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Adrián Ausín

Campo y playu

Tomates, pimientos… y jabalís

Allá por mayo y junio, en el campo gijonés reinaba la incertidumbre. El tiempo era adverso y las huertas, se temía, no prenderían como era debido. Sin embargo, en julio y agosto, sin tirar voladores, las temperaturas fueron cálidas y hoy, en las postrimerías de su vida útil, casi todos los plantadores de bien siguen recogiendo hermosos tomates, pimientos, calabacines, pepinos, lechugas, perejil… Empezó todo tarde, pero ahora, templado septiembre, continúa la fase de recolección. Es año malo para la manzana. Muchos pomares están en los huesos. Y esto da aún más vida si cabe a la traca final de los huertos.

tomates-reduxEntonces, de un día para otro, llega una visita inesperada. El prao aparece fozao por varias partes. El vecino avisa: durante tres noches consecutivas, sus chuchos no han dejado de ladrar. Al final, decidió asomarse y allí estaban en mitad del camino un gran jabalí, se supone hembra, y siete rayones campando a sus anchas sin inmutarse por los perros ni por su dueño, al constatar que los primeros no podían salir de su vallado. Se metieron al prao de enfrente por un roto del cierre y allí se dedicaron plácidamente a destrozar la cuidada lámina de hierba para llegar hasta sus preciadas raíces. La huerta, ni caso. Las manzanas del suelo, ni caso. Ellos, al colmillo. «Hay que darles un susto», fue el consejo unánime recibido. El damnificado estuvo varias veces ante jabalís en el monte;en una ocasión dieciséis a escasos metros; y éstos siempre se las piraron rápidamente tras el encontronazo. De ahí que el primer pensamiento sea guarecerse y salir a la carrera como un energúmeno fesoria en mano gritando desaforadamente. Pero no se lo recomiendan. Algo parecido hizo un amigo de un amigo y acabó en el hospital con una avería en una pierna. El susto ideal, prosiguen los teóricos, es el tiro al aire. Pero para eso hace falta charrasca; y no es el caso.

EL COMERCIO del pasado miércoles aportó una buena idea. Aparece un concejal en calzones deportivos practicando boxeo como si aún fuera mocín. El afectado por el jabalí rememora los ‘Asterix y Obelix’ de la infancia y esa facilidad con la que iban amontonando cadáveres, de jabalís o de romanos, a base de simples puñetazos. Se plantea lanzar una oferta irrenunciable al edil. Apóstese, derríbelos y luego, si gusta, cómaselos. A quién le importan siete menos en una tierra astur donde hay más de cien mil. Pero ahí aparece la puñetera y estúpida ley, con sus cupos y sus plazos hasta para acabar con esta auténtica plaga. La solución pacífica es arreglar el vallado y comprobar cómo ya no fozan en su prao sino en el de otro vecín un poco más allá que deberá a su vez reparar su cierre y así sucesivamente hasta llegar a la calle Corrida.

Tras el desengaño de los ‘Asterix y Obelix’, pues el jabalí que parecía tan apetitoso en los tebeos era en realidad una carne tosca cuando la tuvo en el plato, el sufrido hombre de campo prefiere aliñar su tomate Mariñán, añadirle virutas de pimiento picante y sentirse en paz con la naturaleza, aunque ésta tenga colmillos y foce con nocturnidad y alevosía.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 21 de septiembre de 2018)

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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