El Comercio
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Categoría: Gijón
El nuevo hospital

La reforma y ampliación del Hospital de Cabueñes es el proyecto más trascendental de los próximos años en Gijón. No hay en cartera ninguna otra actuación en esta ciudad que tenga tanta relevancia desde el punto de vista del servicio al ciudadano como la que se está programando en el centro hospitalario. De ahí la importancia que tiene la participación de administraciones, fuerzas políticas, usuarios y profesionales en el proceso de maduración del proyecto para que el hospital resultante pueda sentirse de todos, no solo de la parte contratante, como en un principio se quiso trasladar buscando un rédito electoral absurdo. Por ello, la presentación del esbozo que maneja la Consejería de Sanidad en la sala de recepciones del Ayuntamiento fue un acto noble y destacado. Bien distinto sería que en lugar de la Casa Consistorial hubiera sido en la del Pueblo o en cualquier otra casa, como se hizo hace cuatro años. El nuevo hospital ha pasado de ser gancho de partido a un proyecto colectivo en el que tiene que implicarse toda la ciudad.
La remodelación en ciernes supondrá una transformación total del servicio que ofrece ahora el centro hospitalario gijonés y la posibilidad de aplicar un modelo sanitario y de gestión mucho más acorde con los tiempos que corren. Este cambio se sustenta en cinco grandes acciones, podríamos decir, que de llevarse a cabo con suficiente debate, diálogo, mano izquierda y mano derecha, conducirán con absoluta seguridad a convertir Cabueñes en el complejo moderno, funcional y eficaz que todos deseamos.
La primera es la ampliación de espacios y equipamientos para quirófanos, reanimación, cuidados intensivos, cirugías sin ingreso y urgencias. El proyecto prevé también un nuevo edificio para consultas externas con mejor comunicación con el resto del complejo, un incremento del número de habitaciones y la creación de estancias individuales para las parturientas. Es decir, el hospital ganará en capacidad para atajar las esperas y en comodidad para el alivio de los pacientes.
La segunda es la concentración de las especialidades que ahora albergan el antiguo ambulatorio de Pumarín y la Casa del Mar. Su traslado a Cabueñes corrige una dispersión precisamente provocada por el encorsetamiento sufrido por el hospital en sus cincuenta años de existencia. La descentralización de la atención especializada, que en su momento se entendía positiva por el acercamiento de servicios al ciudadano, ha ido demostrando con el paso del tiempo que puede provocar pérdida de eficiencia para los profesionales.
La tercera, la oportunidad que se abre para la ordenación del entorno del centro hospitalario. El Ayuntamiento tiene que desplegar aquí todas sus competencias para que el gran polo formado por el hospital, el parque tecnológico y la Laboral solvente los problemas de movilidad. El proyecto incluye la construcción de un aparcamiento subterráneo de pago con más plazas que las que hay ahora disponibles, una idea desde luego nada desdeñable, pero que tendría que venir acompañada de otros lugares de estacionamiento adicionales y gratuitos. La conexión directa con la autovía resulta una prioridad absoluta y la potenciación del transporte público, incluida la extensión del metrotrén, también. La Consejería, además, plantea con acierto la necesidad de reservar suelo para que el hospital tenga un cinturón amplio que permita en el futuro una nueva expansión. Arreglarlo ahora es mejor que hacerlo cuando la remodelación ya esté finalizada.
La cuarta consiste en la potenciación de la labor docente e investigadora del centro. La intención es derribar las actuales instalaciones de la Facultad de Enfermería y construir un edificio dedicado única y exclusivamente a la docencia. No se trata de competir en este aspecto con el HUCA, pero sí complementarlo y poner en valor el apellido universitario que se la ha dado al hospital aprovechando el talento y el conocimiento que alberga.
Y la quinta acción tiene que ver con el personal. Poco se puede hacer si no existen suficientes recursos para ello. Las organizaciones sindicales han venido denunciando la incapacidad de atender la carga asistencial generada en los últimos años con el volumen de plantilla existente. El hospital será mucho más funcional, permitirá ahorros en una buena parte de los costes fijos que registra ahora, pero también tendrá más capacidad para atender una demanda cada vez más creciente por el progresivo envejecimiento de la población. De nada serviría el esfuerzo inversor previsto en la reforma, incluida la tecnología, si luego se escatima en dotar a Cabueñes del personal suficiente para prestar la mejor atención a la que se puede aspirar. El plan tiene que ir acompañado de una revisión a fondo de las necesidades en este campo.
Una súplica a modo de posdata. Los gestores tienen otros dos retos por delante no menos importantes: cumplir el presupuesto sin sobresaltos ni sobrecostes, y si el compromiso es que la primera fase de la ampliación esté finalizada en 2021, que no sea cinco años después. No parece que sea mucho pedir. En plazo y sin desviaciones.

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A la espera de Fomento

Resulta chocante que la izquierda haya tardado casi dos años en reaccionar al acuerdo entre el gobierno local y el Ministerio de Fomento para construir la estación intermodal junto al Museo del Ferrocarril. No encuentro explicaciones convincentes para llevar al pleno el rechazo a la idea cuando se podía haber hecho en el momento en que Gijón al Norte aprobaba el cambio de ubicación de la terminal con el objetivo de ganar centralidad.

Los mismos argumentos habría entonces para que aquel pacto fuera cuestionado por la mayoría municipal que ahora quiere hacer valer la soberanía plenaria en un intento de tumbar el proyecto. No existen más razones salvo que hayan visto la oportunidad de darle la puntilla a un acuerdo que quedó aletargado y con el tiempo se ha ido convirtiendo en moribundo.

Los motivos que dieron lugar al proyecto eran razonables, pero nació con escasa fe e insuficientes apoyos.

Difícilmente se puede llevar adelante la decisión con el Principado enseñando las uñas, cuando a la Administración regional le toca desempeñar un papel relevante en todo el planteamiento urbanístico y de infraestructuras de la zona. De la misma forma que la vía de ancho ibérico prevista para la variante de Pajares quedará guardada en el cajón para en su lugar colocar el ancho internacional que usa el AVE, el proyecto de Gijón corre el peligro de saltar por los aires.

El equipo de gobierno ha pedido a los grupos políticos que esperen a que Fomento presente el desarrollo de aquel acuerdo en la próxima reunión de la sociedad gestora, que por cierto poco gestiona, ni tiene medios para hacerlo, a la vez que ha criticado la ambigüedad de don Íñigo de la Serna y sus adláteres sobre el plan de vías. El PP local hizo público esta semana un comunicado, raras veces lo hace, ratificando la decisión de marzo de 2015, bajo el ministerio de Ana Pastor, y el compromiso de enero de 2017, en el viaje sabatino de su sucesor. Fue entonces cuando el señor De la Serna dijo aquello de que volveremos con un estudio económico y financiero de lo que queremos hacer aquí, que garantice la viabilidad de la operación. El problema es mantener una propuesta de actuación en contra de la mayoría de la Corporación municipal, de las asociaciones vecinales y del Ejecutivo regional por muy sensata que sea.

Si queremos que el proyecto de integración ferroviaria se lleve a buen puerto y disfrutemos de ello todos los gijoneses hace falta que unos y otros abandonen la terquedad de una vez por todas.

La pelota está en el tejado de Fomento, pero hay que ayudar a que caiga. Lo mejor que puede ocurrir, visto el panorama, es que los responsables ministeriales acompañen el dichoso informe de alternativas distintas, técnicas y financieras, que garanticen la intermodalidad y la centralidad de los servicios.

Hay unas cuantas combinaciones que se pueden proponer dependiendo de lo que las administraciones estén dispuestas a desembolsar y de los terrenos que se decidan sacar al mercado. Opciones que pueden incluir el soterramiento hasta La Calzada, la extensión del metrotrén hasta Cabueñes bajo tierra o en superficie, o dejar el solarón como está, convertido en ‘central park’ para gozo vecinal y belleza urbana. Pero lo que presenten tiene que ser pensando en favorecer el consenso político y ciudadano que requiere un proyecto de estas características, no como se ha venido haciendo hasta ahora. Hay que evitar, a toda costa, que el diseño del plan de vías siga estando al albur de los peritos de chigre de turno.

 

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Las obras del coche

Me he convertido en víctima de las obras como miles de convecinos de Gijón. Sufro con resignación las consecuencias evidentes de las reparaciones que se están haciendo en las calles en esta especie de loca carrera emprendida por el Ayuntamiento, a falta de proyectos estrella como aquellos que ilustraban la época de la borrachera, a la que esta semana aludió don Cristobal Montoro, el ministro que con habitual gracejo te limpia el bolsillo como si nada. Obras son amores, la afición de los alcaldones, en este caso alcaldesona, en momentos de necesaria abstemia como los que seguimos viviendo, digan lo que digan las estadísticas oficiales. Y soy de los que caen, una y otra vez, en la trampa, como buen animal de costumbres, de tal forma que, una y otra vez, me veo envuelto en el atasco. Ni rutas alternativas ni leches. Caigo en la red, de la misma manera que lo haces cuando a la vuelta de la esquina entras sin remedio en la zona de caza de conductores perjudicados acotada por la policía local.

Las obras siempre causan molestias. No conozco a nadie encantado de verse atrapado en un colapso, ni a ningún vecino feliz de tener que librar vallas para entrar en el portal, ni a ningún comerciante que reciba con gozo el trasiego de las máquinas, las nubes de polvo entrando por las tiendas y el olor a alquitrán. Pero una ciudad sin obras no es una ciudad, de la misma manera que no se concibe sin peatones ni coches, que es aquí donde realmente quería llegar.

Los arreglos que se están acometiendo en las calles tienen dos partes, dejan la calzada llana para disfrute de los usuarios y retranquean las paradas de autobuses allí en los sitios donde haya oportunidad. Así que con el nuevo aglomerado se gana en comodidad y fluidez para la circulación de los medios de locomoción públicos y privados. Cuán placentero resulta rodar por una vía recién pavimentada.

Hace tiempo que el coche se merecía algo así. Su utilización la hemos maltratado, se ha convertido en un objeto perseguible, molesto para el centro, un bicho ruidoso que nos envenena poco a poco, el causante de una buena parte de nuestros males al que se tiene que ir exterminando. De ahí, la obsesión cada vez mayor de expulsarlo del casco urbano.

Las peatonalizaciones han convertido Gijón en una ciudad más paseable, vital y acogedora. No cabe duda de que la experiencia ha sido buena, hasta el punto de que sería deseable su continuación con la conquista de más espacios para el viandante desde el límite de la carretera de la Costa hasta Cimadevilla. Pero también siguen pendientes otras asignaturas en materia de movilidad, además de completar la red de carriles bici, como un replanteamiento a fondo de la ORA. No es posible que haya quinientas tarjetas más de residentes que plazas de estacionamiento en zona azul. Encontrar a media mañana un hueco donde dejar el vehículo es jugar a la lotería. O habilitar más lugares de aparcamiento disuasorio, como se dice ahora. Sería un buen destino para los terrenos del plan de vías que no lucen el verde del ‘solarón’. Por ideas que no falten.

Si queremos que el coche, uno de los mejores inventos del siglo XX, siga teniendo futuro en nuestra ciudad no hay más remedio que mejorar su ordenación y hacer obras tan chinchantes como las que padecemos estos días.

 

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Doña Mercedes y la aldea gala

Tienen algo en común los responsables de la Administración autonómica y los primeros espadas de los partidos a nivel regional, que es su ausencia en Gijón. Son contadas con los dedos de una mano las veces que los miembros del Gobierno asturiano, presidente y consejeros, aparecen por estos lares para expresar en directo su acción en el Ejecutivo, por no decir que apenas pisan territorio salvo para dormir aquellos que tienen la suerte de tener aquí su residencia. Lo mismo sucede con los representantes de los grupos políticos que se sientan en la Junta General. Es como si esta plaza fuera la aldea gala para los ‘patricios de Ovetus’, un lugar al que solo se debe acudir con el fin de pedir el voto o hacerse selfies bien arropados.
Por ello resultan llamativas las apariciones de doña Mercedes Fernández González y sus ‘boys’ por la ciudad. La última, la ‘minicumbre’ entre diputados y concejales en el Parador Nacional Molino Viejo, que fue rematada con la retahíla de declaraciones de la lideresa popular sobre aves, gerentes y otras especies de animales a los que hay que devorar en el plato del poblado irreductible.
Desconozco si hay una estrategia detrás, encuestas que lo aconsejen, necesidad de reforzar mensajes, flancos que cubrir, caminos por recorrer, debilidades por corregir o cónclaves a la puerta, pero hace bien la presidenta del PP en desfilar un poquito más por la ciudad en la que también nació políticamente, ahora que ha tomado con fuerza las riendas de un partido tan pendiente de recuperar espacios perdidos.
Según el concepto clásico, política es la capacidad para ejercer el poder o aspirar a ejercerlo, tanto en los partidos como en las instituciones. Según el concepto moderno, el arte de la integración frente a la dominación. Cherines tiene un cometido por delante, la integración interna y externa. Gijón puede ser un buen escenario para iniciar esa tarea. ¿Será capaz la dama de conseguir el objetivo sin emplear sus técnicas más férreas?
Volviendo a la reunión del Parador, llama la atención, quizás sea simplemente una causalidad, que después del encuentro con la presidenta el concejal don Pablo González retirase la enmienda transaccional para su debate en el pleno que planteaba la solución de la alta velocidad por Pajares: ancho internacional por uno de los túneles y triple hilo por el otro. Finalmente el PP respaldó la moción de Foro con vía de alta velocidad por los dos tubos, aunque se impuso la mayoría de la izquierda, que insiste en el trazado convencional. Bueno, a lo mejor lo de la propuesta del edil popular es sólo una anécdota.
Si nos ponemos en el lugar del interés público, en lo que se supone tanto piensan los políticos, Mercedes Fernández tiene un papel relevante que jugar para que los ciudadanos de esta ciudad puedan juzgarle en su momento. Es la jefa del partido que gobierna en Madrid y por lo tanto, baluarte de una administración de la que dependen las grandes actuaciones pendientes en Gijón. La llegada de la alta velocidad, el desarrollo del plan de vías, la modernización del servicio de cercanías, los accesos a El Musel y los desbloqueos de la planta regasificadora y de la depuradora del Este para la puesta en marcha de ambas instalaciones son cuestiones que solo puede impulsar el Ejecutivo del señor Rajoy. Cherines tiene aún tiempo para aprovechar esa baza.

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El modelo de Lyon

Mientras en Gijón discutíamos qué hacer para impedir que Hacienda llevara a cabo el embargo de la marca de la Semana Negra, en Lyon se celebraba el éxito que un año más cosechaba el festival de literatura y cine dedicado al mismo género que, de la mano de Paco Ignacio Taibo II, llegó a convertir a esta ciudad en capital internacional. Por la Plaza de la Bolsa y la Sala de Comercio de la villa francesa, donde tiene su sede la Interpol y la intriga y lo policíaco cala hasta los huesos, desfilaron el pasado fin de semana cerca de cien mil personas por un certamen que cada vez tiene más tirón y, sobre todo, potencial para crecer después de doce ediciones consecutivas.

La Semana Negra de Gijón y el ‘Quais du Polar’ de Lyon son festivales de igual temática pero conceptos diferentes. A buen seguro que sobre esta afirmación se producen discrepancias, pero en cuanto al contenido cultural ninguno de ellos es mejor que el otro. Ahora bien, como las comparaciones son odiosas, vayamos a ellas. En Lyon solo el ayuntamiento de la localidad aporta 200.000 euros para la celebración de un evento que dura cuatro días, intensos eso sí y, como aquí, con una enorme repercusión internacional. La cantidad es superior a la que ha venido recibiendo la Semana Negra en los últimos años, sumando las aportaciones directas del municipio y de la Administración regional, aunque lo envidiable realmente es la lista de patrocinadores que consigue la organización del certamen francés, más de un centenar de todos los niveles sin ninguna exageración. Un ilustre que está permanentemente a la que salta me envió el enlace digital con los ‘partenaires’ y un apunte: “no solo aportan perres, sino prestigio”. Efectivamente en la relación de colaboradores, además de las administraciones culturales galas y numerosas empresas de todos los sectores, figuran el British Council, el Goethe Institute, el Istituto Italiano di Culture o el Instituto Cervantes junto a otras relevantes instituciones europeas.

En el caso de Gijón, de lo poco que se conoce de las cuentas de la Semana Negra, la mitad de la financiación es pública y la otra mitad viene de cuatro patrocinadores y de los ingresos que se obtienen por la ocupación del espacio, también público, de los chiringuitos, la noria, el tren de la bruja y las fritangas. Con ello no quiero decir que la fórmula de Lyon sea mejor que la de aquí, ni que haya que restar esa parte popular que hizo que el festival entroncara tan perfectamente con el visitante gijonés desde aquella primera edición en el puerto de El Musel hace veintinueve años. Pero creo que es necesario abrir una reflexión sobre la necesidad o no de cambiar el modelo, sin que ello suponga perder la personalidad adquirida durante todo ese tiempo, y reorientar la gestión, que quedó blindada cuando se decidió convertir la organización en una asociación de carácter privado y libre, por lo tanto, de la rendición de todos sus números.

El servicio de intervención municipal ha pedido a la Semana Negra más documentación para liberar el pago de las ayudas correspondientes porque en el balance presentado no están claras las cifras, al tiempo que, como es lógico, mientras no liquide la deuda fiscal no podrá recibir la subvención. Lo mínimo que se le puede exigir a una entidad que disfruta de tal volumen de dinero público es transparencia y buenas prácticas. El Ayuntamiento ha decidido incrementar su aportación al certamen este año para recuperar el nivel de recursos que salían de las arcas municipales antes de que empezaran los recortes. Ochenta mil euros más.  Supongo que para tal inyección se endurecerán las condiciones sobre cómo se tienen que administrar y justificar estos recursos porque la alternativa, ya planteada de una u otra forma, es su rescate.

 

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La deriva cultural

La política cultural en esta ciudad está languideciendo. Hay inquietudes, movimientos, entidades que emprenden grandes esfuerzos por mantener sus actividades y llenar vacíos, pero la política con mayúsculas, la que emana de las administraciones para la promoción y el desarrollo cultural, se está apagando. Qué duda cabe que la situación económica en la que se encuentra ahora la Semana Negra viene derivada de los recortes que las instituciones que la respaldaban han venido aplicando en los últimos cinco años. El Ayuntamiento y el Principado han dejado de aportar más de 100.000 euros anuales al encuentro festivo-cultural que mayor proyección ha conseguido de cuantos se han venido organizando en Gijón. Sin embargo, pese a disponer de menos recursos, la asociación encargada de gestionar el tinglado siguió celebrando el evento como en sus mejores momentos incrementando su deuda como una bola de nieve. ¿Osadía o descontrol? Tal vez las dos cosas. Llegados a este punto sabemos las causas de las dificultades que atraviesa la criatura de Paco Ignacio Taibo II. Quedan pendientes de resolver los efectos y el pronóstico es malo, entre otras cosas, porque el mecenazgo político no acompaña como antes. Quizás en otros lares se estén frotando las manos.
No solo el gran festival lúdico y literario atraviesa una compleja tesitura. Estoy convencido de que existe cierto desinterés por parte de determinados gestores de que Gijón mantenga la vitalidad que siempre ha tenido en el campo cultural. Quisiera equivocarme, pero no se puede entender de otra manera la animadversión que algunos prebostes de lo público parecen demostrar cada vez que se refieren, de una u toda forma, a lo que acontece aquí y sobre lo que tienen responsabilidad. Ausente muchas veces, pero responsabilidad al fin y al cabo.
El último ejemplo se dio esta misma semana en el Parlamento con la intervención de don Vicente Domínguez, viceconsejero de Cultura para más señas, a la hora de valorar la situación en la que se encuentra Laboral Centro de Arte y Creación Industrial. Advirtió que el centro necesita un redimensionamiento, sin explicar a qué se refería con tal prescripción cuando en estos momentos se aplica un plan de viabilidad, bonita palabra, que consiste en el cierre de las instalaciones, se supone durante meses de escasa afluencia, reducción de personal y refinanciación de deuda. Es decir, el equipamiento cultural de referencia dependiente del Principado en Gijón, aquel que iba a estar ligado a la Milla del Conocimiento, dedicado a las nuevas tecnologías, a la innovación artística, a los avances de la industria visual, con una mirada siempre al futuro, en lugar de ir creciendo como lo está haciendo el entorno donde surgió, camina hacia atrás y sin rumbo. Más que un redimensionamiento, como apunta el ‘vice’, es necesario un mayor convencimiento por parte de la Administración de las posibilidades de un centro singular, que tendría que estar más entroncado con el talento que le rodea y con una programación más ambiciosa. Si el proyecto deja de ser atractivo, si hasta el padre rehuye del rapaz, será muy difícil convencer al resto de patronos que mantengan su confianza.
Luego están los fenómenos paranormales a los que aludió el señor Domínguez, cuestiones inexplicables de verdad, como la dolorosa factura de la calefacción durante el tiempo que estuvo cerrado, más del doble de cuando estaba abierto. Pero bueno, otros misterios surgieron en estos años de mandato cultural. Véase, por ejemplo, el intento de asfixia del Festival de Cine y la puesta en marcha, al mismo tiempo, de ciclos de películas que se proyectan para las butacas. Son asuntos de otra dimensión. De la misma manera que siga cerrado el Palacio de Revillagigedo, el Centro Internacional de Arte propiedad de la Fundación Bancaria Cajastur, en cuyo patronato Gijón continúa sin tener pito que tocar pese a su condición de institución fundadora por un veto inaudito. O que el pasado martes no se hubieran programado en esta ciudad acto alguno con motivo del Día de la Poesía, mientras en Oviedo o en Avilés andaban recitando por las calles.

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