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Carlos Ignacio Nores Quesada

Alguien tiene que decirlo

¿Son inocentes las palabras?

En el siglo XVIII la república era una forma de defender la soberanía popular frente a unas monarquías absolutas. Saludemos pues que el Partido Republicano de Estados Unidos apoye la invasión del Reino de Dinamarca y, de paso, acabe con la OTAN

El nominalismo es una corriente filosófica muy antigua. El nominalismo afirma que realmente sólo existen las cosas individuales, de manera que los conceptos generales no son más que nombres que ponemos los humanos para entendernos. Marx y Engels consideraban el nominalismo como «la primera expresión del materialismo» en la Edad Media. Muchos evolucionistas, como Lamarck y Darwin, viendo que las especies no son inalterables, pensaban que no se podía establecer el punto a partir del cual los individuos que, generación tras generación, mutaban para convertirse en otros diferentes. Así, las especies no existían en la naturaleza, no eran más que nombres, etiquetas que poníamos para entendernos, cortes arbitrarios en un abismo vital en perpetuo cambio.

Una consecuencia simétrica es agarrarse a un nombre y atribuirle propiedades casi mágicas. Las palabras no son inocentes, es su expresión más genuina y con frecuencia prefieren anteponer el valor de las palabras al de los hechos. Entienden que las palabras dejan traslucir rasgos de nuestro subconsciente que dicen mucho de nosotros mismos cuando las elegimos, las sacralizamos o las demonizamos. A un amigo que dirigió un atlas nacional de fauna no le permitieron poner, entre los idiomas vernáculos de las especies, el vascuence para designar el idioma propio de la cultura vasca. Le dijeron que ese término sonaba a franquista, aunque la palabra ya se usaba en el siglo XVI, y tuvo que poner euskera, que es la palabra en lengua vasca para designar al vascuence. Aunque en castellano no se recomienda el uso superfluo de palabras en otros idiomas si tienen equivalentes españoles (nadie pone London cuando escribe en castellano), siendo vascuence y euskera sinónimos en dos idiomas diferentes, el contexto social actual asociaba a cada termino una connotación ideológica que no por ser arbitraria tenía menos peso. Pasó lo mismo con los representantes del Gobierno central en las provincias en 1997. Hubo oposición a seguir llamándolos gobernadores civiles, por el infausto recuerdo de la figura de estos delegados políticos durante dictadura, a pesar de que el nombre se había creado en 1847. Los adoradores/aborrecedores de las palabras prefirieron llamarlos subdelegados del Gobierno, que resultaba más aséptico.

El lema de la no inocencia de las palabras está especialmente arraigado en personas de un determinado perfil que tienden a cambiar continuamente los nombres de las cosas buscando eufemismos que de nuevo acaban significando lo que realmente significan y hay que buscar uno nuevo hasta que vuelva a representar lo que no queremos que represente. Así, la sordera de toda la vida pasó a llamarse discapacidad auditiva y luego diversidad funcional auditiva. Yo, por mi edad, padezco de presbiacusia, es decir: pérdida irreversible de la audición debida a la edad; lo mismo que la presbicia, pero en el oído. Pensé que considerarme diverso funcional auditivo atenuaría mi sordera parcial, pero no ha sido así, ni la ha atenuado en absoluto ni ha frenado su avance. Cada día estoy algo más sordo. Los ejemplos para intentar soslayar los problemas mediante neologismos son miles. Elija cada uno el que prefiera.

Otra palabra cargada de significados es República. Es obvio que en el siglo XVIII la república era una forma de defender la soberanía popular frente a unas monarquías absolutas que no tenían que rendir cuentas a nadie. Eso le dio un valor moral que terminó sacralizando el concepto y la palabra. Mejor elegir un representante de la ciudadanía para regir los destinos de un país que soportar un rey que no tiene ningún mérito objetivo para hacerlo. Pero toda virtud practicada en exceso acaba convirtiéndose en un defecto. Una señora me contó que su hijo, republicano hasta la médula, no le dejaba ver en la tele los premios Princesa de Asturias porque eran un inaceptable lavado de cara de la monarquía. Si nos empecinamos en este argumento, ¿cómo no va a ser moralmente aceptable que el líder del Partido Republicano de Estados Unidos libere a los habitantes de Groenlandia del yugo de la monarquía danesa? ¿Acaso los groenlandeses tuvieron la oportunidad de elegir a su jefe de estado? Y es que con la agresiva tiranía de las monarquías llueve sobre mojado. Fue el Reino Unido el que declaró la guerra a una Alemania cuyo Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores había llegado al poder democráticamente seis años antes y no al revés. Así, aquella Alemania no tuvo más remedio que defenderse invadiendo los reinos de Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Bélgica y Yugoeslavia, y de paso algunas repúblicas alineadas con tan decadentes monarquías. Seguramente el Reino Unido debió de poder salvarse más por su aislamiento que por los principios morales dudosamente democráticos que refleja su nombre.

Si nos fiamos más de las palabras que de los hechos, debemos creer que la República Popular Democrática de Corea, más conocida por Corea del Norte, debe ser más popular y democrática que la República de Corea, a secas, más conocida por Corea del Sur. Por la misma razón resulta incomprensible que los ciudadanos de la República Democrática Alemana arriesgasen su vida por pasarse a la nominalmente menos democrática República Federal Alemana, podrida por el capitalismo.

Si pensamos que las palabras son reveladoras de nuestro yo más íntimo saludemos que el Partido Republicano de Estados Unidos apoye la invasión del Reino de Dinamarca y, de paso, acabe con la OTAN. Dos pájaros de un tiro.

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Sobre el autor

Profesor de la Universidad de Oviedo; zoólogo y por tanto observador de la vida en sus múltiples variantes


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