Te acercas a John Mayall emocionado como un niño pequeño de 46 años. El dios blanco del blues está en el hall del Teatro Palacio Valdés esperando a sus fans para venderles su último disco antes del concierto. Te dispones a repetir la inolvidable experiencia de Oviedo de 2008: la de comprarle al propio Mayall su último cedé y la de verlo en directo. Entonces te pilló por sorpresa toparte con él; ahora ya sabes que es una costumbre marca de la casa. A John Mayall le gusta vender sus propios discos. Tiene 80 años y no sabes si se tendrá de pie. Llegas casi el primero a la cita, a las 8 de la tarde, con la historia de la música. Ahí está. Camisa oscura, pantalón vaquero claro, náuticos, abalorios; se ha vuelto a dejar
melena, que recoge con una goma, y tiene la cara desencajada por la edad. Está viejo John Mayall. ¡Pues claro! Pero está vivito y coleante, sonriente, educado, sencillo. Le dices con cierta emoción: Thank you very much for comming here (lo has ensayado antes con la esposa). Te sonríe. Dice algo que no entiendes. Firma el cedé por la cara de atrás y te cobra. Le pides entonces una foto, que hará la esposa, preparada para la ocasión. Pero él no quiere fotos de esas en las que agarras a tu idolatrado singerman. Te das cuenta cuando estiras el brazo hacia atrás para placarlo y él toma distancia para atrás. Igual tiene miedo que lo rompas. La azafata aclara: las fotos después del concierto. Pasan los siguientes. Hay comentarios de sorpresa en el hall. Tío, pero si es él. Ahí está un trozo de historia de la música. Es él. Es él. Los amantes de la buena música están con la boca abierta mientras Mayall vende y firma medio centenar de discos. Tú lo observas, lo fotografías, lo imaginas veraneando a principios de los 60 en el entorno de Avilés, como ha revelado la víspera en una entrevista publicada por La Voz de Avilés. Otro famoso que pasó su juventud en Asturias, como Jessica Lange, como tantos. Ves que da la mano a los compradores sin problemas. Tú no se la diste. Te da rabia. Entonces te acercas y dices en inglés macarrónico ‘is it possible your hand?’, él te la ofrece al momento y tomas la corriente de energía de John Mayall en tus manos. Te gusta notar su mano en la tuya. Gracias, John.
Con unas ventas que habrán pasado los mil euros, a 20 el cedé, John Mayall deja recoger el tenderete a un propio y sale entre la gente rumbo al escenario. Camina ágil, como un duendecillo. Se le ve en forma. ¡A los 80! Satisfecho del espectáculo previo, te vas a tu asiento en buena compañía; a falta de una muyer, ¡dos! El teatro está a reventar. Es pequeño, coqueto, una preciosidad, el Palacio Valdés. La gente está entregada de antemano, expectante, sobreexcitada por el acontecimiento, sabedora de que lo que va a ver es un fragmento de la mejor historia de la música; una leyenda. El listón está muy alto, pues en el Auditorio de Oviedo, en 2008, presenciaste uno de los mejores conciertos de tu vida, con John Mayall y The Bluesbrakers pletóricos. Se han ido los Bluesbrakers. Ya no está Budy Whittington, ese guitarrista de obesidad mórbida que rugió en el escenario como un auténtico huracán. Temes que la cosa haya empeorado, por cuestión de edad y de cambio de banda. Arranca el concierto.
La primera sensación es regular. Opta Mayall por temas más animados, más cañeros, cantados íntegramente. No suena como en Oviedo. ¿El equipo? ¿Los músicos? ¿El teatro? ¿Los temas elegidos? La verdad, te decepciona un poco. La gente está entregada. Pero a ti te falla el sonido. Quizá es simplemente que prefieres otros temas de John Mayall más instrumentales, en los que van cobrando protagonismo la guitarra, el bajo, el batería o los teclados y la armónica del propio Mayall; esos temas en los que se van recreando ambientes musicales y en los que las fases cantadas son más breves. Esos son los que más te gustan, como en maravilloso ‘So many roads’. Acaban llegando. A la mitad de la actuación llegan dos temazos seguidos absolutamente espectaculares. Del primero no recuerdas el título, pero se sale. Lo bordan. En ese momento perdonas la ausencia de Whittington. Das la bienvenida a Rocky Athas, Greg Rzab y Jay Davenport. Mayall siempre se ha rodeado de músicos excepcionales y éstos también lo son. Disfrutas como un enano. El auditorio ruge. Llega entonces ‘California’, de su histórico ‘The turning point’. Ahí se alcanza el éxtasis. Mayall prolonga ‘California’ unos veinte minutos. Lo lleva a los altares, recreándose una y otra vez en él. Alcanzas tu karma una vez más con John Mayall y sus veranos avilesinos, con John Mayall y su inconfundible e irrepetible sonido; con John Mayall y su incombustibilidad. Te emocionas por vivir ese momento. La experiencia finaliza plena, con una propina, así como el anuncio de que al terminar volverá a su puesto de venta de discos. ¿Estará en crisis o lo hará por gusto? Quizá las dos cosas.
Cuando sales a la calle llueve en Avilés. Se ha culminado el esperado 2 de marzo, que estaba marcado con asteroides en tu calendario. La emoción de ver en directo a John Mayall ha vuelto a llenarte. Iniciaste el día con el blues del Eibar, que parecía el Cosmos ante un Sporting timorato; lo seguiste en Casa Alvarín, un clásico, donde reinaron la tertulia y las chanzas animadas por un mal rioja impropio de un menú de 25 euros (por no tener no tenía ni corcho); luego prolongaste la tertulia en uno de esos cafés que solo hay en Avilés, con solo doble y güisqui, para ir calentando motores; hasta llegar a esa nueva cita con el guindilla Mayall. Te vas de Avilés con su último disco, ‘A special life’, firmado por el padre de la criatura, que escuchas ahora mientras escribes. ¿Que cómo suena? Con energía, con fuerza, con clase, con el indomable vigor de una estrella del rock and roll de ochenta frescos y maravillosos años.
pd.-Gracias a millón a Laura Mayordomo por hacer posible el concierto. A ella le tocaba descansar el domingo y a servidor, trabajar. Sin necesidad de ramo de flores, la compañera de pupitre se prestó al trueque de domingos al instante. Mayor, Mayall, ¡sois los Meyores! (Léase mejores).