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Adrián Ausín

Campo y playu

¡Más cerca!

Juan Belmonte, de niño, iba de noche a las dehesas de Sevilla con sus amigos del barrio de Triana a torear. Así ejercitó su arte, a veces totalmente desnudo, pues antes de llegar al toro había que cruzar un río, quien iba a revolucionar la tauromaquia en el primer tercio del siglo XX. Belmonte (Sevilla, 1892-1962) fue el primero en torear con los pies juntos, sin moverse. Lo hacía por inspiración propia. Y también, en ocasiones, por hambre, sueño y agotamiento. Salía en sus inicios tan débil al ruedo que no tenía fuerzas ni para perseguir al morlaco de turno. Así fue cómo un día, tras cogerle el toro y ser llevado a la enfermería después de echar una cabezada sobre el albero, el médico diagnosticó: «Este hombre lo que tiene es sueño».

97-mas-cerca-belmonteBelmonte, para algunos el mejor torero de todos los tiempos, también estuvo en Gijón en varias ferias de Begoña. Cuando empezó, era tal su osadía ante el toro, que rozaba en casi todos sus envites, que el público decía: «Hay que ver a Belmonte. Este no dura dos telediarios» (tradúzcase al lenguaje de entonces). Así fue cómo era cogido temporada tras temporada en algunos casos más de diez y de quince veces. Pero no moría. Y esto le llevó a concluir que el público empezaba a decepcionarse con él, porque ya no podía ofrecerle más. Lo comentó con Joselito, El Gallo, rival y amigo, en 1920, aquejado de similar desazón, y trágicamente éste moriría en Talavera, en el ruedo, al día siguiente. Pero él seguía sin separarse un ápice del toro.

Así llegó el 15 de agosto de 1927. El matador sevillano torea en la Feria de Begoña. Su faena es impoluta. «Inmensa lección taurina de Belmonte, ¡el único!», refiere el cronista J. Carmona en EL COMERCIO. Sin embargo, un espectador habrá de amargarle la corrida. Esa temporada, en Segovia, un tipo le decía continuamente «¡que no Juan; que no!» mientras el público le aplaudía a rabiar; así hasta que le desconcentró y fue cazado por el toro. Cuando le llevaban a la enfermería, Belmonte levantó la cabeza y le espetó: «¿Y ahora? ¿Le parece a usted bien?». En Gijón casi ocurre lo mismo. Juan Belmonte toreaba aquel día «a dos dedos de los pitones», pero ‘un babayo de cara ancha’ (palabras textuales del torero) le gritaba continuamente: «¡Más cerca!». Se hacía un silencio en la plaza y de nuevo la voz: «¡Más cerca!». Así hasta el final. Pese a la ovación, el matador no se quitó al babayu de la cabeza. Volvía ya en coche Belmonte para el hotel nada más acabar la corrida cuando identificó entre la masa al increpador. «¡Cogerme a ése!», instó rápido a su cuadrilla. Le echaron mano y sin explicaciones lo metieron al auto.
–«¿Dónde has visto tú torear más cerca? ¿Cuándo? Di. ¿A quién?», le preguntó Belmonte metiéndole las manos por la cara.
–«No; si yo no pedía que torease usted más cerca del toro, sino que se acercase más al tendido donde yo estaba, porque quería verlo bien».
–«¿Y si lo hubiese asesinado? ¿No se lo merecería?», se preguntaba el torero tiempo después.

Esta anécdota figura en la extraordinaria biografía de Juan Belmonte escrita por Manuel Chaves Nogales, que no tiene desperdicio de principio a fin. Belmonte toreó en Gijón entre 1914 y 1935, el año de su retirada. Luego se dedicaría a la ganadería en su cortijo sevillano y, a punto de cumplir 70 años, se suicidó de un disparo en la sien. ¿Se acordaría del babayu en aquel trágico instante? Esperemos que no.

(publicado en EL COMERCIO el viernes 31 de agosto de 2018)

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Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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