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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Los valores del hombre

Ese enorme corazón que Quini tenía para todo lo que representaba su vida no pudo soportar el trallazo de la muerte, pero su latido perdurará para siempre en la memoria colectiva de una ciudad con los colores a los que tanto amó. El Brujo se nos fue de un latigazo atroz sin previo aviso, a traición, aunque semejante golpe no ha conseguido, no conseguirá jamás, arrebatar el cúmulo de valores que encarnó Enrique de Castro a lo largo de su trayectoria personal y deportiva. Ese es el legado que tenemos que preservar. Un tratado para las relaciones humanas en toda regla que se construye por sí solo recorriendo su figura.

quini

Desde el fatídico martes que Quini nos dejó hemos ido reflejando a través de las páginas de este periódico el cuerpo doctrinal de esa herencia mediante múltiples análisis, testimonios y vivencias de personas que desde la constatación, el sentimiento o la admiración contribuyen a la creación de ese relato. Basta con la recopilación de los adjetivos que se han utilizado en esas narraciones con el fin de expresar sus cualidades para reforzar la idea que ya teníamos del hombre del que estamos hablando. Yo lo he hecho y me he encontrado con más de un centenar de palabras cuya enumeración en su totalidad no tendría espacio suficiente en este artículo, pero considero enriquecedor extraer algunas de ellas como mero recordatorio de la dimensión del exfutbolista. Del Quini jugador hemos leído que era soberbio, valiente, implacable, astuto, incontenible, clásico, poderoso, frío, regateador, ambicioso, torero, cabeceador, goleador, pichichi, deportivo, compañero. Del Quini astro del fútbol se ha dicho que era maestro, mago, majestuoso, carismático, histórico, popular, universal, gigante, colosal, legendario, irrepetible, eterno.
Del Quini persona la lista de calificativos es interminable: cercano, encantador, simpático, cariñoso, excepcional, extraordinario, sensacional, respetuoso, sencillo, sincero, fraternal, humilde, agradecido, caballeroso, amable, entrañable, empático, alegre, bromista, socarrón, generoso, solidario, desprendido, natural, bueno, paisanu.
No resulta extraño, por lo tanto, que con toda esa bonhomía Enrique de Castro se convirtiera en un ídolo de carne y hueso, en el dios que algunos aficionados llegaron a colocar en sus camisetas sobre el ‘9’ del dorsal. Un dios terrenal del que nos queda su recuerdo y ese conjunto de virtudes que le hicieron tan singular.
La primera reacción oficial para honrar su memoria fue apellidar El Molinón con su nombre. Ni un segundo tardaron los políticos en ponerse de acuerdo para rebautizar el templo rojiblanco, añadiéndolo a la relación de elementos con la denominación cómplice del mítico ariete, como el parque, la avenida o los trofeos a los que siguen su estela que todos los años otorga EL COMERCIO con la participación de las peñas y que tanta ilusión le generaba. Unos galardones que en el fondo también venían a demostrar sus bondades.
Estos días, desde la emoción producida ante la inmensa sensación de orfandad, surgió un manantial de iniciativas en honor a su figura: una escultura en la rotonda junto al campo municipal con la imagen de Ubaldo Puche que ilustró la portada de este diario el pasado miércoles, un busto en el túnel de vestuarios, un encuentro de la selección española en Gijón, otro entre el Sporting y el Barça y un cántico desde las gradas con el ¡Ahora Quini, ahora! en cada minuto nueve son algunas de esas propuestas.
Todas resultan bienvenidas, pero además de incrementar el santuario tenemos la responsabilidad de seguir trasmitiendo ese compendio de valores que Enrique de Castro llevó más allá del fútbol para que las generaciones venideras, aquellas que no tuvieron la oportunidad de disfrutar de su presencia, conozcan y practiquen lo que Quini realmente representa. Ese sería, a buen seguro, su mayor de los deseos.

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aficionados, El Brujo, El Molinón, Enrique Castro, futbol, Gijón, Quini, Sporting
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