Cilurnigutatis Boulevard 3 | Campo y playu - Blogs elcomercio.es

Blogs

Adrián Ausín

Campo y playu

Cilurnigutatis Boulevard 3

3.

Mientras Alfredo pinchaba la banda sonora de ‘Pulp Fiction’, todo un detalle, Quentin había apoyado ahora su espalda en la barra y desplegaba sus brazos a izquierda y derecha dando una maravillosa teatralidad al conjunto de su cuerpo. A veces cogía sus Ray-Ban con una mano y las estiraba hacia la escalera que subía al altillo, otras avanzaba con ellas hacia la otra escalera, la de los baños y la habitación del futbolín; y en ocasiones remachaba su historia con un ‘efecto especial’ de barrido que le llevaba a deslizarlas a cámara lenta hacia la puerta. Si hubiese una cámara grabando, habría enloquecido yendo de la mano izquierda a la gesticulante boca de Tarantino y de ésta a las reacciones que su historia iba produciendo en Marilyn, que se llevaba un ramillete de dedos a la boca mientras Audrey dibujaba el impacto en sus ojos y sus cejas. La parroquia del Escocia bullía por sus tres habitáculos y su animada zona exterior dejando a su libre albedrío tanto a ese singular trío como a los afamados raperos que tertuliaban al calor de unos petas en el fumadero de arriba o los históricos sportinguistas que se acaloraban en torno al futbolín; Ferrero, Joaquín y Cundi; con un invitado especial llamado Sergio Ramos que, tras colgar las botas a los 36 años, había abierto una cadena de discotecas por toda España, tres de ellas en Gijón, llamadas ‘Abanico Estelar I, II y III’. Aquel giro le había hecho más multimillonario aún, lo cual le decidió a vestir trajes de lentejuelas plateadas y botas de tacón blancas esmaltadas que permitían divisarlo a varios kilómetros de distancia.

En aquella glamurosa noche se relató, una vez más, aquella historia que primero aterrorizó al mundo, después Spielberg llevó al cine y, finalmente, puso a Gijón en el firmamento de la fama. Se jugaba un Sporting-Oviedo en El Molinón, con un apretado empate a uno en el marcador, cuando de repente, tras lograr el empate los azules por medio de Ortuño, se empezó a abrir un boquete en el círculo central. En cuestión de segundos del agujero, del que se escupía tierra hacia afuera, asomaron las fauces en un inmenso roedor emitiendo un aullido desgarrador. Cuando salió al campo al completo los jugadores parecían a su lado de juguete. Tendría más de cinco metros de largo y, para perplejidad de la grada, vestía una camiseta sportinguista de época, una preciosa elástica de gruesas rayas rojas y blancas rematada por unos cordones abiertos a la altura del pecho. El bicho se puso en pie, bramó un nítido “¡Fernández vete ya!” y se lanzó como un poseso hacia el palco, donde el máximo accionista del Sporting fumaba un habano oculto por unas gruesas gafas negras. Los espectadores se echaron a los lados y el descomunal roedor, de un certero bocado, puso fin a cuarenta años de reinado en la sombra; miró luego de reojo al fíu, impávido, le lanzó un amago, dudó y finalmente también lo deglutió, para abandonar el estadio por el tejado, que galopó primero en sentido inverso, como la niña del ‘Exorcista’, luego por toda la preciosa malla exterior que lo recubría, diseño de Joaquín Vaquero Turcios, hasta lanzarse al estanque de Isabel la Católica, una vez derribada su vaya electrificada, recibir apenas un chispazo; y desaparecer bajo las aguas. Con aquella rápida acción había puesto fin de un plumazo a toda una dinastía rojiblanca.

Muchas fueron las especulaciones. La más aplaudida achacó este fenómeno de la naturaleza a la paralización de la depuradora este que lanzó al mar sin tratamiento durante años los detritos de 150.000 gijoneses. Las tuberías arrojaban este descomunal torrente de mierda unos siete kilómetros mar adentro. Pero, a decir de los expertos, muchas estaban rotas y esto producía filtraciones desde el mismísimo río Piles. Un pasto que fue alimentando al aguarón para el cual, luego se supo, trabajaba también la nutria de Isabel la Católica. Esta rata evolucionada, con numeroso personal a su cargo, líder del SOMA, sindicato que llegaría a dirigir en Gijón, había creado toda una red clientelar de la que se nutrió (obsérvese la oportunidad del verbo, no vaya a caer en saco roto, anotó Quentin girando sus dedos y riendo) y esto derivó en un crecimiento desmesurado en los submundos de la ciudad. El Sporting, por cierto, había aprovechado la confusión reinante y el reventón del VAR, que el aguarón había echo mil pedazos con su poderoso rabo cuando inició la ascensión al palco, para anotar el 2-1 en el minuto 95, obra del pillo Bertín a pase del sudoroso Unai Medina. La prensa internacional abría los tabloides al día siguiente con el caso gijonés a gran tipografía. ‘Un aguarón de cinco metros devora los Fernández’. Hasta en Hong Kong se comentaban los hechos.

En aquel palco de los luctuosos sucesos estaba también, casualidades, Spielberg, que fue testigo mudo de ambas degluticiones. La caza del aguarón resultó ardua. Algunas peñas sportinguistas abogaban por el indulto, pero las autoridades se pusieron manos a la obra. Lo primero que hicieron resultó providencial. La depuradora este, paralizada judicialmente durante años, echó a andar de nuevo y las tuberías comenzaron a renovarse. Un tratamiento de choque para evitar que proliferaran aguarones XXL. Lo segundo era dar con el monstruoso roedor para calmar a la población, que se dividía no obstante entre los aterrorizados y los que mostraban una cierta simpatía por el monstruoso animal dado el giro que había propiciado en el club rojiblanco.

Una unidad de élite del Ejército peinó las cloacas de la ciudad con el miedo en el cuerpo. Pero no daban con él. Al final, agotados, tiró la toalla. Fue entonces cuando un playu apellidado Mingotes planteó una hábil celada. Colgó una noche un Gamonéu de cinco kilos del ‘Elogio del horizonte’ y a las seis de la mañana un poderoso bramido despertó a todos los gijoneses. El aguarón estaba atrapado de medio cuerpo atravesando la escultórica pieza, que se había cerrado por debajo con unos oportunos dientes de sierra. Expiró mirando al mar al grito de “Puxa Sporting”. Noble muerte, en pleno cerro Santa Catalina, para un roedor que sintió los colores como nadie; y a la que también asistió el propio Steven Spielberg como testigo de excepción.

La película abundó no solo la irrupción del roedor en El Molinón, sino en los tejemanejes sindicales de los submundos astures y la podredumbre política, el tráfico de influencias y la corrupción. Algunos la compararon con ‘El Padrino’ y clamaron por un ‘Aguarón II’ y ‘Aguarón III’. Pero Spielberg, cauto y setentón, prefirió dejar al público mundial con la miel en los labios y tener una vida tranquila en aquel pisín comprado en El Coto al que acudía cada vez con más frecuencia. Nada le agradaba más que echar la partida en los sencillos bares de la calle General Suárez Valdés, palillo incluido, haciéndose pasar por un auténtico playu jubileta e incluso ensayar cada vez mejor hablares locales como “voy decite una cosa” o “vas decime tú a mí”, si bien los pronunciaba aún con un tono pastoso que le delataba. 

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


octubre 2019
MTWTFSS
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031