El Comercio
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El retablo del PSOE
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Ángel M. González | 22-11-2017 | 11:14

Los socialistas gijoneses han iniciado la cuenta atrás para elegir a su nuevo timonel.  La militancia decidirá el próximo día 26 de noviembre la persona que ocupará la secretaría general y dirigirá la ejecutiva para relevar a una gestora que lleva más de año y medio de mandato interino. Los aspirantes tienen veinte días por delante para ir conformando sus candidaturas ante un proceso que promete ser muy concurrido, intenso en el debate y trascendental para determinar el rumbo del partido en Gijón. El deseo de renovar la formación está llevando a la presentación del mayor número de pretendientes para la dirección en toda la historia del PSOE local. Tal parece que  se colocarán al menos cuatro candidatos en los puestos de salida para la carrera por el liderazgo. Entre los contrincantes hay quien portando ahora la bandera de la transformación entronca con la historia del partido porque participó en ella; el que quiere coger el testigo desde el grupo municipal haciendo valer sus inquietudes y su juventud; quien se presenta respaldado por la corriente más crítica que tuvo la formación política en Gijón desde que entró en declive, y luego la persona que acudirá supuestamente avalada por esa nueva mayoría dominante que representa el sanchismo. Perfiles distintos, procedencias diferentes y respaldos desiguales, pero con una misión compartida a tenor de lo que vienen sosteniendo en los prolegómenos del cónclave cada una de las partes: la construcción de un proyecto que ilusione a la militancia, conecte mejor con la sociedad y recupere la confianza del electorado.

El PSOE local es como un retablo policromado con una gran variedad de escenas y protagonistas que, por el discurrir del tiempo y las condiciones del entorno, necesita con urgencia una restauración. Una casa del pueblo donde ejercen influencia unas cuantas familias, bloques del mundo sindical, cachorrismos, históricos con pedigrí y cargos públicos permanentes, que requiere orden, unión y concierto.

El partido socialista gijonés, como el nacional o el asturiano, ha sido víctima del desgaste institucional, de la devaluación de sus dirigentes y de sus propias contradicciones. Como consecuencia de ello, fue perdiendo espacios para la cosecha de votos por la irrupción de dos formaciones ideológicamente en las antípodas entre sí pero que tuvieron en las siglas del puño y la rosa el enemigo común. Así, en los últimos diez años sufrieron la dura penalización del electorado después de tres décadas de gobierno municipal y de tres alcaldes que, con aciertos y errores, dejaron sin duda su impronta en la ciudad.

Desde los comicios de 2007, el partido hegemónico de Gijón perdió 28.681 votos, seis concejales y casi veinte puntos porcentuales de tarta electoral. La primera sangría tuvo lugar en las elecciones de 2011, cuando las urnas dieron como resultado 16.183 apoyos menos que hacía cuatro años, una bajada de cerca de catorce puntos y la pérdida de tres ediles. Foro Asturias se estrenaba como grupo en la Corporación y tomaba el bastón de mando después de arrebatar por la derecha y por la izquierda los votos de los partidos tradicionales en un momento en que la desafección empezaba a crecer entre la ciudadanía. Y el siguiente batacazo se produjo en los comicios de 2015: otros 12.498 votos iban a parar a otras formaciones, esta vez sobre todo por la entrada en escena de la marca local de Podemos, Xixón Sí Puede, que provocó un profundo agujero en el socialismo. El PSOE perdió tres concejales más y redujo en otros siete puntos su representación. El descalabro y la imposibilidad de formar un gobierno de izquierdas ha sumido al partido en una profunda frustración. Estamos ante un enfermo deprimido, con falta de fuerza suficiente para generar atracción o diferenciarse. El siguiente paso, si no reacciona, es convertirse en un grupo de comparsa.

De ahí la importancia de la cita gijonesa del 26-N. Una convocatoria que viene marcada por el golpe de timón producido en la Federación Socialista Asturiana con la ansiedad de quien tiene que pilotar un cambio radical en la organización para alejarse del precipicio. Cuestión distinta es que se acierte o no. Lo que está demostrado es que tanto la ambigüedad como la arrogancia en política son malas compañeras.