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Adrián Ausín

Campo y playu

Sueños febriles

La fiebre le va a los sueños como anillo al dedo. En un estado febril, se produce una cascada de aventuras imparable. Aunque también proliferan como setas esos sueños repetitivos de los que uno, por más que lo intente, no puede huir. Mientras al otro lado de la ventana luce un sol esplendoroso que incita a bajar al Muro, el gijonés febril sueña una y otra vez con unas estúpidas barras desiguales que debe recortar. Abre uno ojo, mira por la ventana, lo cierra y de nuevo las barras. Así una mañana entera.

suenoLa tarde empieza más animada. Pero de nuevo inquieta. La clásica escena de aeropuerto. De repente va salir el avión desde otra terminal y cuando la situación requeriría una carrera brutal va todo lentísimo. Imposible cogerlo. Es un drama perderlo, pues es un vuelo transoceánico. Sin saber muy bien cómo, sube al avión in extremis después de haber buscado a la esposa por todo el aeropuerto. Entonces empieza otro drama: el avión vuela apenas a veinte metros del mar, de noche y con el cielo tormentoso. Una punta de una roca o una ola un poco fuerte podrían tocarlo. De hecho, desde la ventana se aprecia nítidamente el oleaje. Pinta mal la cosa y pasa lo que tenía que pasar. Tras una hora aterradora, el avión se sumerge de repente en el agua sin más. Parece el fin. Pero los sueños sueños son y el gijonés y su esposa aparecen en una gran playa tumbados entre trozos de fuselaje y algunos cuerpos más esparcidos por el arenal. Hay unos cangrejos tremendos recorriendo algunos humanos inertes. El gijonés febril aventa a uno de una patada que estaba a punto de subirse a la cara de la esposa, que despierta en ese momento ofuscada. Mejor despertar, aunque la presunta isla perdida prometa aventuras.

Pero el sueño vence una vez más. Esta vez, la bahía de Gijón es diferente. Por su derecha, un poco más allá de El Rinconín, hay una barrera rocosa y una lengua de arena atravesadas que asoman en las bajamares. Los incautos, como el soñador, y los surfistas van entonces a caminar por este surco milagroso. Pero, claro, luego sube la marea y se forman dos oleajes opuestos; el natural hacia la costa y el que vienen de vuelta contra la barrera de roca y arena, que empieza a desaparecer. De repente, el soñador no sabe muy bien hacia dónde debe nadar para salvarse. Vienen tan altas las olas y en todos los sentidos que apenas puede orientarse. La situación es dramática. Pero a diferencia de los surfistas, que también las están pasando canutas, el protagonista de este episodio guarda un as en su manga. Y despierta.

Nunca pensó que tener fiebre fuese tan entretenido.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 11 de mayo de 2018)

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.

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