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Adrián Ausín

Campo y playu

San Petersburgo, poderío ruso

Viaje báltico y 4

5-san-petersburgo-89La grandeza de San Petersburgo sería completa sin coches. Pero eso de la peatonalización no ha llegado aún a Nueva York ni tampoco a la elegante, noble y palaciega excapital rusa. En su avenida principal, eje de todo, Nevsky, hay ocho carriles, cuatro en cada sentido, infestados a todas horas de coches escupiendo ruido y contaminación, una mancha negra perpetua en el expediente de esta gran ciudad donde la emperatriz Isabel llegó a construir 400 palacios. Qué pena de tráfico, como en El Cairo, llenándolo todo de tubos de escape malolientes. Si Gijón pide a gritos un alcalde con personalidad que peatonalice todo desde Los Campos hasta El Carmen; San Petersburgo no digamos. Este crimen sin castigo impide ponerle un diez a la urbe fundada por Pedro I El Grande, aquel gigante de dos metros que buscó una salida al mar para Rusia justo donde los suecos tenían un pequeño asentamiento en una ínsula del caudaloso río Neva, próximo a su desembocadura. Lo conquistó, construyó la primera flota rusa y levantó una metrópoli al estilo europeo que convirtió rápidamente en capital, pues Moscú no era plato de su gusto.

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Llegas en bus a San Petersburgo. Sin rublos. Preguntas al primer taxi por tu hotel. Pide 20 euros. Le dices que ni de coña. ¿15? Tampoco. ¿Cuánto? Pagas 10. Y pagas de más. El hotel boutique 1852 carece de ascensor; es un viejo edificio rehabilitado con gusto, presidido por una amplia escalera de piedra, está a diez minutos de la avenida Nevsky y apenas zampa 65 euros la noche, desayuno sabroso incluido. Buen lugar para las cuatro próximas noches. Es martes, 20 de noviembre. Hay -1 grado y no nieva. Otros años, a estas alturas, está normalmente cubierto por una capa de nieve y el Neva está ya helado. Horadan los clásicos círculos y los ‘morsas’, así los llaman, se bañan en plena invernada. Tres inmersiones y pa casa (o pal cementerio). La sensación es fría en la calle, conviene tapar las orejas. Pero tampoco es un frío polar. No es Siberia, vamos. Pero hay más escalas, al parecer la cosa llega tranquilamente a -15. De forma que afortunado quien pasará cuatro días con apenas unas gotas de aguanieve que permiten patearlo todo a gusto, aunque falte la ‘postal’ blanca de despedida, que también sería de agradecer.

 

5-san-petersburgo-34Todos los museos cierran a las seis de la tarde y el primer día, al llegar pasadas las dos, hay tiempo solo para una incursión. Por proximidad, eliges la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, edificada en el lugar donde fue asesinado de un bombazo el zar Alejandro II en 1881. Él, que abolió la servidumbre, no anduvo listo para dar tierras al pueblo y éste, hambriento, se revolvió. Alejandro III  le dedicó el templo y, en vez de avanzar en las reformas, reculó. La coronan los clásicos cucuruchos bizantinos, una intencionada vuelta al pasado, y su interior resulta impactante. Cerca está un restaurante de corte moderno recomendado por la Lonely: Gras. Y la apuesta resulta interesante. Diseño discreto, cocina ingeniosa y buen trato.

La segunda jornada daría para escribir un libro. Un minuto ante cada obra de arte del Hermitage sumaría ocho años. El primigenio palacio real de invierno levantado frente aquella fortaleza que conquistó Pedro El Grande, al otro lado del Neva, se unió con los años a otros cuatro edificios donde los zares fueron acumulando sus colecciones de arte. Ver el Hermitage solo sería irresponsable, lento y poco nutritivo. Contratas una guía en español la víspera en una página web y será el sablazo mejor rentabilizado del viaje, pues las tres horas con una chica llamada Nadia, sin más viajeros que los dos cilúrnigos, son una clase de hist5-san-petersburgo-52oria que se alimenta, a cada minuto, de un sinfín de datos de sumo interés. De un lado, el arte, todo forastero, europeo, no ruso, seleccionado a conciencia (dos Leonardos, Rafael…). De otro, el palacio, majestuoso, con sus ventanales asomándose al poderoso Neva. En tercer lugar, los zares, con sus intrigas, quehaceres y anécdotas. Y, por último, chascarrillos como el ejército de gatos que viven en el sótano para tener a raya a los roedores, cada cual con placa 5-san-petersburgo-49identificativa e historial. Se va Nadia, dejando aturdidos a sus oyentes, que hacen un paréntesis a las tres horas con un sabrosísimo vetegal y una ensalada en la cafetería, cogiendo fuerzas para la segunda entrega: la entrada separada al tesoro real con guía específica y una colección infinita de joyas. En total, cinco horas en este palacio que mandó construir la emperatriz Isabel I en 1754 y fue hogar imperial hasta 1917, cuando los últimos Romanov fueron apresados, trasladados y finalmente asesinados.

Sería insano ver más museos el día del Hermitage. Toca patear un poco, admirando la monumentalidad de cada calle, pues en San Petersburgo el Palacio Revillagigedo sería la caseta del perro, por ilustrar de alguna manera el asunto. El Gagol, un restaurante presoviético, supone un acierto total. Desde la calle uno siente hasta miedo. Cortinonas, muebles viejos, espejones, mesas vestidas a la antigua usanza… Solo falta el capo de ‘Promesas del Este’ sentado en un rincón. Pero la guía lo pone por las nubles. Y pa’dentro. El Gagol se divide en habitaciones. Apetece llevar zapatillas, pues sientes que estás en una vieja casa. Sin embargo, pronto comprobarás que la cocina es refinada. Una cosa no quita la otra. San Petersburgo tiene muchas influencias gastronómicas (germana, francesa…). Así, una simpática camarera rebate el pez pedido por 5-san-petersburgo-605-san-petersburgo-86la esposa casi al azar y sugiere otro: una mezcla de dos pescados envueltos dentro de una gran ‘croqueta’ con una rica salsa de complemento; mientras aplaude la crema de coliflor (“umm, mi favorita”, dice) y el pollo al Kiev del home. Está todo rico y el postre, una tarta de manzana con helado, espectacular.

El día tres sale también redondo. Primero, metro, curioso y profundo, para acercarte al otro lado del Neva, a un gran islote poco visitado por el turismo donde destaca el Museo de Arte Contemporáneo ‘Erarta’. En cinco plantas, uno va subiendo poco a poco hasta el ‘Valhalla’ de los horrores. Los cuadros van a más. De forma progresiva, según asciendes, cada vez se retrata de forma más descarnada el horror, la angustia, la opresión del régimen soviético hasta llegar a esa última planta donde las metáforas llegan al culmen en una larga mesa preparada para el almuerzo donde los cubiertos son una hoz y un martillo. ¿Se expondría esto en época de Stalin? Seguro que no. A unos metros del museo, hay un animado restaurante con ‘menú ejecutivo’ habitado solo por rusos. Difícil entenderse, pero al final tomas una sopa y un puré de patata con riñones por 4,90. La catedral de San Isaac, siguiente parada, es imponente, visita obligada, con espectaculares frescos y mármoles en su interior, y una subida adicional a la cúpula para dominar la ciudad. El Severyanin será asimismo otro restaurante anclado en el pasado, éste con un amplio salón y tan buena carta como el Gagol. Difícil elegir entre ambos.

5-san-petersburgo-10El día cuatro toca ir al Teatro Mariinsky, uno de los grandes. Hay ballet. El cilúrnigo no es ducho en estas artes, pero a la parte contratante le encanta el asunto. La cita tendrá mucha miga, pues el espectáculo estará en el escenario, con mucho disfraz y mucha pantomima y la verdad sin grandes cabriolas, y también en las bancadas, donde rusos y rusas escenifican su estatus con vestidos de espalda descubierta y emperifolles varios (ellas) y básicamente traje y corbata (ellos). Las rusas están de buen ver y tienen una cara de rusa inconfundible; ellos son más variados y hay un tercer colectivo integrado por turistas. Antes de empezar y en los dos intermedios se estila ir a los bares de la primera y la segunda planta a tomar una copa de champán y una tapa de caviar rojo. El cilúrnigo amaga con estirarse, pero la copa cuesta 25 euros y casi prefiere un blanco franchute, que vale un tercio. Hay frenesí en los pasillos, escotes, sonrisas, taconadas y, evidentemente, exóticas conversaciones en ruso, como procede en San Petersburgo. Y el cilúrnigo, con sus vinos blancos, uno antes y otro durante, y tapina de caviar para que no se diga, y una copa con unas aromáticas fresas para rematar la faena rodeado de rusos y rusas, con gesto de naturalidad y, evidentemente, sin traje. Pero curiosín. De todo el barullu de bailarines del escenario, disfruta especialmente con un lote de cosacos barbudos que lo atraviesan a la carrera como podría haber hecho cualquier hijo de vecino, sin necesidad de tomar una sola clase de ballet. Salen dos veces. Y le apetece ponerse en pie y gritar ¡¡¡bravo!!! para dejar la impronta asturchale en pleno Mariinsky. Pero la esposa lo asesinaría a renglón seguido y contiene sus ansias. El día arrancó por la mañana en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, frente al Hermitage, ahí donde empezó todo. En la iglesia están enterrados todos los Romanov. Tumbas simétricas de mármol. Curioso. Hay también una cárcel, donde estuvieron presos Dostoyevski y el hermano de Lenin, cuya muerte radicalizaría al gran protagonista de la revolución de 1917.

Aún queda la mañana del quinto día. Se apurará al máximo ese sábado. Paseo temprano, con pocos coches, por la plaza de Pushkin, el Campo de Marte y las veredas del río Moyki hasta llegar al palacio Yusukov, donde mataron, con grandes dificultades, a Rasputín, pues no ni el cianuro ni los primeros disparos acabaron con él. Era duru. Como si fuese de la Cuenca. En el palacio hay un preciosísimo teatro particular de Yusukov, que llegó a ser el hombre más rico de Rusia. Y, para reír hasta doblarse, una audioguía en español, en realidad en cubano, donde uno escucha decir (imaginal el tono) que “este edificio rocóco (acentuado en la segunda) fue construido por Pierre (pronunciando las erres)… y el corredol….”. Así de principio a fin. Casi se pasa mejor con la audioguía que con lo visto. Queda aún tiempo para admirar el Museo Fabergué, de los joyeros huevos kinder en versión palaciega. ¡Espectacular! Una colección de ‘huevos’ y de joyas de quitar el hipo. Y una cafetería de diseño ‘Agata Ruiz de la Prada’ y comida rica y barata ideal para rematar San Petersburgo.

5-san-petersburgo-68En el taxi al aeropuerto echas en falta dos visitas. Una simbólica, a la casa de Dostoyevski, donde vivió los tres últimos años de su vida. Y otra que iba en los planes: al palacio Peterhof, ese de las preciosísimas fuentes que sale en muchos documentales. Lo ideal era ir de San Petersburgo hasta allí en barco por el Neva (salen cerca del Hermitage). Pero en noviembre se suspende el servicio y quizá también  apaguen las fuentes. Habría por tanto que recorrer unos 30 kilómetros primero en metro y luego en bus. Y la muyer nun quier. Dice que estaría deslucido. El home se resigna y acepta el veredicto, majo él, para centrarse en otros mil y un atractivos.

El taxista señala, satisfecho, a la izquierda a una colosal estatua de Lenin. Lo pronuncia: “Lennn”. Y sonríe. Miras entonces el salpicadero y ahí tiene a Lenin  presente en un pequeño imán. Ay que se joder. Tiene una cara de ruso de la KGB que no se aguanta. Pálido, lleno de arrugas y con la cara chupada. Sonríe y pone a sus viajeros españoles una canción de Enrique Iglesias a modo de guiño. Tras la Perestroika, esta gran ciudad de 5,3 millones de habitantes votó si seguía llamándose Leningrado o volvía al primigenio San Petersburgo. Ganó el segundo por el 54% frente al 46%, que apostó por el nombre del líder de la revolución. Curioso. Un barrio de San Petersburgo se sigue llamando Petrogrado (su tercer nombre) y la provincia mantiene el de Leningrado. Fantasmas del pasado. Y del presente, pues el presidente Vladimir Putin tal parece cada vez más el nuevo zar de este gran país y su rostro inunda todo el merchandising: tazas, llaveros, camisetas, hasta matrioskas. Unas veces, con mirada acero azul. Otras, incluso, a pecho descubierto. El cilúrnigo piensa entonces en el submarino que se encontró atracado en el Neva y concluye que el imperio ruso acaso no haya dicho su última palabra. La grandeza de San Petersburgo quiere dejar claro al mundo que Rusia es mucha Rusia. 

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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