Uno llega a la Antártida y empieza casi de cero. De la nada y con lo que uno se trae de casa, hay que montar un laboratorio y así mágicamente en unas horas de actividad frenética un viejo conteiner empieza a acumular múltiples equipos científicos de diversos grupos de investigación. Porque aquí todo se comparte hasta una vieja meseta dentro de un conteiner.
Algunos días, como mañana si la meteorología lo permite, uno sale al mar a tomar muestras y disfruta de esos parajes que le hielan el cuerpo a uno, literal y figuradamente. Sin embargo, otros días, uno no sale de la base ni un segundo.
Porque aquí no hay tiempo que perder, y en unas horas hay que montar un laboratorio con todo lo necesario y para nosotros esto es lo principal. Esta es nuestra sala de máquinas, donde a ruido de bomba de vacío cientos de litros de agua serán filtrados para analizar todas esas variables que nos ayudarán a determinar cómo está cambiando el sistema, si es que está cambiando en primer lugar. Como un animal que devorara litros y litros mientras el resto de la manada lo apoya de forma esencial, pero sin nuestro ruidoso y a veces odiado sistema de filtración no latería el corazón de una verdadera campaña oceanográfica. Si te odio es porque te aprecio, viejo amigo.