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Adrián Ausín

Campo y playu

Estocolmo, ¿quies veles?

(Viaje por el Báltico 1)

1Cuatro días en Estocolmo no dan para una tesis doctoral, pero sí para dar unas pinceladas de la capital sueca. La impresión es buena y mala a la vez. ¿Por qué? Dos condicionantes previos determinan el lado adverso. Uno, haber estado en Oslo en 2017, un referente contra el que pierde por goleada. Dos, dibujar en tu mente una ciudad idílica e irreal con un diseño innovador y unos habitantes rubios, altos, guapos y divertidos. Falso de toda falsedad. Estocolmo, sin embargo, es una gran urbe que, para sorpresa de tu idea equivocada, tiene un perfil centroeuropeo, con señoriales edificios de cinco plantas de principios de siglo XX y sus gentes, mediado noviembre, tienden al gesto sombrío, sin que despunten tampoco brads pitts ni pivonas despampanantes. El ejemplo paradigmático del ambiente tristón son los restaurantes, con un predominio abrasivo del modelo gabacho de vela por mesa y ambiente lúgubre. Se presupone ‘romántico’, pero esto en una ciudad sin luz, donde el sol brilla por su ausencia, es la apuesta más equivocada que hacerse pueda.

2Hechas las críticas, Estocolmo, qué duda cabe, es una gran ciudad desplegada a ambos lados de una lengua de mar protegida del oleaje (puede llegar a parecer un lago) con tres islas intermedias que forman un galimatías complejo de identificar a primera vista: su casco histórico, 3donde están el palacio real y la Fundación Nobel; Skeppholmen, con los decepcionantes Moderna Museet y ArkDes (Museo del Diseño), y una tercera donde habitan el Vasa Museet y el parque etnográfico Skansen, ambos de interés, además del carísimo Museo de Abba para los frikies.

Estocolmo recibe al cilúrnigo con un extraño orbayu que no requiere paraguas. Son como minúsculos átomos de lluvia suspendidos en el aire. Los días dos y tres el cielo está simplemente gris cemento y el cuarto, unos minutos antes del anochecer (lo cual ocurre en noviembre a las 3.30) de repente se quiebran las nubes y unos haces de luz iluminan parcialmente la ciudad, un acontecimiento que deja a autóctonos y turistas con la mirada suspendida en esa inusual fuente de energía como quien observa un platillo volante. Dicho esto, es una suerte la ‘no lluvia’, lo fundamental en cualquier viaje para poder patearlo todo a conciencia con comodidad. Pero la gran ciudad no doblega a los elementos adversos como debiera. No se le ocurre otra cosa que llenar sus restaurantes de tristes y estúpidas velas. No insistiremos más.

4En el ránking de lo visto, el Ayuntamiento de Estocolmo, ¿quién lo diría verdad?, se lleva la nota más alta. El stadhuset, así se dice, es interesante por fuera y majestuoso por dentro; superior incluso a su rival de Oslo, adonde derivan el Premio Nobel de la Paz (¿Y por qué? Pues porque cuando 5Alfred Nobel lo dejó todo escrito a finales del XIX Suecia y Noruega eran un mismo país). Tras la entrega de premios en el Concert Hall, los suecos se van a su Consistorio a la gran gala que incluye cena y baile para 1.300 apretados invitados en sendos habitáculos a cada cual más bello y rotundo. Esta visita se complementa con el Museo de los Nobel, donde una visita guiada de media hora, a cargo de Peter, aporta numerosísimos datos de gran interés; sobre la vida de Nobel, sobre los premiados, sobre alguna anécdota… La mejor es la de un premiado de investigación de principios de siglo que cuando era crío no dudó en denunciar a sus padres a la policía al comprobar que éstos le habían sisado el dinero de la hucha cerdito con el que pensaba comprarse su primer microscopio. Los agentes se presentaron en casa a pedir cuentas y a los padres no les quedó otra que comprar el artilugio a su pitagorín. La Fundación Nobel pide a sus premiados que cedan un objeto querido para exponerlo y el microscopio del denunciante está entre ellos. Vargas Llosa regaló una figura de un hipopótamo.

6El Vasamuseet es el otro gran atractivo. Allá por el siglo XVII, la poderosa familia Vasa encargó un innovador barco de guerra para el monarca de entonces y el resultado fue un precioso navío, engalando con mil relieves en su popa, que se hundió el día de su estreno nada más salir a mar abierto. No cabía otra, dada su desproporcionada verticalidad y la escasa quilla. Corría 1628. Tras 333 años en el fondo del mar, en 1961 fue reflotado y ensambladas de nuevo hasta 14.000 piezas en una dársena sobre la que construyeron un edificio para protegerlo y abrir las puertas del museo más visitado de Escandinavia. La visita resulta espectacular. Unos metros más allá está Skansen, un gran parque etnográfico donde los suecos han acumulado en una colina casas tradicionales del país (graneros, viviendas…) y, entre ellas, un curioso zoo, donde destacan sobremanera cinco lobos hiperactivos. Nadie espera ir a Estocolmo a contemplar cinco lobos, pero así es y la experiencia resulta verdaderamente interesante.

Al otro lado del casco histórico hay un curioso museo de la fotografía (fotografiska) con una exposición permanente muy simpática. Y en las afueras de la ciudad, 10 kilómetros, el palacio de verano de los reyes, Drottningholm, adonde se llega tras una rápida conexión de metro y bus. Los jardines son bonitos; el palacio, flojo. Pero junto a él hay un curioso teatro que destacan como el más antiguo del mundo que se conserva en su estado original. Data de 1766 y en él se divertían los reyes con la nobleza. Básicamente, no iban a ver las representaciones sino a ligar y para esas tareas el mujerío practicaba un lenguaje de signos con sus abanicos que explica detalladamente el guía, Peter, el mismo Peter que dos días después hará la visita guiada en la Fundación Nobel. ‘¿Dónde estarás mañana?’, le preguntarás al despedirte. Aclara que alterna dos museos; no más. En ese último día en Estocolmo, el palacio real, en pleno casco histórico, amanece cerrado. ¿Qué ocurre? Está de visita el presidente de Italia y han cerrado.

De Estocolmo quedan también en el recuerdo sus famosas albóndigas con puré de patata, su pasión por las ensaladas y una lujosa comida en Lisa, en un bonito mercado, donde por un pescado, un vino y un postre le rebanan a uno casi cien euros. También es una ciudad musical. Así, a precio de ganga, diez por barba, asistirá uno al ‘Réquiem’ de Mozart en una bonita iglesia. Y al salir, antes de entrar a un lujosísimo centro comercial a echar un vistazo le sorprenderán las voces alegres de unos jóvenes por la calle. ¡El fútbol! Algún partido ha habido que ha arrancado una sonrisa a esa silenciosa población. Un fornido suecu se para en mitad de la calle ante el cilúrnigo, le mira decidido y estrecha su mano con pasión mientras dice algo ininteligible. Está contento, pero como va solo necesita un contacto humano para compartir su alegría por ese misterioso partido. Probe.

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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