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Adrián Ausín

Campo y playu

El Chino

El Chino soy yo. De pequeño, mi padre mi rebautizó como El Chino e incluso a veces China (país), practicando ese recurso literario que utiliza la parte por el todo y viceversa; esa bonita sinécdoque. Simplemente tenía los ojos rasgados, en ocasiones dos rayas, con las que él se cebó a saco. Mi nombre no existía la mayor parte de las veces. Si oía decir ‘China’ en la distancia, sabía que me llamaban a mí. Pero no se quedó ahí la cosa. Mi padre decidió fabular. Me dijo que en realidad mis padres verdaderos eran chinos. Los que yo creía buenos, arguyó, me habían adoptado en un trueque en el que siempre aparecía un quiosco colado en la trama argumental. No recuerdo cómo me tomaba yo aquello al principio. Pero la cosa fue a más.

Un día, de vacaciones en Riaño, mi padre vino a darme la voz de alarma. Un coche con unos chinos dentro andaba circulando por el pueblo. Me buscaban. Entonces me propuso escondernos debajo de una cama. Allí permanecimos varios minutos hasta que él consideró que el peligro había pasado. Era verano, hacía un calor de mil demonios y yo sudé tinta china (como era propio de mi condición). Estar debajo de una cama escondido mientras te buscaban unos orientales para raptarte no era el mejor plan del mundo. No sé si tendría cuatro o cinco años. O sea que en estos tiempos que corren mi padre igual acababa entre rejas con la broma. La cosa es que yo de aquella no tuve percepción alguna de la posibilidad de meterle una querella. Un día, angustiado por mis antecedentes chinos, fui hasta él y le pregunté: ‘Papá, ¿no se puede cambiar esto?’. Lo hice mientras me pasaba la mano por la cara. Vamos que reclamé una cirugía estética en condiciones. Él se partió el culo de risa y, al mismo tiempo, se apiadó de mí.

Pero la cosa no murió ahí. Mi padre inventó otras historias de cocos que venían a casa por la noche, se peleaba con ellos en el pasillo mientras tú esperabas el desenlace desde la cama totalmente acojonado (si gana el coco luego viene a por mí, pensaba), nos hacía a mí y a mis hermanos mil perrerías verbales y mantuvo mi apelativo. Hoy, pese a haberme crecido un tanto los ojos, hasta el punto de poder pasar por un gijonés medio, para él sigo siendo ‘El Chino’.

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes lo hizo en Bilbao, Sevilla y Granada. También es escritor, con seis obras en su haber: 'Gijón escultural' (2919), 'Cilurnigutatis Boulevard' (2021), 'El buen salvaje' (2022), 'García' (2023), 'En el reino de Kiker' (2024) y 'El centollo vive arriba' (2025). Ha viajado por 42 países y hace su propia sidra.


abril 2012
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