Si la realidad te quita algo, la fantasía te lo puede devolver con creces. En absoluto puede estar prohibido vislumbrar cómo, en aquel Boca de Huérgano leonés, emergió como por arte de magia la leyenda de Francisco del Hoyo, quien convirtió de la noche a la mañana su negocio mollejero en oro. Tal cantidad de mollejas plancha comenzó a despachar a diario que se decidió a contratar los servicios de dos camareras somalíes, ampliar el bar con un comedor adyacente y poner una pantalla gigante para ver el fútbol. Si las mejoras en el negocio fueron bien recibidas por la clientela, la presencia de dos fornidas mujeres de raza negra no le fue a la zaga. Los parroquianos llenaban ‘Los Madrugos’ mañana, tarde y noche. Y el Mollejo comenzó a hacer una auténtica fortuna. Entonces se decidió a ‘dar el salto’. Convenció al alcalde de Boca de Huérgano para costear la restauración integral del torreón medieval situado frente a su establecimiento. A cambio, sólo pidió una cosa: instalarse en él hasta su muerte. Luego quedaría de nuevo para el pueblo. El regidor accedió, el torreón recuperó su secular esplendor y Francisco del Hoyo se instaló en sus dependencias.
Comenzó entonces la segunda fase de transformación en su vida. El Mollejo siguió calzando madreñas, pero revestidas ahora de ribetes dorados, acompañadas casi siempre de un elegante pantalón negro y camisa blanca de hilo. Arregló la dentadura, compró cadenas de oro e iniciaba cada jornada con un baño en agua de azahar mientras escuchaba música clásica y contemplaba el gran nido de cigüeñas aposentado en el haya más próximo al torreón. Para completar el atrezo, adquirió un título. El barón de Munchausen atravesaba horas bajas y se hizo con sus galones a precio de ganga, que él adaptó como el Mollejo de Munchausen (en versión leonesa). Tanto lujo de nuevo cuño, siendo ya sexagenario, no impidió que Francisco del Hoyo siguiera atendiendo su negocio a diario, sólo que en vez de desaparecer cada poco rumbo a la cocina para atender las peticiones de la clientela, se quedaba en la barra tertuliando, mientras transmitía las oportunas órdenes a sus dos somalíes, quienes no sólo trabajaban con precisión sino que tenían embelesados a todos con su esbelta figura, su sonrisa perpetua y un español pronunciado aún con dificultad pero con una extraña rudeza que le confería un exotismo adicional.
El éxito del Madrugo enseguida traspasó fronteras. Desde la capital leonesa, llegaba a veces el alcalde para degustar sus raciones de mollejas plancha, sus ensaladas con productos de la huerta situada detrás de su vivienda original y esos filetes de vaca del valle de Riaño que sabían auténticamente a filete, con unas patatas verdosas que eran como para chuparse los dedos. También aparecían en ocasiones el obispo de León, algún afamado futbolista e incluso actores españoles que reivindicaban con su presencia en el Mollejo las más puras esencias de la gastronomía patria. Cada dos por tres se presentaba asimismo el montañero televisivo Jesús Calleja, quien inició la crónica de muchas de sus aventuras por el mundo con un directo desde el Madrugo, donde comía ante las cámaras tres raciones consecutivas de mollejas para coger fuerzas con vistas a sus ascensiones a las más altas cumbres. El Mollejo de Munchausen remataba muchas de estas gloriosas jornadas con amenas veladas en su torreón. A él invitaba a sus allegados de siempre: Tolís, Tanis, Gaspar, las tías Carmen y Lola, Gabriel y Mompracen con sus señoras, los incondicionales gijoneses… Allí cada cual se servía sus chismes, como gustaba llamar Molle a los cacharros, y la tertulia y las chanzas se prolongaban hasta la madrugada.
Poco a poco, las somalíes se fueron adueñando del negocio. El Molle empezó a reservar las mañanas a sus aficiones para incorporarse a la barra mediada la tarde. En su tiempo libre, cultivó su gusto por la inventiva y la adaptación de los artilugios propios del campo a utilidades más ambiciosas. En la cúpula del torreón era normal sorprenderlo enfrascado, por ejemplo, en la fabricación de una inmensa madreña, a la que adosó el motor de una fueraborda. Con ella tomó afición a descender por el Esla hasta el pantano y perderse por alguno de sus vericuetos, en especial por el antiguo valle de Anciles, donde gustaba pescar grandes truchas asalmonadas. Cuando todos nos habíamos familiarizado con la singular silueta de aquella embarcación, Molle dio un paso más en sus creaciones. Armó otra madreña aún mayor con madera de roble, la equipó con un potente motor de un motocultor, instaló una serie de seis hélices en la parte delantera y dos en la trasera; y la remató con cuatro ruedas para los despegues y aterrizajes; así como una loneta para protegerse del calor. Esa fue la siguiente imagen singular del valle de Riaño. Las vacas mugiendo en sus prados, las cigüeñas plácidas en sus nidos y el barón de Munchausen leonés surcando el cielo en su madreñogiro cual Leonardo del siglo XXI. Con su aeronave rural se iba muchas mañanas hasta el Gilbo, aterrizaba en una pradera situada a la espalda del valle y se echaba deliciosas siestas a la sombra de un árbol.
Muchas fueron las pretendientes que le salieron en esos tiempos al señor Del Hoyo. Autóctonas, veraneantes e incluso alguna extranjera de paso. Todas quedaban deslumbradas por su torreón, sus ingenios y sus mollejas plancha. Él se dejaba querer, pero recelaba de tantas atenciones tardías. Por qué no vinieron antes, se preguntaba en privado. Y cuando alguien le sugería que le podía venir bien tener compañía a su edad, apostillaba: ‘Deeejate de líos’. Él era feliz en el bar, en sus navegaciones en solitario por el río, en sus paseos aerostáticos; también tomó afición por la caza y abatía con gran tino venados en los montes situados en las laderas de Boca de Huérgano. Los trofeos comenzaron a adornar los salones del torreón y la carta del Madrugo se enriqueció con deliciosos chuletones de ciervo. En ocasiones, a don Francisco le gustaba ataviarse con vestimentas de época, cambiaba sus madreñas por zapatos con hebilla, gastaba medias, chaquetas bordadas en oro y afrancesado peluquín. De esa guisa, daba algún que otro banquete en el torreón e incluso se iba luego volando hasta el Yordas, oteando la caza con su catalejo y disparando desde las alturas a alguna pieza.
La fama le perseguía, a veces incluso le atosigaba, en especial cuando aparecían reporteros de toda España e incluso de la Unión Europea para entrevistarlo. Acuciado por el espacio, Molle había adquirido secretamente una gran nave en el valle de Hormas, donde fabricaba con la máxima discreción un madreñogiro de gran tamaño. Enseguida sospechamos que algo tramaba. Así fue como una mañana alguien vio una gran madreña sobrevolando el cielo riañés y perderse sobre las Pintas. Hubo quien, al no regresar, pensó en un accidente. Pero no se escuchó explosión alguna y la noticia de su ingenio volador deslumbrando a la España rural llegó enseguida a través de los telediarios. Por la noche, había cruzado ya el Estrecho para adentrarse en África. Cuando supimos de su dirección, interrogamos a las somalíes y acabaron por cantar. Eran ya tres años de convivencia y Molle había escuchado en ese tiempo a sus camareras demasiadas veces historias acerca de las necesidades de aquel país. Él lo tenía todo y allí no tenían nada. También acumulaba sed de aventura. Desde su pretérita época de taxista, apenas había vuelto a salir de Boca. Así que pidió a sus chicas que le transportasen a la nave de Hormas mollejas y víveres en abundancia.
Un mes después de su estampida las somalíes lograron saber, tras una larga conferencia, que el Mollejo estaba en su país. Para llegar con buen pie había lanzado mollejas, cecina y chorizo envasados a las aldeas más pobres desde su madreñogiro. Luego logró mantener una entrevista con el presidente somalí, a quien trasladó su plan para mejorar la ganadería, aprovechar la casquería de los animales y fabricar embutidos. También sugirió abrir una línea de exportación de carnes exóticas envasadas al vacío. Y, con la pertinente autorización, se puso manos a la obra. Molle recorrió las aldeas con un intérprete, reunió a las poblaciones en torno a sus árboles más milenarios y les instruyó en las técnicas de despiece más idóneas, así como en el correcto aprovechamiento de cada pieza. También mejoró sus huertas e introdujo el tomate, la lechuga y la cebolla, casi desconocidos hasta entonces. El Gobierno financiaba su proyecto distribuyendo en cada comunidad rural una máquina envasadora y un frigorífico para la carne. La tarea fue ardua. Las charlas, infinitas. Pero su proyecto había prendido con el discurrir de los meses. Dos años después de su partida llegó un día al Madrugo un importante envío de Somalia. Cuando las camareras, ayudadas por dos jóvenes labriegos, abrieron las cajas descubrieron carne envasada y fileteada de ñu, cocodrilo y cebra. También había una remesa específica de mollejas de hasta 21 especies animales diferentes. El negocio iba a experimentar una nueva ampliación. Y Francisco del Hoyo estaba, sin duda, próximo a volver.
Tres semanas después, cuando una extraña sombra recorrió la cumbre del Yordas, todo el valle de Riaño alzó su vista al cielo, por donde avanzaba suavemente, con su sonido celestial, la madreña gigante del Mollejo. Cuando empezó su descenso, una vez rebasado el pantano, para aterrizar junto al torreón, todos pudimos ver asomado sobre aquel ingenio aerostático al más intrépido, audaz y brillante vecino que jamás hubiera dado el reino leonés. En su amplia sonrisa se dibujaba el éxito de su empresa africana y en la de los cuatro niños somalís que le acompañaban, la ilusión con la que afrontaban el haber cambiado su miserable orfandad por una nueva vida propiciada por aquel personaje de leyenda.