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Las reclamaciones de la burbuja
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Ángel M. González | 13-06-2016 | 17:50| 0

En Oviedo, los legados acaban con la hacienda. Ya lo advirtió el alcalde capitalino esta semana cuando conoció el mazazo de la ‘Operación de los palacios’. El Ayuntamiento está cayendo en una situación financiera crítica por los pufos que dejaron quienes mandaron antes de que el gobierno de las tres partes se hiciera con las riendas del Consistorio carbayón.
Con lo que tiene que pagar por los desatinos de Villa Magdalena y del Calatrava, en total más de 52 millones de euros, el bueno de Wenceslao se queda sin dinero para inversiones municipales durante todo lo que le resta de mandato. Ello sin tener en cuenta lo que aún está por venir. Menuda herencia la que han recibido los ovetenses de don Gabino el laico y el señor Caunedo. Hasta la lideresa del partido se ha desmarcado pidiéndoles responsabilidades, no vaya a ser que el caso salpique.
Pues bien, hay quien aventura, quizás para desquitarse, que en Gijón puede ser todavía más gordo. La culpa, el plan urbanístico. Las reclamaciones patrimoniales por los cambios en la calificación de los praos de Castiello, Granda y Vega-La Camocha pueden alcanzar los 200 millones de euros. Es decir, casi todo el presupuesto municipal. Por lo tanto, yo estaría preocupado.
El nuevo PGO no permite construir villas ni palacios, pero tampoco pisos en aquellas parroquias donde hace ocho años unos cuantos empresarios, gente adinerada, se hicieron con terrenos al calor de la burbuja para multiplicar los panes y los peces. Sin embargo, fueron más listos los paisanos, aquellos que vendieron y cobraron, claro. Estos socios de las juntas de compensaciones piden ahora eso, compensación, por no poder embolsar la recompensa.
Hasta el momento, los recursos de los constructores exigiendo daños y perjuicios por la supresión de los urbanizables no fueron atendidos en los tribunales, pero insisten en agotar las vías ante la imposibilidad de recuperar, si quiera, el dinero de la compra. Reclaman una indemnización a la Administración local, gastos incluidos, hasta el del registro de la propiedad si cabe, con un argumento tan peculiar como el de las expectativas incumplidas cuando no valoraron suficientemente los riesgos de unas operaciones al amparo de unos planes, los dos PGO con sello socialista, que ya estaban amenazados con ser tumbados por la judicatura.
Ni se llegó a parcelar ni a poner una tubería, por lo que aquellas fincas que iban a ser el maná, con la edificación de miles de viviendas, ahora solo sirven para hierba o cultivar patatas. Lo bueno que tiene la Justicia es que, al final, pone a cada uno en su sitio. Es lo que está ocurriendo en Oviedo. Y si en Gijón alguien cree tener derecho a haber obtenido el lucro porque el papel lo permitía, pues es competencia de los jueces que lo aclaren.

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La parcelona de Naval
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Ángel M. González | 13-06-2016 | 09:59| 0

La transformación de la fachada marítima del oeste para uso y disfrute de todos los gijoneses supone una de las grandes operaciones de cirugía urbanística pendientes de acometer en esta ciudad. La posibilidad de darle continuidad al paseo desde Poniente hasta el Arbeyal, completando la maravillosa ruta abierta al mar desde la Ñora, es una aspiración irrenunciable.
El plan urbanístico representa una gran oportunidad para establecer las pautas del diseño de esa parte del litoral, ahora tan degradada y que pide a gritos una actuación. El consenso es fundamental para que la intervención sea viable y el acuerdo tiene que partir de dos premisas absolutamente fundamentales: el compromiso adquirido con quienes durante los años duros de la reconversión velaron para que el suelo liberado de Naval Gijón no fuera objeto de especulación y el blindaje industrial de los espacios ocupados por El Tallerón y Astilleros Armón, sin duda alguna.
En el caso de Naval Gijón, la propuesta municipal plantea convertir la catalogación de esos terrenos, cuya propiedad recae en un 65 por ciento en la Autoridad Portuaria y el restante 35 por ciento en la sociedad de reconversión de los astilleros Pymar, en uso de carácter terciario. Es decir, que la parcelona de 63.000 metros cuadrados pueda albergar establecimientos hosteleros, de ocio, comerciales y oficinas, pero nada de viviendas residenciales u hoteles, que podrían incrementar el valor del suelo en primera línea de costa con vistas a la atalaya, pero quebraría el espíritu de los ‘lunes al sol’.
El planteamiento del PGO recibió alegaciones de partidos y sindicatos, que en el fondo refuerzan el destino previsto, aderezado si queremos con ideas como el desarrollo en ese área de la llamada ‘economía azul’. La aportación de los vecinos de Poniente, por el contrario, defiende un modelo distinto, basado en la construcción de pisos amables con el entorno y zonas verdes que permitan compactar la ciudad y fijar población.
La petición vecinal no es descabellada, puede incluso encajar en un proyecto global siempre que ese espacio residencial represente una pequeña parte de toda la actuación sobre el suelo que ocupaba el antiguo astillero y se conciba como transición suave hacia el resto de equipamientos que den vida a la zona.
Desde luego, la concepción que finalmente se decida para todo ese área, esencial para la extensión de la trama urbana gijonesa, tiene que conseguir que sea atractiva para la inversión empresarial, sin la cual sería imposible lograr su revitalización urbanística, para el desarrollo de actividades vinculadas a los servicios que generen movimiento y empleo, y para el deleite de la ciudadanía, de tal manera que pasear por lo que fuera el viejo dique reconforte el espíritu y revitalice la memoria.

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Carta a los refugiados
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Ángel M. González | 31-05-2016 | 17:15| 0


Carta abierta a los refugiados. Bienvenidos a Asturias. Esta es vuestra tierra de acogida. Llegáis huyendo de países en guerra, masacrados por el fanatismo, donde la vida ni siquiera es un derecho. Y aquí teneis ahora la oportunidad de ser personas, de desarrollar un proyecto vital, entre los asturianos, que son gente integradora, que conoce vuestras penurias y que se vuelca a la hora de desplegar los lazos de amistad y solidaridad con los más necesitados, con los deprimidos y con quienes, como vosotros, buscan amparo ante tanta crueldad e injusticia.
Cerca de un millar de personas han pasado por esta región en una situación parecida a la vuestra en los últimos años. Estáis en vuestra casa. Echad aquí vuestras raíces porque la necesidad es mutua. Y que la estancia sirva para seguir abriendo las puertas a quienes sueñan simplemente con vivir en paz y armonía.

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La vía es la cordura
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Ángel M. González | 31-05-2016 | 11:08| 0

La historia del saneamiento de las aguas negras del Este de Gijón es un cúmulo de incompetencias, errores, tropelías y fiascos que sólo se pueden atribuir a quienes gobiernan las instituciones con irresponsabilidad y despotismo. La osadía con la que se llevó adelante la gestión de la ‘plantona’, primero, y de la depuradora, después, quedará anotada en el haber de sus protagonistas.
Resulta inconcebible que después de un periplo de más de veinte años nos encontremos ahora en la misma situación de partida en cuanto al tratamiento de los residuos de la mitad de los ciudadanos de Gijón. Son de una incredulidad manifiesta los argumentos esgrimidos por responsables de las administraciones implicadas para justificar la cadena de decisiones que se fueron adoptando hasta llevarnos de vuelta al punto de salida. Se han sepultado decenas de millones de euros mientras manteníamos vivo un engaño, desenmascarado por unos tribunales que lo único que han hecho fue atender a la razón de unos vecinos que se defendieron del atropello con la ley en la mano, la misma que se saltaron a la torera quienes acusan ahora de hacer aspavientos a los que reclaman una solución.
Pues claro que hay que resolverlo. La depuración de las aguas no es sólo una obligación medioambiental, algo que tengamos que acometer porque si no vienen los hombres de negro de la UE y nos meten un buen clavel, sino que es un derecho sin excepción alguna, consustancial a la salud, al bienestar y al ecosistema.
Hay que buscar una solución con sensatez, dejando a un lado la refriega política e institucional, con la colaboración de todos, incluso diría yo de quienes tienen la capacidad para ceder en favor del interés general, que es el de los gijoneses, con el compromiso de su reconocimiento. Actuemos con cordura para tender cuanto antes al arreglo, sin dejar pasar más tiempo, y ya llegará el momento de pedir responsabilidades por este descomunal desaguisado.

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El PGOU entra en la cocina
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Ángel M. González | 31-05-2016 | 11:06| 0

A la hora de cocinar un plato existen unos ingredientes básicos sin los cuales sería impensable su elaboración. Después se pueden añadir otros condimentos para aderezarlo, intensificar el sabor, enriquecerlo, de tal forma que dependerá de la pericia del cocinero en darle ese último toque que lo que finalmente resulte sea una sabrosa creación, algo de que se pueda disfrutar de manera placentera, o simplemente un comistrajo.
El Plan General de Ordenación entra en la cocina una vez que la receta esencial fuera expuesta al público durante tres meses para recibir peticiones de aliño. Los técnicos tienen ahora la ingente tarea de estudiar y responder al millar de alegaciones presentadas por una serie de colectivos y personas, con intereses muy distintos, una buena parte de ellos contrapuestos, para conformar el proyecto definitivo de plan urbanístico que tanto necesita esta ciudad.
Una paella admite múltiples combinaciones, distintos aderezos, pero lo que no se concibe es que no lleve arroz. El plan pactado por la mayoría de los grupos políticos que nos representan en Gijón recoge una serie de premisas que lo hacen diferente de los documentos anteriores que, por mal sazonados, fueron tumbados en los tribunales. Es menos ambicioso en cuanto al desarrollo inmobiliario, favorece la compactación urbana, es más preservacionista y, al menos, tiene intención de atender a lo rural. Estas son para mi les fabes de la fabada, la masa de la pizza, el arroz al que me refería.
El plato que surja de este nuevo proceso tendría que satisfacer todos los gustos, con equilibrio como es lógico, aunque siempre habrá quien considere que necesita un poco más de sal o diga qué picante está la morcilla, pero manteniendo la esencia, los cuatro pilares básicos del recetario.
Los expertos municipales del fogón, con maestría técnica y habilidad política, deberán desarrollar fórmulas para contentar a quienes quieren limitar la edificación en Cabueñes y en El Infanzón, revisar la parcelación y el diseño planteado en las parroquias rurales y definir con claridad los usos de los suelos de El Tallerón y del astillero Armón si desean sacar adelante el guiso con la mayoría de consenso logrado hasta ahora. Ya vendrán luego los señores de la CUOTA, cual jurado de master chef, para decir que la presentación no es del agrado, que te has pasado con el comino y que el plan es un trampantojo. Y vuelta a la ‘kitchen’.

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Una de pastiches
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Ángel M. González | 23-05-2016 | 21:39| 0

A veces pienso que esta ciudad podría ser protagonista de un tratado de despropósitos sobre urbanismo y arquitectura cuando repasas algunas de las actuaciones llevadas a cabo en los últimos treinta años a partir de una urbe que ya entonces estaba mal trazada y prácticamente destrozada por un desarrollismo incontrolado y de escaso gusto. La transformación de Gijón en todo ese tiempo con la recuperación de espacios para los ciudadanos que antes no se podían disfrutar es loable, sin duda alguna, y el rediseño de lugares y rincones ha supuesto, por lo general, un esfuerzo bienintencionado y con aciertos, pero ello no quiere decir que el resultado en todos los casos fuera digno de ovación porque barbaridades también se hicieron bastantes.
Cada gijonés tiene su catálogo personal de ‘pecados urbanísticos’ y aunque las apreciaciones más allá de los criterios técnicos suelen ser muy subjetivas, a buen seguro coinciden con algunas de las que a continuación apunto, dada su evidencia.
Por ejemplo da cierta pena cuando ves en lo que han quedado los jardines del Náutico y comparas lo que hay ahora con aquella estampa de lo que antes había; también el destrozo en el Parchís, convertido en el macetario del centro de Gijón; la zona de Fomento amurallada de hormigón y una mole de balneario que quiebra la línea cercana del horizonte; el asfaltado del parque inglés, que ya no es ni inglés ni parque, o la actuación sobre la cara norte de la Universidad Laboral, que estrena el título de Bien de Interés Cultural, es decir, patrimonio a proteger, yo diría de añadidos como el de la caja escénica del teatro, que no pega ni con cola. Resulta que el gigantesco cajón de marras, gris, negro y rojo, ha pasado de ser trasero del monumental edificio a recibidor de quien transita por la avenida de la Pecuaria. Lo que más se ve, vaya, aunque antes se colisiona con la nave tecnológica de Thyssen, de indudable modernidad, con pasarela en el exterior a modo de escaparate. Nada que ver, por otro lado, con la rehabilitación de los antiguos silos del Intra, un ejemplo del buen hacer a partir de lo que ya existía.
Quiero decir con ello que los pastiches en Gijón abundan y la lista se agranda con dos nuevas incorporaciones, ambas bajo la consideración de equipamiento cultural. Uno, el cubo-cubierta del mosaico de Veranes, una construcción de zinc con ventanales, heredera del engendro oxidado de chapa que le precedió, que ni siquiera podría enorgullecer al señor que habitó la villa allá por el siglo cuarto. Y otro, el edificio-almacén del Pueblo de Asturias recién inaugurado, una cosa racionalista que acabó levantada en el entorno etnográfico pero que podría haber sido construida en cualquier otro lugar como centro de salud o escuela infantil. El destino, sin embargo, quiso que fuera distinto: un objeto no identificado en medio de la aldea.

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El jardín de la Sindical
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Ángel M. González | 18-05-2016 | 12:06| 0

La Casa Sindical encierra en sus paredes cuarenta y ocho años de historia del movimiento obrero gijonés. Ha sido cuartel general de la transición sindical y sociopolítica, meca del sistema asambleario, pentágono de las ideas revolucionarias, el fortín de las protestas en los momentos más difíciles de las reconversiones, el gran almacén del arsenal de la movilización.
En Gijón existen dos modelos de acción sindical, uno instalado a un lado de las extintas vías, la barrera artificial para casi todo, y otro al otro lado. Dos maneras distintas de concebir el binomio negociación-presión en las reivindicaciones laborales, que a mi juicio actuaron de manera complementaria en una buena parte de los conflictos generados en las crisis industriales que sufrió Gijón y Asturias. En la Casa Sindical, la base del modelo fue la barricada.
«¡Uy! Si las paredes hablaran», me decía no hace mucho tiempo un líder obrero, protagonista sin duda del diálogo-neumático. Las paredes no hablan, salvo encarteladas o mediante graffitis, pero todavía conservan alguna que otra huella de aquellas engarradas.
Como a todo le llega la hora, a la Casa Sindical también. Casi medio siglo después de su construcción, el Ayuntamiento plantea desalojar el edificio para su demolición por el lamentable estado en el que se encuentra. «El derribo es un clamor popular», llegó a afirmar la alcaldesa al recordar la situación de deterioro por una falta absoluta de mantenimiento, de la que no se puede acusar solo a sus inquilinos sino también a quien regenta la propiedad. El Ministerio de Trabajo ha dejado que el paso del tiempo fuera haciendo mella sin remedio en el inmueble y ahí está, con una imagen deplorable a la entrada de la ciudad, que daña sobre todo a quienes ocupan sus instalaciones. Dañino para la vista y para la seguridad.
El equipo de gobierno está buscando locales para poder albergar a las organizaciones que tienen establecida allí su sede, aunque la tarea no es fácil porque se requieren muchos metros cuadrados para satisfacer las necesidades de espacio y tampoco hay tanto patrimonio disponible para ello. Pero la primera fase del desmantelamiento del edificio ya está definida. La oficina de empleo, con entrada por la calle de Fermín Canella, se reubicará en el antiguo Palacio de Justicia en Poniente, digo antiguo por distinguirlo del nuevo, de tal manera que quedaría por resolver el alojamiento de Comisiones, CSI, CGT y CNT.
El desalojo de la Sindical no es un planteamiento de ahora. Hace más de seis años, en el mandato de Paz Fernández Felgueroso, se habló de tal posibilidad pero el asunto quedó aplazado. Por lo tanto, sería conveniente que la idea tuviera final feliz por el bien de las partes y, sobre todo, pensando en lo mejor para la ciudad. Luego habrá que darle destino al suelo, por cierto aún reclamado en los tribunales por una siglas históricas, y una de las propuestas, además de levantar en el terreno un centro municipal, es su conversión en zona verde, en el jardín de la Sindical, haciendo pareja con ‘Central Park’ mientras en el ‘solarón’ no haya quien construya.

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Aquella industria del oeste
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Ángel M. González | 09-05-2016 | 15:38| 0

Gijón es un conglomerado de ciudades. Depende donde pongas el pie o la mirada te encuentras con la ciudad cosmopolita, la comercial, la de los bares, la turística, la tecnológica, la universitaria, la rural, la de la burguesía, la que vive de cara a la mar, la que observa desde los cordales, la que cosecha en la llanura, pero sobre todo es una ciudad industrial, manufacturera desde el origen, transformadora a lo largo de toda su historia. Las fábricas forman parte de nuestro acervo. En esta villa se forjó la industrialización de Asturias y la salud de la economía regional continúa dependiendo, sobremanera, del estado en el que se encuentre la actividad fabril gijonesa.
En el Ateneo Obrero de La Calzada se rinde homenaje estos días a aquella industria que conformó el corazón del sector durante siglo y medio en el oeste de Gijón. Una exposición gráfica recorre la historia de una selección de fábricas que dejaron huella en el propio barrio, en El Natahoyo, en El Cerillero y en Veriña, surgidas por la iniciativa de empresarios foráneos y locales que aprovecharon la oportunidad que ofrecía, a mediados del siglo XIX, la puesta en marcha de la carretera Carbonera, el ferrocarril de Langreo, el del Norte y la expansión de El Musel para el despliegue de la actividad en aquella zona. La Algodonera, La Cordelera, Cristasa, La Sombrerera, Gijón Fabril, Fábrica de Moreda, La Gloria, Litografías Viña, Astillero Riera, Avello, La Estrella de Gijón, La Fábrica de Loza, La Harinera, La Azucarera, La Cerillera, Fábrica de Aceites Casanova y Crady están representadas en la muestra, pero un gran panel se encarga de recordar que aquel pulmón productivo llegó a albergar en sus buenos tiempos nada más y nada menos que sesenta y dos factorías, incluida Ensidesa y otros tres astilleros.
La mayor parte de ellas desaparecieron, algunas se trasladaron a otros polígonos con escasa suerte y en los espacios que fueron dejando con su desmantelamiento se construyeron viviendas, parques, un colegio y un polideportivo, o se convirtieron en centro de salud o en vivero municipal de empresas. Como resultado tenemos los barrios que hoy conocemos, asociativos, solidarios, integradores, activos, reivindicativos, con carácter y mucha vida. Basta pasear al mediodía por la avenida de la Argentina, por ejemplo, para comprobar el latido de sus gentes, esa vitalidad a la que me refiero, aunque ello no quiere decir que no estemos aún en deuda con una zona que sufrió durante muchísimos años los efectos de las chimeneas por aportar riqueza a todo el municipio y a la región.
Pues bien, recorrer la exposición es un deleite, pero también deja cierto sabor amargo, una sensación de frustración, cuando te preguntas las razones por las que fuimos incapaces de conservar todos aquellos activos empresariales, de la misma manera que sucedió con la Fábrica de Gas, Tabacalera, La Bohemia, Confecciones Gijón o Mina La Camocha, por recordar algunas otras empresas situadas en enclaves distintos que también dejaron un enorme vacío en el catálogo industrial del municipio.
Ahora conforman nuestra memoria colectiva y resulta enriquecedor su evocación, entre otras cosas para, a partir del recuerdo, reiterar que Gijón no puede dejar de ser, sobre todo, la ciudad industrial que le permitió desarrollarse y crecer. No volverá la fabricona tradicional, intensiva en mano de obra, de miles de obreros, pero ahora que se habla tanto de la necesidad de cambiar el modelo económico no se puede concebir otro modelo para el municipio que el soportado por una industria competitiva, avanzada y sostenible. Esa tiene que ser la que recoja el testigo de aquellas factorías.

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Fundación bancaria
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Ángel M. González | 02-05-2016 | 16:10| 0

En junio de 1946 nacía Caja de Ahorros de Asturias por la fusión de dos entidades ya entonces muy arraigadas en la región: Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Oviedo y la Caja de Ahorros y Monte de Piedad Municipal de Gijón. La unión, como es lógico en todos estos procesos, conllevaba que cada una de las instituciones fundadoras de aquellas cajas controlaran, por así decirlo, los órganos de gobierno de la nueva entidad.
El pacto, de una forma u otra, se mantuvo a lo largo de toda la historia de Cajastur y los padres de la criatura hicieron uso de aquel derecho en toda su extensión, de tal manera que antes de que la marca de la hucha y luego del asturcón desapareciera del negocio bancario a la Junta General del Principado le correspondía proponer a la persona que ocupara la presidencia del consejo y al Ayuntamiento de Gijón, la vicepresidencia.
De todos es sabido que hace dos años, con el surgimiento de Liberbank, Cajastur se transformó por decisión de la asamblea en fundación bancaria con dos objetivos claros: gestionar la participación del 30% que tiene en el nuevo banco y desarrollar la obra social y cultural de la que habíamos venido disfrutando los asturianos hasta antes de que el sector de las cajas se volviera loco, a partir de los recursos que fuera recibiendo la propia fundación por la rentabilidad del paquete accionarial en Liberbank. Es decir, aunque sea como fundación, Cajastur sigue existiendo. No entiende ahora de ahorros, préstamos e hipotecas, pero sí es depositaria de unos bienes y de unos derechos derivados, fundamentalmente, de las dos instituciones que la hicieron surgir hace setenta años.
Pues bien, el Ayuntamiento de Gijón, de manera incomprensible, no tiene representante en el patronato de la fundación. Nuestros políticos locales optaron por renunciar a sentarse en el órgano sin explicaciones a la ciudadanía por aquello del que dirán, huyendo de lo bancario como de la peste, no vaya a ser que me hagan un escrache. Y con esa decisión de que ni para mí ni para tí, ni tan siquiera para un independiente, resulta que la fundación funciona como ente ajeno al cofundador.
Hace unos días, la junta general de accionistas del banco aprobaba el reparto del primer dividendo que la entidad ofrece desde su constitución: más de cuarenta millones de euros. El pago a cuenta ya había sido recibido por los titulares de las participaciones en el mes de octubre, una parte en especie mediante acciones de autocartera, unos 31 millones, y otra en efectivo, más de nueve millones. En ese reparto, la fundación Cajastur obtendría más de doce millones de euros, casi tres en efectivo. No es que sea mucho dinero, teniendo en cuenta los recursos que llegó a manejar la obra social y cultural en los mejores momentos de la Caja, pero en los tiempos que corren menos es nada.
Como definen los estatutos, el patronato decidirá el destino de esos fondos, las actividades y los beneficiarios. Aunque se confíe en la sensibilidad de quienes se reúnen cada cuatro meses sin remuneración alguna para debatir la marcha de la fundación y la distribución de esos ingresos es una pena que Gijón no tenga voz ni voto para plantear, por ejemplo, la financiación de alguna de tantas necesidades sociales que tiene esta ciudad o que el Palacio de Revillagigedo vuelva a cobrar vida.

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Lotería municipal
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Ángel M. González | 02-05-2016 | 16:08| 0

Seguro que una buena parte de los lectores lo recuerdan. Un alcaldón de una capital cercana se encontró recién estrenado el cargo con un montón de dinero en el cajón heredado del anterior al que le arrebató el bastón de mando y decidió gastarlo en renovar aceras, peatonalizar el centro histórico, colocar esculturas en las plazas y farolas isabelinas por todas las calles. El resultado fue una ciudad convertida en una extensión del salón de casa, decorada al estilo del primer edil, y la cosecha de votos en la siguiente contienda electoral fue mayor.
En aquel ahorro encontró la mejor de las loterías. Cualquier buen administrador lo sabe, pero la acumulación se tiene que hacer sin pasar penurias ni necesidades, lo justo para vivir con desahogo y a sabiendas de que todo aquello que ahora no se gaste lo gastarán luego los que vengan. O lo malgastarán. Viene ello a cuento de los 55,4 millones de euros que tiene en ‘cash’ el Ayuntamiento de Gijón por el cuidado al que ha venido sometiendo las cuentas el gobierno de Moriyón por ventura para la ciudad, todo hay que decirlo.
La austeridad como principio máximo, aquí y en todas las administraciones por lo general, no consiste más que en emplear el dinero que realmente se tiene en servicios y obras para los ciudadanos, sin dispendios ni mayores agujeros, destinando, eso sí, una pequeña parte a pagar las deudas. La austeridad mal entendida, por el contrario, es recortar y recortar, que es lo que se ha venido aplicando en los últimos años en las instituciones como normal general. Pues bien, si en el proceso de sumas y restas se produce un sobrante, como ha ocurrido en Gijón, mejor; pero si el remanente se obtiene al dejar por el camino necesidades sin atender, presumir de ello es una falta de consideración hacia los administrados.
La oposición, en el ejercicio del papel que le ha tocado, considera que el superávit de tesorería tiene una sola explicación, la incapacidad del equipo que manda en el Consistorio para ejecutar el presupuesto. Los regidores, claro está, defienden que es producto de una buena gestión. En realidad hay de las dos cosas: imposibilidad para gastar lo previsto en el ejercicio y buenas maneras. Lo cierto es que Gijón se ha convertido en uno de los casos excepcionales de lo ocurrido el año pasado en el mapa municipal español. Los ayuntamientos gastaron 1.000 millones más de lo previsto en 2015 y esta enorme desviación, sobre todo en las grandes ciudades, se produjo por los costes de personal y de estructura. Inversiones, pocas.
El gobierno municipal ha explicado que de esos 55,4 millones de remanente, 37,7 millones ya están comprometidos porque están afectados por actuaciones plurianuales, pero el resto se incorporarán al presupuesto prorrogado de este año si el plenario lógicamente lo autoriza. Once millones se destinarán a la amortización de deuda y más de seis, a la realización de nuevas obras. Es decir, en medio de la parálisis que sufre este país y esta región, hay un municipio osado que invierte. ¿Acaso esta ciudad tiene todos los décimos?

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