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Adrián Ausín

Campo y playu

Recuerdos de la playa

El primer recuerdo de la infancia en San Lorenzo consiste en una carrera hasta la orilla, nada más llegar, para construir un barco de arena. Si la mar estaba subiendo, la batalla terminaba siempre en derrota. Por mucho que reforzases los muros con alguna piedra la vía de agua estaba asegurada y las olas se acababan comiendo aquellas frágiles murallas. A veces quedaba ánimo para levantar un segundo barco. Pero nunca un tercero. La duda es cómo se enfocaba el asunto si la mar bajaba. Ahí se esfuma un tanto la memoria, pues el juego no podía funcionar bien y un niño, en aquellos años 70, no tenía ni la más remota idea de si el agua iba o venía.

El segundo recuerdo es el olor de las casetas por dentro. Fuera, en el territorio madres, la arena estaba blanca y seca. Dentro, reinaba la humedad. Algo así como el aroma de un baño turco al ‘estilo San Lorenzo’, con el tacto frío en los pies.

El tercero es que la playa era inmensa. Larga e indomable como la cresta de una cordillera montañosa. Al cilúrnigo le llevaban a la doce y desde allí pensar por ejemplo en La Escalerona era como ir de Gijón a Oviedo.

recuerdos-de-la-playa-reduxEn la colección de postales expuesta en el Nicanor Piñole, las de los años 40 y 50 apelan a aquel Gijón en blanco y negro donde había cosas tan sorprendentes como un Campo Valdés sin iglesia o un esbelto edificio en el Náutico relevado por otro anodino, amén de una avenida Rufo García Rendueles sin moles. En las de los 60 y 70, el dato más llamativo es, sin duda, el suelo del Muro. Un pavimento revivido años atrás al acudir a una boda al Palacio Figaredo, en cuya terraza pervivía el mismo diseño. En un par de postales destacan aquellas míticas cuadrículas grises. En una de ellas avanzan dos hermanos con idéntica ropa setentera; otro recuerdo de impacto. Mismo pantalón, misma camiseta, mismos playeros. También, aquella gran pérgola central, con amplia sombra, relevada hoy por otra más ligera. Y un horizonte despejado, sin los descomunales diques de El Musel que parecen un tanto ‘Show de Truman’.

Llegada la adolescencia, procedía marcar distancias con los mayores e irse a tostarse a la catorce y la quince. Medio siglo después, el cilúrnigo no va a ninguna escalera ni lleva ninguna toalla. Va a la playa, la pasea, se baña frente a la Rampla, pasea de nuevo y se va. ¡Como un vieyu! Así hasta 2018, cuando, por primera vez, ni siquiera se dio un triste baño. Las tormentas lo llenaron todo de detrito humano y la posibilidad cierta de salir marrón del agua resultó disuasoria. Este año llega igual de incierto.

De aquel San Lorenzo setentero lo que más llama la atención es el ejército de casetas. Era tal que al volver de hacer el barco o de bañarte algunas veces te perdías buscando la ‘calle’ acertada. Hoy pocas cosas han mejorado. Acaso, la caseta de salvamento diseñada por Diego Cabezudo, las alegres papeleras de colores y el parque escultórico del Muro. Por lo demás, hay menos casetas, menos arena y más contaminación. Pero, a pesar de los pesares, el Muro y la playa siguen siendo, sin duda, nuestra mejor postal.

Publicado en EL COMERCIO el jueves 13 de junio de 2019

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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