realmente lo estamos haciendo bien con los planes sobre el aire que se están diseñando. Porque más que atiborrarse de medicamentos cuando ya se padece la enfermedad lo que hay que hacer es vacunarse para evitar el contagio. Quiero decir que si sabemos que los pronósticos que la Agencia Metereológica pone a nuestro alcance pueden provocar un incremento de las partículas nocivas en suspensión, si el anticiclón tiene pinta de prolongarse, tendríamos que adoptar las medidas necesarias para impedir que salten las alarmas. Ahora lo que hacemos es aplicar el antídoto cuando empezamos a sentir los efectos del veneno. Prevenir, lo dice la RAE, es disponer con anticipación lo necesario para un fin. El objetivo último es preservar nuestra salud y dejar de aparecer en los mapas sobre los enclaves con mayores índices de contaminación de España.

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Preludio del CAHU
Ángel M. González 19-11-2017 | 6:27 | 0

Lo primero, vaya por delante, es que no se pueden saturar las urgencias porque me duela una muela o sufra un catarro de órdago. El uso racional de los dispositivos sanitarios, como el de los medicamentos, tendría que ser un acto imperativo, de la misma forma que hay que respetar las señales cuando se va en coche. Por el contrario, los usuarios tienen derecho a una asistencia pública, universal y gratuita, los grandes valores de nuestra sanidad que tenemos obligación de preservar, pero también más ágil y eficiente. Cuando acudimos al centro de salud queremos que nos atiendan en el momento de la cita, que el médico sea puntual y que la exploración se realice con tiempo suficiente para que el diagnóstico y la prescripción sean certeros. Si vamos a urgencias, que no pasen horas y horas esperando por el resultado de la prueba, que la camilla con la abuela no quede aparcada en los pasillos o que el recién adolescente no comparta espacio con el señor echando esputos. Tenemos derecho, lógicamente, a que no tengan que pasar meses para que nos vea el especialista, otro tanto para hacer la ecografía, de nuevo la consulta y al final enfrentarnos a un plazo indefinido para entrar en el quirófano. Queremos que la operación sea lo menos invasiva que se pueda, el postoperatorio llevadero, la estancia en el hospital lo más corta posible y que no tengamos que ocupar habitación con otros dos enfermos tan pesados como yo.
La sanidad tiene un problema de cultura, tiempo y capacidad. Se desenvuelve en una inercia difícil de romper que repercute en la calidad del sistema con la generación de unas listas de espera que se hacen indomables. Hay unos excelentes profesionales que manejan unos recursos, no precisamente escasos, que resultan devorados, sin embargo, por una demanda de crecimiento imparable y cada vez más exigente. Y en ese escenario se prepara la reforma y ampliación del Hospital de Cabueñes, que en agosto del próximo año cumple cincuenta años de atención a los ciudadanos de Gijón y por lo tanto se merece una celebración por todo lo alto.
El proyecto llevará a una transformación absoluta del complejo hospitalario que ahora conocemos. Es decir nacerá un hospital más funcional, flexible, tecnológico, accesible y amable. Los adjetivos no son míos, sino de quienes intervinieron en la presentación celebrada el viernes en el salón de actos de Cabueñes. Un centro que supondrá un cambio de funcionamiento, de concepto y de imagen, confortable para el personal, los pacientes y sus familiares e integrado en la excepcional zona donde se encuentra.
La puesta en marcha del plan director coincide con otro hito en la sanidad gijonesa, la remodelación que se está acometiendo en el Hospital de Jove, que mañana tiene previsto estrenar el nuevo edificio de consultas externas. Jove cumple una función extraordinaria como centro de referencia de la zona oeste de la ciudad y como complemento en la cartera de servicios de la red pública. El plan de Cabueñes lleva aparejada una reorganización del área sanitaria gijonesa, que cubre también Carreño y Villaviciosa. En esa reestructuración Jove tiene ganar protagonismo, de la misma forma que el Hospital de Cruz Roja, para conseguir modificar mediante todos los medios disponibles un sistema que sufre a diario las consecuencias de la ineficiencia.
El complejo hospitalario del siglo XXI, además de un fabuloso edificio para mayor gloria de los inspiradores y para los selfies de los políticos, debe ir acompañado de un cambio en el modelo organizativo y de atención a los usuarios. El CAHU, por ejemplo, tiene que suponer el fin de las demoras, de aquellas situaciones que comentaba en el arranque de este artículo. De lo contrario, estaríamos ante el punto fallido, el mismo que tenemos anotado con el HUCA tres años después de su apertura.

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La ciudad de los niños
Ángel M. González 19-11-2017 | 6:23 | 0

Hace veinticinco años en la localidad italiana de Fano se puso en marcha un experimento para observar el comportamiento infantil en el entorno urbano. La conclusión, en resumen, era que la urbe suponía un medio hostil para los chavales, que se estaba desarrollando sin tener en cuenta las necesidades de sus habitantes más pequeños y los riesgos para ellos aumentaban conforme la modernización, entre comillas, iba ocupando espacios. El piloto de aquella experiencia, el pedagogo Francesco Tonucci, recogió los resultados en un libro que lleva por título ‘La ciudad de los niños’, que se convirtió con el tiempo en fuente de inspiración para sociólogos, educadores, urbanistas y políticos preocupados por conseguir un ambiente urbano mucho más favorable a la población infantil y juvenil. Tonucci, entre otras cuestiones, promulga en este interesante manual la idea de tomar como referencia a los infantes a la hora de establecer la planificación urbanística porque, a su entender, «la diversidad intrínseca de los niños es garantía de todas las diversidades». Y para ello sostiene que, con el fin de conocer lo que realmente necesitan para que ese entorno del que hablamos sea amable, además de la sensibilidad conveniente, no hay más alternativa que escucharles.
Todo esto viene al caso de la propuesta que esta semana lanzó la concejala Eva Illán para enriquecer los presupuestos participativos y, de paso, defenderse de las acusaciones de oposición y vecinos tras el aplazamiento de las reuniones de los grupos de trabajo. La edil plantea dar voz y voto a los menores a partir de ocho años para que decidan el destino de una partida de inversiones, todavía sin cuantificar, dentro del proceso de participación ciudadana sobre el uso del dinero municipal. La iniciativa no ha tenido mala acogida entre el resto de los partidos, con las salvedades correspondientes, y creo sinceramente que la opción que se abre a partir de la sugerencia de la concejala puede poner en valor el modelo participativo experimentado en Gijón hasta ahora. Un sistema cuestionado, donde determinados grupos actúan como lobbies para conseguir dándole al clic lo que no logran por otras vías. Aunque soy un fan de los animales, tengo la sensación de que a veces nos preocupamos más por el bienestar de las mascotas que por las carencias de nuestros hijos.
Alguien pensará que la participación infantil llevaría a plantear la ciudad de los globos de helio, edificios pintados de colores o máquinas expendedoras de chuches gratis por las calles. Estoy convencido de que no sería así. Los niños y los adolescentes, con una mínima motivación, tienen capacidad suficiente para aportar con sensatez e imaginación ideas para mejorar la sociedad en la que viven desde una percepción distinta a la que hacemos los adultos. Es una pena, por ejemplo, que determinados aspectos de la planificación urbanística o de la movilidad, que tan directamente afectan a la vida de los gijoneses y con los que se fabrica el progreso, no sean examinados al menos por esta importante parte de la población a través de debates en los colegios o en consejos creados para la ocasión. Seguro que nos llevaríamos alguna sorpresa. Posiblemente tendríamos que abrir más espacios públicos para el disfrute de los ciudadanos, menos lugares para los coches, más para las bicicletas y los patinetes, un transporte ecológico, mejor accesibilidad, recintos cubiertos para la diversión y el ocio, wifi pública en la totalidad del concejo, zonas gratis de internet y videojuegos, etcétera. En definitiva, nos obligaría a repensar para construir una ciudad distinta, agradable y válida para todos.

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