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Adrián Ausín

Campo y playu

El ejército rojo

Hace cosa de tres semanas, en una acción premonitoria, el cilúrnigo se desplazó hasta las afueras de Grado para realizar una inversión de futuro. Por 35 euros, adquirió en Asturhumus un ejército de mil lombrices rojas californianas y sometió a un tercer grado al bueno de Laureano con el decidido propósito de forjar una empresa exitosa. El acto fundacional, a la mañana siguiente, resultó un tanto prosaico. El flamante empresario levantó la tapa de la compostadora de su prao (un simple cubo de plástico con agujeros) y ahí donde tradicionalmente arroja todo tipo de desperdicios vegetales para fabricar tierra virgen lanzó sin miramientos su millar de gusanos en una combinación de adultos, infantes y huevos. La satisfacción fue honda y, sintiéndose ya un magnate, empezó a dar cuenta aquí y allá de su nueva condición de emprendedor, con la duda de si sería conveniente dar un salto en la escala social y, por qué no, cambiar de amigos. No todo el mundo puede decir que tenga un millar de empleados a su cargo y además en unas condiciones tan ventajosas. Sin sueldo, sin asegurar y currando noche y día. La plantilla solo pide despojos y automáticamente los convierte en humus, un fertilizante de primera calidad idóneo para flores, plantas, huertos y árboles.

¿Por qué esta lombriz? Las explicaciones de Laureano resultaron concluyentes. La eisenia fetida, así se llama la chiquilla, tiene cinco corazones y seis pares de riñones (por difícil que resulte de creer) y esto se traduce en una altísima capacidad de reciclaje al comer su peso, digamos un gramo, cada día. Es hermafrodita incompleta. Esto quiere decir que es macho y hembra a la vez, pero para poner huevos requiere un encontronazo con otra, lo cual al empresario, cuando se suba al estrado para arengar a la tropa, le obligará necesariamente a decir aquello tan manido de «compañeros y compañeras…». Y, aquí viene lo mejor, duplica su población cada tres meses en condiciones óptimas. ¿Cuáles son éstas? Pues las chiquillas no quieren ni mucho calor ni mucho frío, necesitan mucha humedad sin producir encharcamientos (o sea, hay que regarlas) y son mucho más amigas del alimento podre que de la peladura recién cortada. Lo comen más fácil y evitan el proceso de fermentación en el cual recelan de calores excesivos y gases. Míralas a ellas… Concedamos que no son demasiados condicionantes para convertir la basura de casa en oro sin mayor inversión que la del primer día.

lombriz-reEn la lista de depredadores no figuran las babosas ni otras lombrices, con las que conviven. Sí salamandras, topos, ratones, sapos o paxarinos, como el mirlo, contra los que habrá que velar. Esta semana, sin embargo, ha surgido un adversario nuevo, mucho peor que los anteriores, con un formato muy parecido al inspector de Hacienda. Nuestros amados gobernantes locales han lanzado una amenaza, en formato de ordenanza, contra todo aquel que no recicle bajo pena de 900 euros de multa. El cilúrnigo, siempre mirado con la naturaleza, se hace muchas preguntas. Una, cómo lo controlarán. Otra, cómo demostrará por qué solo tira al cubo marrón mondas de naranjas y limones, que podrían alterar el PH de su fábrica de humus de lombriz. ¿Y el resto? ¿Dónde están sus pellejos? (inquirirá un juez kafkiano). Cuando llegue el caso, solo ve una solución para la cual ha comenzado a ensayar. Untará el ukelele de cucho, todo un manjar para su ejército rojo, y cual flautista de Hamelín lo guiará con una bella balada hasta la plaza Mayor, donde sus obedientes lombrices rojas cantarán la verdad a nuestros avaros regidores. Ensayamos gregoriano: «El detrito es nuestro alimentooo…. Aaaamén».

(Publicado en EL COMERCIO el 9 de noviembre de 2018)

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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