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Adrián Ausín

Campo y playu

Riga: Bullicio, Belleza y Bálsamo negro

Viaje Báltico 2

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riga-1Riga da la campanada viajera. Llegar a Riga (de casualidad) en la semana de celebración del centenario de Letonia es ya un buen augurio. Pero basta salir del céntrico hotel (Wellton Centrum) y dar cuatro pasos por el casco histórico para enamorarse de esta ciudad pequeña, coqueta y marchosa. Rigan lo riga-2que Rigan, Riga es la ciudad de las tres bes: bella, bulliciosa y capital del bálsamo negro, el chupito negro azabache de secreta fórmula (de doce componentes, solo se le conocen la corteza de roble, el ajenjo y la flor del tilo) que, según los jubilados letones, es el secreto de su lonjevidad. El viajero lo rubrica desde el primer hasta el último día. Y siempre con su rodaja de naranja para encajarla en la boca y tirar de la piel a modo de contraste.

riga4Tras la primera cena en un garito tipo cervecería escocesa, se llama 7-T, surge el primer bálsamo negro. Antes fue la cerveza negra para regar el plato de arenque y la tajada de cerdo asada. Luego toca un poco de marcha en versión polca. A donde fueres… La guía recomienda un garito en un -1 llamado Folksclub Ala Pagrobs. Al bajar pasas de no escuchar un átomo de sonido a abrir las puertas de unas catacumbas infestadas de humanos: muchos todavía cenando a lo largo de sus covachas y otros ya cerveceando en la barra. Al fondo hay una pequeña pista de baile y un grupo tocando folk y polcas, que cuatro o cinco parejas autóctonas bailan con esmero. Como en las fiestas de época de los castillos, se agarran lateralmente y giran sonrientes. El cilúrnigo trata de convencer a la esposa, espoleado por el bálsamo negro, para salir a pista. Pero ella, sabia y discreta y gran bailonga, intuye el escándalo: cuatro pies pisados, dos caderas rotas, la policía… Y rechaza insistente la oferta. Al llegar al hotel, por si las moscas, la pareja ensayará media hora la polca con grandes dificultades del macho para seguir los giros. Quizá acertara…

riga6El segundo día es completo. Para empezar, subida a un piso 17 en un edificio modelo soviético que ofrece vistas a toda Riga. Para seguir, visita al enorme mercado rigués. Cuatro hangares que en la Segunda Guerra Mundial fueron cobijo de dirigibles nazis son ahora mercado de carne, riga5pescado, salazones, caviar, frutas y verduras, flores….  Rebosante de productos, con letones con cara de letón/letona y, curiosísimo, peces sobre el mármol de las pescaderías coleteando y boqueando, ¡vivos! Al menos un par de tipos diferentes. Lo nunca visto. Tras el mercado toca coger el tren y riga7bajarse a la media hora en la zona costera donde veranean los rigueses de pasta, con una infinita playa mirando al báltico que en pleno noviembre tiene un curioso público adulto paseando por la arena. Los balnearios están cerrados, pero resulta relajante ese paseo de invierno junto a un mar en calma chicha y, a continuación, otro paseo entre Majori y Dzintari, dos pueblos conectados por una calle peatonal de un kilómetro y pico. Relax, poca gente y tren de nuevo hasta Riga, adonde llegas justo para comer rico en un bufé con bastante encanto, Lido Alus. Si del casco histórico sales hacia el centro de la ciudad toparás rápido con unas calles repletas de edificios art noveau. El culmen llega en Alberta, donde te quedan los ojos como platos.

En Riga se estilan en estos días de noviembre las proyecciones sobre los edificios. Algunos están solo iluminados. Sobre otros pasan imágenes que parecen repasar la historia del país, sin rehuir el período soviético, reflejado con imágenes que representan la opresión. Menos mal que tenían bálsamo negro.

riga-8El tercer día toca salir a las afueras en autobús. Al otro lado de la ciudad y del gran río/lago, está el Museo al Aire Libre de Letonia; un parque etnográfico donde se desperdigan, en mitad de la naturaleza, construcciones rurales de todas las provincias riguesas; en especial, de zonas de riga9pescadores, casas, graneros, etc. A la intemperie, a cero grados, se agradece una buena camiseta de esas que forman una segunda piel. Tras un par de horas de relajante paseo toca pillar un taxi para ir al Museo del Motor, también en las afueras. Suena raro, pero está de cojón de mico. Un edificio moderno que imita el frontal de un coche antiguo acoge en tres plantas espectaculares coches de todo el siglo XX, incluido uno que utilizaba el cabronazo de Stalin (reproducido en formato maniquí en el asiento trasero) y, a modo de gracia, un photocall en el que te puedes retratar desfilando en coche descubierto por unas calles aderezadas con todo el boato de iconos de la antigua URSS. En el Museo del Motor hay una cafetería donde se come rico y barato. Luego, de vuelta al centro, ¿qué mejor que darse un masaje en el hotel para limar cansancios acumulados del día? Mecaguenlashostias, vacasssiones pues.

riga-10La última noche en Riga cae en viernes y la gente está echada a la calle. Hay mercadillo navideño, donde el cilúrnigo compra gorro y guantes pensando en San Petersburgo. Y donde bebe vino caliente mientras pasea. Hay buenas vibraciones en el ambiente. Euforia de un país joven que celebra sus cien años de vida, aunque entremedias se viera engullido en la opresiva Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Ahora se sienten libres. Y se nota. El problema del idioma impide saber si miran de reojo a un tal Vladimir Putin o están tranquilos. Qué ganas tienen algunos de complicar la vida a los demás, con lo bien que está cada uno en su casa. Te vas de Riga con pena. Abandonas la ciudad en autobús rumbo a Tallín (Estonia). ¿Será de fiar? Pues mire usted, es un Irizar español con baño, cafetera gratuita y todo reluciente. Letonia va bien. Al menos eso parece. Y en las pescaderías los peces bailan la polca con la cola a modo de despedida. Ahí es nada.

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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