Hoy ha sido un “día tranquilo” sin cosas demasiado interesantes o novedosas que contar. Los científicos somos así. Nos gusta la repetición y lo regular, y poco a poco esta rutina profesional permea lentamente hasta otras esferas de nuestra vida. “Deformación profesional” podríamos llamarlo, aunque obviamente esto afecta de forma muy diferente a cada persona.
Por eso hoy querría aprovechar la ocasión para hablar de otra cosa. La Antártida (el continente) actualmente no es territorio soberano de ningún país. No sería de nadie, aunque hay varios países que tienen reclamaciones territoriales pendientes o suspendidas. Estas reclamaciones no han desaparecido ni han cambiado su status, pero al entrar en vigor el tratado Antártico, quien regula todo lo antártico en la actualidad, quedaron en un estado de hibernación y si algún día el tratado terminase volverían a activarse. El tratado antártico goza de buena salud y eliminarlo resultaría bastante complicado, por lo que se podría decir que la Antártida no es de nadie, pero yo prefiero pensar que en realidad es de todos. Es un continente aislado, hostil y ajeno a todo lo humano y por eso es un sitio especial, donde nadie se siente extranjero o emigrante pues nadie es lugareño u oriundo. Además, aquello que ocurre aquí abajo nos afecta a todos. En la historia terrestre reciente (geológicamente hablando) los cambios que se han producido aquí afectaron masivamente al clima de todo el globo. No se olviden que el océano austral comunica el Atlántico, el Pacífico y el Índico. Además, las corrientes marinas que circulan alrededor del continente junto con el hielo marino modulan en gran medida el clima de todo el hemisferio sur.
Por eso me gusta pensar que este sitio nos pertenece a todos, aunque sea un “pertenecer” más espiritual o sentimental y menos político o económico. Quizás haya gente que opine que es muy fácil escribir esto desde aquí abajo, como si estar por aquí de paso nos diese algún título de propiedad, y por eso me agrada mucho poder escribir esta entrada. Como parte del consejo internacional de la asociación para investigadores polares en “etapa temprana” (APECS por sus siglas en inglés) me ha tocado el honor de viajar a la Antártida no sólo mis sueños. En el Reino Unido, unos pequeños han diseñado unas banderas antárticas y yo he sido el encargado de traer conmigo sus ilusiones, haciendo mi maleta un poco más ligera. Estas banderas han viajado desde Doncaster a Isla Rey Jorge, pasando brevemente por la casa de un asturiano en Valdivia, mientras cuatro chilenos, una colombiana, un ecuatoriano, una alemana y una brasileña posaban con ellas. Si este no es continente de todos que alguien me lo explique.
Suena de fondo ¨Delirium tremens¨ de Joaquín Sabina y Fito Paez.