Cilurnigutatis Boulevard 1 | Campo y playu - Blogs elcomercio.es

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Adrián Ausín

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Cilurnigutatis Boulevard 1

1.

Aquel tipo grandullón, de pómulos afenimados y prominente mandíbula, parecía Quentin Tarantino. Y, ciertamente, lo era. Entró al Escocia con una chupa de cuero negro abierta y una camiseta blanca debajo, demasiado abrigado para septiembre, aunque la noche gijonesa no alcanzaba ya los veinte grados. Franqueó la puerta un tanto encorvado, sonriendo, enérgico, mientras decía algo así como “thats truth” a las dos hermosas damas que le escoltaban, y reían, mostrando unas dentaduras que emitían luminosos destellos. Cílur, apoyado en la pared exterior con una cerveza, miró de reojo, con disimulada naturalidad, sin mostrar amago alguno de sorpresa al presentarse ante sus ojos, en un chispazo, uno de los más grandes directores del momento y dos diosas del calibre de Audrey Herpburn y Marilyn Monroe. ¿Cómo era posible aquello? Norma Jean Baker había muerto en 1962 por una sobredosis de barbitúricos, o asesinada según otras versiones, cuando contaba 36 hermosos años. Y Audrey Kathleen Ruston, en 1993, a los 63, de un cáncer colorrectal. 36 y 63, cifras inversas para un final de dos mujeres que no fueron precisamente felices en sus vidas privadas. Una en Los Ángeles; la otra en Suiza. Sin embargo, ahí estaban, en pleno 2029, entrando al pub de moda de Gijón acompañadas de míster Tarantino, no precisamente el mayor especialista en películas de amor, sino más bien el director más sanguinario de su tiempo. ¿Qué hacía con ellas? ¿Eran acaso espectros o más bien hologramas?

La realidad es que en aquel Gijón todo, absolutamente todo era posible. Ese todo había comenzado una década atrás cuando Steven Spielberg descubrió una reseña en The New York Times sobre las nutrias del parque Isabel la Católica y sus matanzas diarias de todo tipo de aves. Ansioso de un nuevo proyecto, pero sin ideas nuevas, decidió buscar una nueva versión de una película protagonizada por un animal cazador, agresivo, que derivase en los ataques a humanos; y se desplazó secretamente a Gijón para analizar aquel fenómeno que se estaba dando junto al estadio de El Molinón. Aquello supondría el inicio del rodaje de ‘Nutria’, una película de terror que Spielberg acabó por dejar a medias al cruzarse en su camino un proyecto de mucho más empaque, inspirado también a la vera del Piles: ‘Aguarón’. En todo ello pensaba Cílur, rememorando aquellos trepidantes años que acabaron por convertir Gijón en la nueva meca del cine, cuando pasaron ante él Tarantino, Audrey y Marilyn. Salvo deshonrosas excepciones, los autóctonos dejaban a su aire a aquel famoseo que dejaba en la ciudad toneladas de dinero con objeto de que se sintiera cómodo. De modo que mientras en la barra del Escocia Manzanita despachaba unos golpes de tekila a las tres estrellas el resto de parroquianos seguía a lo suyo como si tal cosa. Esa era la clave del éxito. El Escocia, de hecho, se había puesto de moda entre el famoseo después de que Manza diera una noche con la puerta en las narices al mismísimo Joaquín Sabina. Tocó la puerta a eso de las tres de la mañana uno de sus músicos, con Sabina a la vista unos metros detrás. Había ambiente dentro pero la normativa obligaba a tenerlo ya cerrado.
-¿Podemos tomar una?, dijo el músico.
-Lo siento, está cerrado, replicó Manza viendo perfectamente a Sabina.
Vuelven a tocar. Vuelve a abrir Manza. Pero esta vez quien llama es el propio Sabina.
-¿Qué quies?
-No que si podemos tomar algo, anota Sabina como diciéndole a la interfecta, fíjate bien, mocosa, con quién estás hablando.
-Ya le dije al tu amigu que está cerrao. Y plas.
Aquel portazo a Joaquín Sabina en las narices fue noticia de los telediarios al día siguiente y los colectivos por la igualdad lo consideraron un gesto ejemplificador para todos los seres humanos, a los cuales se equiparaba en un trato equitativo; recibido, por ende, en las esferas internacionales como tal. Manzanita fue reclamada en numerosos foros para dar conferencias -Estocolmo, Nueva York, Tokio… –  y cuando decidió que ya estaba bien de charlas el Escocia se había convertido en un símbolo. Del portazo a Sabina en las narices al rodaje de ‘Nutria’ y ‘Aguarón’, la depresión de Los Ángeles y la ebullición de Gijón fue todo una imparable secuencia que se le escapó de las manos a todo el mundo. La productora de ‘Gattaca’ vio en las chimeneas de Aboño una mina futurista para rodar una secuela; Abbas Kiarostami pasó de su premiada ‘El sabor de las cerezas’ a ‘Pomarada’, la cuarta entrega de King Kong tuvo su épica escena final en la torre Bankunion, y en la bahía de San Lorenzo dormitó durante meses el ‘Bounty’ para replantear ‘Rebelión a bordo’ a la gijonesa. Solo algunos ejemplos de los que se nutría Tarantino con sus particularísimas invitadas mientras les explicaba las excelencias de la ciudad a  la que acababan de llegar. Cílur, pegado a la puerta del pub, puso la antena y pudo escuchar perfectamente cómo Quentin, como buen guionista, empezaba la historia por el principio.

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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