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Adrián Ausín

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Tomen aire

Camino del trabajo, atravesando Gijón de cabo a rabo, apenas hay opción de elegir una vía verde, sin coches, salvo estirando el itinerario con un largo desvío por El Muro; y ya se sabe que el tiempo, o su escasez más bien, es uno de los dos grandes males del siglo XXI. El otro es la contaminación y cada día que pasa, en vez de mejorar, el pálpito creciente es que molesta más, invade más nuestras vidas sin mayor escapatoria que el pataleo o la mascarilla. Caminar por Gijón, por sus calles rebosantes de tubos de escape, se ha convertido en una desagradable experiencia olorosa, con la consiguiente afección para la salud, y nadie, pese a estar en fechas preelectorales, se arranca a comprometer sencillas medidas para combatir este mal. Peatonalizar el centro es la primera; cuando menos desde aire-reduxLos Campos hasta El Carmen, algo de lo que sorprendentemente nadie habla, acaso por si puede costar algún voto. Y peatonalizar arterias principales de cada barrio, la segunda; de forma que se conecte toda la ciudad, desde Viesques hasta El Cerillero y desde La Arena hasta El Llano, con paseos por donde los ciudadanos puedan caminar a gusto. La tercera, evidente, es arbitrar restricciones crecientes, y rotundas, al uso del coche en la ciudad.

En los últimos ocho años nadie ha hablado de peatonalizar Gijón, más allá de dos pequeñas calles. Pero cuando uno mira cómo era y cómo es la Travesía del Convento tras una semipeatonalización exprés no alcanza a entender ni un uno por ciento el porqué del frenazo en seco de este proceso. ¿Qué otra prioridad puede tener un gobernante más que el confort y la salud de las personas, léase, el derecho a respirar aire comestible? Tras la enésima emisión maloliente de Arcelor el pasado 12 de marzo, el mupi de la avenida Príncipe de Asturias decía: ‘Calidad del aire: muy buena’. ¡Hay que tenerlos bien puestos! Nos tratan como a cobayas y solo nos queda una opción llegado el fin de semana: huir, abandonar una ciudad que huele a tubo de escape por los cuatro costados y salir al campo, al monte, a la nieve. Cuanto más lejos de la ‘boina naranja’ mejor. Así, después de tres días seguidos al otro lado del alto de Tarna, uno empieza sentirse raro. El oxígeno es de verdad, tiene reminiscencias a hierba, a monte, a vaca, a río y es puro como el agua de fuentes y manantiales. Falta poco para que el mundo rural haga campaña en ciudades como Gijón para captar turistas: ‘Relájese y respire’, ‘Tome aire el fin de semana’, ‘Oxígeno a palas’. Si andan listos, no tardaremos en el paraíso natural gijonés, esa gran mentira contaminada, en ver eslóganes ofertando, simplemente, respirar.
Publicado en EL COMERCIO el 21 de marzo de 2019

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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