El Comercio
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Preludio del CAHU
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Ángel M. González | 19-11-2017 | 17:27

Lo primero, vaya por delante, es que no se pueden saturar las urgencias porque me duela una muela o sufra un catarro de órdago. El uso racional de los dispositivos sanitarios, como el de los medicamentos, tendría que ser un acto imperativo, de la misma forma que hay que respetar las señales cuando se va en coche. Por el contrario, los usuarios tienen derecho a una asistencia pública, universal y gratuita, los grandes valores de nuestra sanidad que tenemos obligación de preservar, pero también más ágil y eficiente. Cuando acudimos al centro de salud queremos que nos atiendan en el momento de la cita, que el médico sea puntual y que la exploración se realice con tiempo suficiente para que el diagnóstico y la prescripción sean certeros. Si vamos a urgencias, que no pasen horas y horas esperando por el resultado de la prueba, que la camilla con la abuela no quede aparcada en los pasillos o que el recién adolescente no comparta espacio con el señor echando esputos. Tenemos derecho, lógicamente, a que no tengan que pasar meses para que nos vea el especialista, otro tanto para hacer la ecografía, de nuevo la consulta y al final enfrentarnos a un plazo indefinido para entrar en el quirófano. Queremos que la operación sea lo menos invasiva que se pueda, el postoperatorio llevadero, la estancia en el hospital lo más corta posible y que no tengamos que ocupar habitación con otros dos enfermos tan pesados como yo.
La sanidad tiene un problema de cultura, tiempo y capacidad. Se desenvuelve en una inercia difícil de romper que repercute en la calidad del sistema con la generación de unas listas de espera que se hacen indomables. Hay unos excelentes profesionales que manejan unos recursos, no precisamente escasos, que resultan devorados, sin embargo, por una demanda de crecimiento imparable y cada vez más exigente. Y en ese escenario se prepara la reforma y ampliación del Hospital de Cabueñes, que en agosto del próximo año cumple cincuenta años de atención a los ciudadanos de Gijón y por lo tanto se merece una celebración por todo lo alto.
El proyecto llevará a una transformación absoluta del complejo hospitalario que ahora conocemos. Es decir nacerá un hospital más funcional, flexible, tecnológico, accesible y amable. Los adjetivos no son míos, sino de quienes intervinieron en la presentación celebrada el viernes en el salón de actos de Cabueñes. Un centro que supondrá un cambio de funcionamiento, de concepto y de imagen, confortable para el personal, los pacientes y sus familiares e integrado en la excepcional zona donde se encuentra.
La puesta en marcha del plan director coincide con otro hito en la sanidad gijonesa, la remodelación que se está acometiendo en el Hospital de Jove, que mañana tiene previsto estrenar el nuevo edificio de consultas externas. Jove cumple una función extraordinaria como centro de referencia de la zona oeste de la ciudad y como complemento en la cartera de servicios de la red pública. El plan de Cabueñes lleva aparejada una reorganización del área sanitaria gijonesa, que cubre también Carreño y Villaviciosa. En esa reestructuración Jove tiene ganar protagonismo, de la misma forma que el Hospital de Cruz Roja, para conseguir modificar mediante todos los medios disponibles un sistema que sufre a diario las consecuencias de la ineficiencia.
El complejo hospitalario del siglo XXI, además de un fabuloso edificio para mayor gloria de los inspiradores y para los selfies de los políticos, debe ir acompañado de un cambio en el modelo organizativo y de atención a los usuarios. El CAHU, por ejemplo, tiene que suponer el fin de las demoras, de aquellas situaciones que comentaba en el arranque de este artículo. De lo contrario, estaríamos ante el punto fallido, el mismo que tenemos anotado con el HUCA tres años después de su apertura.