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Adrián Ausín

Campo y playu

Sicilia, mafia total

La guía recomienda no preguntar por la mafia. Resulta una pregunta incómoda y la gente está quizá demasiado harta de sufrirla/ (Quince días en Sicilia 2) En Sicilia la huella de la mafia está en todas partes. Persianas bajadas, pisos cerrados, casas a medio construir con la obra parada, grandes contrastes entre mansiones y viviendas empobrecidas... Lo dice una gijonesa casada con un italiano que ha peinado la zona. Tú ves esas cosas, pero: ¿pueden atribuirse a la mafia? En tu guía de cabecera te recomiendan no sacar el tema con los sicilianos. Quizá por un excesivo hartazgo o por un deseo de pasar página, si es que pueden. De modo que no procede pedir la cuenta en un hotel o un restaurante y aprovechar para preguntar: por cierto, ¿qué tal la mafia? ¿sigue puteándoles? ¿o está la cosa más calmada? La mafia, explica la Lonely Planet, se gestó en el siglo XV en el campo cuando los señores feudales se fueron a vivir a ciudades como Palermo o Mesina y dejaron al clásico administrador (gabellotti) para recaudar el arriendo de las tierras. Estos gabellottis formaron pequeñas bandas de campesinos armados (los primeros mafiosi) para ayudarles a solucionar contratiempos y la cosa se les fue yendo de las manos. Estos mafiosi no tardaron en robar en las grandes fincas y en imponer su ley, despertando en los campesinos a un tiempo miedo y admiración. Con el paso de los siglos se pasó del bandolerismo al crimen organizado. A sus protagonistas se les denominó la mafia y a la lealtad del pueblo a este fenómeno, Cosa Nostra (lo nuestro). El círculo se cerraba con la ley del silencio que impedía a los jueces meter mano a los delincuentes: la omertà. En Palermo, mientras contemplas el edificio consistorial en la piazza Pretoria, se acerca un siciliano con el pelo blanco, gafas de pasta, pantalón corto y zapatos negros. Su aspecto es singular. Podría ser un espía ruso o un premio nobel de física. Empieza a hablar del edificio para saltar rápidamente a la mafia. La democracia, dice, es demasiado garantista como para combatirla. Utiliza armas tan blandas que no consigue nada frente a este fenómeno tan arraigado en Sicilia. A la mafia como al diablo, continúa, hay que combatirla con sus armas. Entonces cuenta la historia del prefecto Cesare Mori, enviado en los años 20 a Palermo por Mussolini con plenos poderes para llevar a efecto una misión imposible: acabar con ella. Y casi lo consigue. Mori, cuenta acalorado, llevó a efecto medidas radicales como cercar con el ejército el pueblo donde la mafia tenía su cuartel general y detener a todos sus habitantes, tomar como rehenes a familiares de los grandes capos para presionarlos, practicar detenciones en masa (en sus dos primeros meses más de 500 personas)... El resultado fue inmediato: algunos de los grandes mafiosos se exiliaron a Estados Unidos, donde la  ya organización había arraigado. Pero el 'prefecto de hierro' cometió el error de arrestar también a destacados líderes del partido fascista, confabulados con la mafia, lo cual acabó por costarle el puesto. La historia de siempre. Tras la II Guerra Mundial, Estados Unidos respalda la entrega el poder a la mafia para llevar a cabo la reconstrucción del país. Se adueña entonces del sector de la construcción. Pero seguirá queriendo más. En 1953, una reunión de las seis principales familias estadounidenses y sicilianas da como resultado la creación de un consejo presidido por Luciano Liggio, de Corleone, para gestionar la expansión hacia el negocio del narcotráfico. El reparto de este inmenso pastel acabará creando fricciones que derivan en una guerra abierta a finales de los 70. Se saldará con más de 500 muertos solo en Sicilia, mientras el Gobierno y la Iglesia miran para otro lado. La cosa empieza a cambiar en 1982 con el asesinato del jefe superior de policía Carlo Alberto dalla Chiesa, enviado a la isla para combatir la mafia. La indignación ciudadana es tal que el Ejecutivo italiano concede poderes especiales a los jueces. Entonces se produce el arresto del capo Tommaso Buscetta, quien tras cuatro años de interrogatorios por el magistrado Giovanni Falcone acaba por romper la ley del silencio y revelar métodos y prácticas que conmocionan, y fascinan, al mundo entero. La confesión derivará en el macrojuicio celebrado en 1986 en un búnker construido exprofeso para juzgar a 500 mafiosos. Se saldará con 347 condenas, 19 de ellas a cadena perpetua. La limpieza tendrá sin embargo un costoso peaje: el asesinato, en 1992, de los jueces Falcone y Borsellino, quienes dan hoy día nombre al aeropuerto de Palermo erigidos en símbolo de la lucha contra la mafia. Un año después tendrá lugar la detención del capo di tutti capi Salvatore Totò Riina, acusado de estos crímenes y de muchos otros.     Es en estos años 80 cuando el movimiento antimafia prendió en Sicilia con más ímpetu en todas las capas sociales. Con el alcalde de Palermo Leoluca Orlando, con los empresarios y comerciantes que comenzaron a combatir la extorsión, con las sábanas colgadas de los balcones con leyendas antimafia e incluso siquiera con la implicación activa de un miembro de la Iglesia, Giuseppe Puglisi, quien sería asesinado en 1993 y luego beatificado. Desde la condena de Riina, otros mafiosos han ido a parar a la cárcel -Leluca Bagarella (1995), Bernardo Provenzano (2006), Salvatore Piccolo (2007), Domenico Raccuglia 'El veterinario' (2009), Vito Nicastri (2013)- así como políticos cómplices de la talla del ministro del Interior Nicola Mancino. Todas estas acciones han  ido debilitando, sin duda, a la mafia siciliana. Sin embargo, no hasta el punto de que se considere hoy erradicada. Cuando un constructor inicia la obra de un edificio, quizá reciba hoy la visita de alguien que le indica dónde debe comprar el cemento y el ladrillo, mientras algunos empresarios siguen pagando algún tipo de 'pizzo' (dinero a cambio de 'protección'). ¿Y el narcotráfico? Nada dice la guía pero lo normal sería que siguiese en las mismas manos.  La visión del asunto del señor del pelo blanco, las gafas de pasta, el pantalón corto y los zapatos negros no es demasiado halagüeña: "Vuelven todos a ser amigos". Mafiosos, poderosos y políticos, claro está. Se ha vuelto, a su juicio, al punto de partida, solo que de un modo mucho más sutil. Y él no ve ninguna solución en su querida Italia más allá de resucitar al prefecto Mori. En último término, tu contacto no puede evitar ser siciliano y al término de su relato reclama por sorpresa un 'pizzo' para sí mismo, en este caso a cambio de su 'información' a priori espontánea. Lo hace educadamente. Solo pide la voluntad. En Sicilia quizá nada sea aún lo que parece.   Sicilia tiene dos destinos turísticos vinculados estrechamente con la mafia. El primero es Corleone. En este pueblo situado 60 kilómetros al sur de Palermo (hora y media de bus) han levantado el CIDMA, centro internacional de documentación de la mafia y el movimiento antimafia que pretende promover la lucha contra el crimen organizado desechando caer en la cultura del silencio. Tras un gran cartel donde se lee 'No mafia' se accede a tres salas dedicadas a los procesos judiciales, los líderes mafiosos y una tercera fotográfica. El museo se ubica en Corleone por haber sido este pueblo cuna de históricos capos e inspiración de Coppola para su histórica trilogía 'El Padrino'. La guía considera fundamental la visita, pero no vas. Sin coche ya de alquiler en Palermo, tres horas de carretera para recrearte en lo que ya has leído no tienen suficiente tirón, máxime cuando el pueblo en cuestión, al parecer, tiene muy poco atractivo, aunque seguro que el museo merece el esfuerzo. Son muchos los atractivos de Sicilia y elegir es renunciar. Sí acudes en cambio a Savoca, donde Coppola rodó ese episodio de 'El Padrino I' donde Al Pacino se enamora, se casa y enviuda en cuestión de días. La visita resultará fascinante... (próxima entrega)   LOS ROSTROS -El primero: Cesare Mori, el que combatió a la mafia con mano de hierro -Los dos siguientes: los jueces Falcone y Borsellino, héroes de la lucha antimafia en Sicilia -Los seis capos: Buscetta, Liggio, Riina (primera fila), Bagarella, Io Piccolo y Nicastri (segunda).  

(Quince días en Sicilia 2)

En Sicilia la huella de la mafia está en todas partes. Persianas bajadas, pisos cerrados, casas a medio construir con la obra parada, grandes contrastes entre mansiones y viviendas empobrecidas… Lo dice una gijonesa casada con un italiano que ha peinado la zona. Tú ves esas cosas, pero: ¿pueden atribuirse a la mafia? En tu guía de cabecera te recomiendan no sacar el tema con los sicilianos. Quizá por un excesivo hartazgo o por un deseo de pasar página, si es que pueden. De modo que no procede pedir la cuenta en un hotel o un restaurante y aprovechar para preguntar: por cierto, ¿qué tal la mafia? ¿sigue puteándoles? ¿o está la cosa más calmada?

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes lo hizo en Bilbao, Sevilla y Granada. También es escritor, con seis obras en su haber: 'Gijón escultural' (2919), 'Cilurnigutatis Boulevard' (2021), 'El buen salvaje' (2022), 'García' (2023), 'En el reino de Kiker' (2024) y 'El centollo vive arriba' (2025). Ha viajado por 42 países y hace su propia sidra.


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