Vuelve a ser domingo lo que significa que una semana ha pasado desde que nos tocó cocinar para toda la base. Ahora mismo la base está a máxima capacidad de gente (60-70 personas). El temporal de hace unos días ha retrasado los aviones, conexiones con barcos y ha generado un cierto problema logístico. Un “cacho” como dicen los chilenos.
Pasaremos unos 2 o 3 días apretaditos en la base y con restricciones de agua (ya no se puede tirar de la cadena después de hacer número 1) hasta que el resto de compañeros salga hacia sus destinos finales. Ye lo que hay. Con toda la actividad logística que había para hoy hemos tenido que reducir nuestro trabajo al laboratorio. Así que después de comer, y con el trabajo terminado, hemos salido a pasear hasta la costa norte de la isla, dónde los elefantes marinos pasan sus veranos al sol. Como veterano me tocó guiar el paseo, lo que además incluye pedir permiso al jefe de base, comunicar quienes íbamos, itinerario, hora de regreso estimada y llevar la radio en caso de que cualquier emergencia aconteciese. El día acompañó y disfrutamos de un paseo de lo más agradable, que sirvió para desentumecer mis músculos, que aún protestaban por la jornada anterior. Hemos podido ver: lobos de dos pelos, focas de Weddell, elefantes marinos y varias “familias” de pingüinos barbijo. Esos pequeños siempre vestidos de frac han conquistado mi corazón. Podría pasarme días viendo su torpe caminar o cómo interactúan entre ellos. Mientras, las focas de Weddell yacen en la playa (ver foto) sin importarles lo más mínimo que está pasando en el mundo. Su quietud y sosiego conjuga muy bien con la Antártida. Cuando caminas por Isla Rey Jorge y te alejas un poco de las bases (los focos humanos) el silencio te golpea. Aquí prácticamente no hay ruidos y un silencio milenario lo envuelve todo. Es una sensación extraña que me encanta. Estamos tan acostumbrados al ruido que el silencio nos resulta ajeno.
Hoy no hay música de fondo para no perturbar a los verdaderos habitantes de la isla.