Cilurnigutatis Boulevard 5 (Rebelión a bordo) | Campo y playu - Blogs elcomercio.es

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Adrián Ausín

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Cilurnigutatis Boulevard 5 (Rebelión a bordo)

5.

La esencia del argumento de ‘Rebelión a bordo’ seguiría siendo la misma. Sin embargo, los protagonistas iban a ser otros. Marlon Brando había dejado el listón muy alto y Tarita, una bella polinesia de 19 años totalmente desconocida, había constituido una refrescante aportación al film de 1962. Sin embargo, este había sido una monumental pesadilla para la Metro Golden Mayer, que se plegó a todas las exigencias del divo y el film acabó resultando totalmente ruinoso. El barco, de nueva construcción, costó cerca de un millón de dólares y en su trayecto a la Polinesia francesa sufrió dos incendios; el rodaje se iba a empezar en octubre de 1961, pero hubo primero tempestades y luego enfermedades tropicales. El guion no satisfacía a Brando, que exigió mil cambios, mientras iba engordando hasta pasar de los 80 kilos del primer día a los 100 del último, alimentado tanto por los manjares terrenales como por las nativas que lo traían en palmitas. El ambiente se enrareció hasta tal punto de haber casi un motín real, además del rodado, entre Brando y su corte y el resto de actores. Virulentas disputas con Richard Harris y con Trevor Howard, el despiadado capitán Bligh contra el que se amotinará Christian Fletcher. Fueron cambiando de guionistas y también de director. Empezó Carol Reed y acabó Lewis Milestone. La película costaba 50.000 dólares diarios y las acciones de la Metro se desplomaban. El caos derivó sin embargo en una hermosa película, aunque demasiado larga y con un final insulso. Un caos al que no fueron ajenos ‘Lo que el viento se llevó’ o ‘Cleopatra’. Pero la ‘Rebelión a bordo’ de 1962 no tuvo el reconocimiento de la de 1935, aquella que dirigió Frank Lloyd y protagonizaron Clark Gable y Charles Laughton a partir de aquella historia real ocurrida en 1787 cuando un barco inglés de verdad, el ‘Bounty’, acudió a las islas polinesias a cargar el árbol del pan para llevarlo a colonias, donde esperaba que sirviera de alimento a los esclavos.

Cílur repasaba toda esta historia con Ziprus mientras miraban por la ventana del Varsovia. Dibujado el contexto de las dos antecesoras, se zambulló en los datos del nuevo proyecto que iba a dar proyección mundial a la bahía de Gijón y a esa playa de San Lorenzo de arena anaranjada y casetas de colores que recordaban al mundo del cine a las películas del Rey Arturo y los combates de lanceros, un cromatismo de época en pleno siglo XXI que se había colado en las revistas de cine, diseño, cotilleos… Y que explotaba con regularidad Cílur, muchas veces en portada, en su exitosa ‘Magullu’. La tirada se había agotado un domingo, dos años atrás, cuando la familia Coppola al completo se había instalado en un par de casetas y no había tenido remilgos en posar con Francis, su hija Sofía Coppola y su sobrino Nicholas Cage, y las abuelas de la familia recién llegadas de Sicilia con perolas y hornillos para hacer unos espaguetis al pesto en plena playa.

Ahora, Roman Polanski, el elegido para rodar de nuevo ‘Rebelión a bordo’, se había decantado por Brad Pitt, en el papel de galán de la película, y una bella y enigmática gijonesa de rasgos tahitianos que habían descubierto en el Escocia tomando golpes con una amiga y con el propio Cílur, con quien había coincidido un verano trabajando en el periódico decano de la prensa asturiana, EL COMERCIO. Después se había mudado a los Estados Unidos y la amistad se revivía en sus escasas visitas a la ciudad. Polanski, gran cazador de talentos, la había fichado precisamente en el pub, donde pedía siempre una banqueta de un metro veinte, pequeñito como era, para otear al paisanaje y buscar extras para sus películas; así encontró aquella perla. Ahora Cílur tenía un rival llamado Brad Pitt; ahí es nada, pues desde tiempo atrás ya le había confesado a Ziprus y a su círculo de confianza su interés por aquella dama de rasgos exóticos, delgada, morena y con la sonrisa más maravillosa del mundo.

Su amigo chamán, paciente estratega en las artes de la seducción, escuchó atento sus divagaciones y, muy especialmente, el pesimismo que le invadía al saber que la Tarita gijonesa estaba a las puertas de convertirse en una celebridad y codearse con tipos como Brad Pitt, al cual había cogido una tirria creciente. Polanski había tenido un excelente ojo clínico. Había descubierto a ‘su’ perla y además con ella le daría un toque astur-polinesio a su remake. “Estás jodido”, acertó a resumir Ziprus, riendo, tras escuchar el relato de los hechos. Sin embargo, ambos se conjuraron enseguida para trazar un ambicioso plan que permitiese a Cílur derrotar nada más y nada menos que al mismísimo Brad Pitt. El resto de actores no parecía ofrecer mayores peligros, con un avejentado Russell Crowe en el papel de capitán y un ramillete de gijoneses fichados para la tripulación del ‘Bounty’.

Mientras urdían la estrategia, de las casetas de la playa de San Lorenzo, donde pernoctaba parte del equipo de rodaje, comenzó a llegar un ruido creciente. Despuntaba alguna fogata, en torno a la cual parecían haber estado tertuliando, y ahora se aproximaba un grupo hacia el Varsovia. Cílur aguzó la vista y ahí estaba acercándose su rival, que venía comandando un grupo donde podía distinguirse a Crowe y, ¡maldición!, a la Tarita gijonesa, que caminaba sonriente. Mal se ponían las cosas. Sin embargo, el chamán fue clarividente y tocándole el hombro, le dijo:
-“La batalla de hoy está perdida. Vamos a trabajar para la guerra”.

Tomaron sus copas y se reencontraron con Marilyn y Audrey, que les recibieron sonrientes. Iban a competir con hologramas, pero el efecto podría acabar siendo el mismo. Todo era cuestión de tiempo.

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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