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Categoría: Siderurgia
Paraíso siderúrgico

Una de las noticias que más satisfacción me produjo en este mes de estío plagado de visitantes, que también resulta muy grato, ha sido el inicio de la ampliación del tren de carril de ArcelorMittal en Gijón. En cambio, aunque llevábamos años en Asturias suspirando por las inversiones siderúrgicas, con sobresaltos por el medio por las embestidas de la crisis, el día que arrancaba el primer proyecto de un plan más ambicioso para apuntalar nuestro mayor tractor, hay quienes optaban por seguir contando turistas confiando en el recambio. Todo suma en el PIB, pero la industria multiplica. Ahí está la diferencia. Por ello cuando Neto, nuestro dibujante de Última, pintaba esta semana un caravanista llevándose un hórreo del paraíso se podría pensar que mejor arramblar con eso que con una chimenea, sin restarle importancia al patrimonio etnográfico. Ni uno ni otro, por supuesto, pero una chimenea es, por desgracia, más difícil de levantar.
En Asturias tenemos la gran suerte de que el gigante siderúrgico, mientras desmantela y reduce actividad en otros lugares, refuerza su presencia aquí con el centro de investigación y desarrollo más exclusivo que tiene en Europa y el paquete de obras que acaba de poner en marcha en sus instalaciones para incrementar la competitividad del polo Gijón-Avilés. En total, cerca de 200 millones de euros en apenas cuatro años que incluyen, además del tren de carril, la reforma integral de la acería LD-III, en Tabaza, y las nuevas baterías de cok en la factoría gijonesa.
Sin embargo, a una empresa que teníamos que mimar por su decidida apuesta por permanecer le ponemos cada vez más trabas a que siga aportando riqueza y empleo. Así de dura la aseveración. A la invasión de productos chinos y al precio de la energía, dos factores sobre los que, por desgracia, tienen competencias otras instancias, sumamos ahora nuestros propios obstáculos, los planeamientos urbanísticos y las exigencias medioambientales, que hacen la tarea cada vez más difícil.
Nuestros munícipes, por ejemplo, le han colocado un cinturón a la compañía en el PGO con desclasificaciones de suelo industrial que amenaza con ahogar cualquier posibilidad de expansión. Algo así como ponerle una barrera para aislar al monstruo por si se le ocurre moverse. Inaudito. Un intento similar tuvo lugar en Corvera, pero los tribunales acabaron dándole la razón a la empresa siderúrgica imponiendo la cordura.
Y luego la preocupación medioambiental, sobre la que existe cada vez una mayor concienciación, loable por otra parte, pero que puede llegar a ser una osadía si los planteamientos se llevan obsesionadamente al extremo. Para Arcelor y para todas las empresas en general.
El Principado ha advertido que vigilará que las nuevas baterías cumplan con los límites de polución que establece la legalidad vigente. Faltaría más. Lo contrario sería, desde luego, de juzgado de guardia. Pero la reacción de la autoridad regional se produce después de que una plataforma de amigos del estado natural alegara en contra del proyecto porque, según su visión, la multinacional no prevé levantar unas instalaciones nuevas y ecológicas, sino reconstruir sobre las antiguas, paradas hace tres años. Hombre, resulta poco serio pensar que las futuras baterías, sean del paquete o tuneadas, no vayan a respetar los valores máximos de emisión permitidos por ley, salvo que la vayamos cambiando y bajando los límites para contentar a los preservacionistas y al final decirte «te pillé». El oso y la industria son compatibles, cada uno en sitio. La siderurgia y las personas también si no nos volvemos todos tarumbas.

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La ‘Marcha de Hierro’

 

Aquel 9 de octubre llovía con intensidad en Oviedo. Cerca de 300 siderúrgicos emprendían la mayor gesta del movimiento obrero asturiano hasta entonces conocida. En dieciocho días, tras recorrer quinientos kilómetros andando y cosechando gestos de una solidaridad inusitada, se plantarían en Madrid ante la sede del Ministerio de Industria en la Castellana, que por entonces ocupaba Claudio Aranzadi, para mostrar su rechazo al plan de reestructuración de la siderurgia. Otra columna de trabajadores saldría del País Vasco.

La reconversión de los noventa supuso el mayor hachazo de cuantos ha sufrido el sector en toda su historia. Altos Hornos de Vizcaya quedó desmantelada y la plantilla de la siderurgia en España pasó de 25.000 trabajadores a poco más de 14.000 en seis años. La ‘Marcha de Hierro’ no consiguió doblegar los planes del Gobierno ni las enormes presiones de socios europeos para recortar la capacidad productiva de España, pero sí al menos impidió que el ajuste laboral fuera más dramático. El saneamiento de la empresa resultante de la fusión entre AHV y Ensidesa resultó costosísimo para las arcas del Estado, pero permitió a la siderurgia española entrar en una etapa de prosperidad. Luego vino la privatización, la entrada de Arbed, la posterior unión con Usinor y la compra por parte de Mittal, al tiempo que se iba acometiendo el ajuste permanente de instalaciones y plantilla hasta llegar a lo que hoy tenemos.

Veinte años después de la ‘Marcha de Hierro’, sobre la siderurgia asturiana siguen acechando peligros. Las adversidades de la globalización continúan siendo las mismas (costes de producción elevados, amenaza constante de países emergentes y un mercado además en profunda recesión), pero los rostros han cambiado. Quienes toman las decisiones son otros, están lejos y fuera del control político. La Administración puede mejorar las condiciones, adoptar medidas para intentar evitar la tentación deslocalizadora, pero carece de la última palabra. Entonces, antes tales riesgos, ¿volveremos a ver una movilización como aquella?

 

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Jaque a la siderurgia

Desde la creación de Ensidesa, hace ya más de cincuenta años, la siderurgia integral atravesó por momentos convulsos, situaciones muy complicadas, derivadas de la peculiaridad del sector sometido a un estado de ‘crisis permanente’, vinculado a los ciclos económicos y a la globalización.
En los setenta, el fuerte endeudamiento que acumuló estuvo a punto de llevarla al garete; las reestructuraciones a las que fue sometida a lo largo de los años ochenta redujeron sus plantillas en más de un 30%; en 1991, el plan de competitividad del sector llevó a la concentración de toda la siderurgia española con cierres de instalaciones y un ajuste laboral sin precedentes en medio de fuertes presiones de los socios comunitarios, que pretendían su ahogamiento en beneficio de sus propias empresas nacionales. Luego llevó la venta, con intentos afortunadamente frustrados de trocear la empresa para fortalecer a los empresarios privados. En 1997 cayó en manos de Arbed y cuatro años después, de los franceses de Usinor, los grandes ‘tiburones’ europeos de la siderurgia, que con anterioridad habían intentado hacerse con el sector en España sin lograrlo.
En todas estas etapas se corrían riesgos, hay quienes veían venir el final de la compañía y se apelaba a su carácter estratégico, a su contribución industrial, social y económica, pero ninguna de aquellas situaciones encerraban tanta incertidumbre como la que atraviesa ahora la cabecera asturiana.
La siderurgia no ha dejado de padecer los problemas que siempre ha tenido: industria cíclica, precios a la baja, continuas reestructuraciones, altos costes de organización y de capital fijo y mercados cada vez más globalizados. En el caso de Asturias, nuestra siderurgia se fue adaptando a esas circunstancias, pero siempre a base de reducir tamaño para intentar lograr mayor eficiencia y competitividad. Sin embargo, ambos objetivos, pese a los constantes esfuerzos a los fue sometida, nunca lograron ser alcanzados plenamente.

Con la entrada de Mittal en Arcelor, el empresario angloindio se convirtió en el magnate mundial del acero, dueño del primer grupo del sector, a enorme distancia del resto de competidores. El eje Gijón-Avilés, que había sido valor estratégico para la siderurgia europea, pasó a ser uno mas dentro del conglomerado de la multinacional. El enclave asturiano cobra importancia en virtud de la situación del mercado y del grado de respuesta que pueda ofrecer a las necesidades de ese mercado. Pero no hay compromiso territorial, ni social ni político.
Todos esos factores, que habían sido definitorios en otras etapas de la compañía, se han quedado atrás. Mittal solo actúa en función de la evolución del negocio y por ello surge un peligro en el que antes apenas se pensaba, el de la deslocalización. En estos momentos, las factorías asturianas de Arcelor se enfrentan a dos brutales enemigos: el hundimiento del mercado en el sur de Europa y los factores que ponen en riesgo su competitividad. La subida de tasas de El Musel y, sobre todo, el precio de la energía se encuadran en ese escenario. De nada sirve que Mittal consiga modificar las pautas laborales y de gestión de la siderurgia asturiana si todo ese cambio de cultura no viene acompañado de una adaptación del resto de los costes agregados que hacen que una empresa sea competitiva.
Arcelor-Mittal lleva acumuladas en el primer trimestre unas pérdidas en Asturias de 40 millones de euros y los ajustes, hasta ahora, no han dado los resultados esperados. El aumento de los costes portuarios, para una empresa de la dimensión de la multinacional siderúrgica, puede que sea considerado como un impedimento más psicológico que otra cosa, pero aún así suma y no está el momento para decisiones de este calibre. Arcelor tendrá que pagar cerca de tres millones de euros más por el movimiento de mercancías en El Musel, la misma cantidad que pretendía ahorrar con su reestructuración laboral. Lo comido por lo servido. Por eso hay que suavizar su impacto.
Pero más preocupante es aún si cabe la factura energética de las plantas asturianas, más de 60 millones de euros al año. Éste sí es un elemento determinante del emplazamiento. Y la respuesta de las autoridades no ha sido en absoluto favorable a resolver este mal sueño que tiene Mittal desde que tutela nuestra siderurgia. No solo no se ha resuelto, sino que incluso la situación ha empeorado desde que en 2008 fuera eliminada la tarifa que beneficiaba a los grandes consumidores de energía. Recientemente se redujo en un 10% la retribución del servicio de interrumpibilidad que ofrece la siderurgia en España y la Administración plantea ahora un incremento del coste por el consumo eléctrico industrial del 6,5%. El gravamen, para Arcelor, se vuelve insoportable.
Durante la última campaña de las elecciones autonómicas, el ministro de Industria, junto con la candidata regional del partido que gobierna el país, recibió a los responsables de las tres empresas afectadas por el alto precio de la energía para tranquilizarles y prometerles apoyo para que Arcelor, Asturiana de Zinc y Alcoa sigan en Asturias. El mejor apoyo en estos momentos sería establecer en el marco regulatorio del sector eléctrico un sistema que garantice una tarifa estable para estas industrias. Cuando la siderurgia era pública, la autoridad política llegaba a marcar el rumbo de la empresa. Ahora, tiene la responsabilidad de crear las condiciones para evitar que Mittal desmantele lo que nos queda.

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