Cilurnigutatis Boulevard 9 (Pelayo) | Campo y playu - Blogs elcomercio.es

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Adrián Ausín

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Cilurnigutatis Boulevard 9 (Pelayo)

9.

Russell ‘Patata’ Crowe contemplaba ensimismado la estatua de Pelayo. Era media mañana y ahí estaba ante el primer rey de los asturianos. Le había hablado de él largo y tendido Mel Gibson, tras pasar por Asturias luciendo un aspecto que lo había convertido asimismo en Mel ‘Patata’ Gibson. De héroe del séptimo arte, el neozelandés había pasado con los años a convertirse en un tochu de más de cien kilos con barba blanca donde se reconocía difícilmente a la estrella hollywoodiense. De hecho, cuando visitó la región pudo desplazarse a sus anchas de un lado a otro con su prole, pues nadie reconocía en aquel leñador al protagonista de ‘Braveheart’, al afamado poli bueno de ‘Arma letal’ o al director de ‘Apocalypto’.

Russell, en fase también de peligroso añoclamiento, antiguo ‘Gladiator’, recordaba ahora ante Pelayo aquellas palabras de su colega sobre el rey astur, su fascinación por el personaje y su historia, como adalid del inicio de la Reconquista en Covadonga. En esos días, instalado en Gijón, rodaba ‘Rebelión a bordo 3’, pero más que como envarado e inflexible capitán de barco su mente viajaba ahora hacia ese secreto proyecto que había leído en ‘Mallugu’ y que tendría al gran rey de la cristiandad como poderoso protagonista. ‘Pelayus’ sería una macroproducción que empezaba a recibir apoyo financiero desde la propia Asturias y también desde los emigrantes astures en latitudes americanas, como el empresario conocido como ‘El rey del atún’ Antonio Suárez o el filántropo del mundo del arte Plácido Arango; así como de ilustres familias asturianas como los Masaveu.

Aquel sábado de septiembre Russell tenía el día libre y ahí estaba, en plena plaza del Marqués, admirando a Pelayo, acariciando al personaje, asimilándolo. Si querían un fornido visigodo con barbas blancas acaso él pudiera encarnarlo. Debía mantenerse en forma, controlar su peso y conseguir ser considerado aún dentro del círculo de potenciales protagonistas. Controlar en definitiva su decrepitud y darle un barniz regio que convirtiera su tonel corpóreo en una buena opción para reinar en la Asturias del siglo VIII. Ya se veía con la espada despachando infieles a diestro y siniestro bajo la Santa Cueva. Pero al tiempo. No debía precipitarse, ni tampoco mostrar excesivo anhelo por el papel, pues el proyecto estaba en fase embrionaria. La mañana era aún ambigua. La víspera había caído un ligero orbayu, aunque la temperatura rondase los veinte grados y así seguían las cosas.

No llovía, pero amenazaba, aunque las nubes, en sus movimientos, solapándose unas a otras, dejaban algunos amagos de cielo azul tras ellas. En esos instantes, los resoles conferían un brillo especial al personaje ambicionado, a sus ropajes, a su espada e incluso a su mirada; una luz que parecía proyectarse por momentos a los propios ojos del actor, contagiado del espíritu de la Reconquista. “¡Guerra!”, masculló secretamente en un instante mientras levantaba su brazo apretando el puño mimetizado con Pelayus. Después, miró de reojo, pero nadie estaba atento a aquel ‘turista’ que lucía playeros, pantalones cortos verde caqui,un polo azul marino y gafas de sol. Podía ser cualquiera. “¡Guerra!”, volvió a rumiar, a clamar, a proclamar mientras el cielo se abría sobre ambos; el personaje y su anhelante actor.

Crowe no había congeniado demasiado con el resto del reparto, que  aprovechaba el fin de semana libre para dispersarse por Asturias en pequeños grupos. De Brad Pitt no tenía noticia. Él prefirió darse un secreto baño de ‘pelayismo’ que le llevaría a Covadonga, los Lagos y todos los parajes montañosos entre Potes y Fuente De, donde algunos historiadores sitúan la batalla final. La Monarquía asturiana era, a sus ojos, una exótica y preciada reliquia que tendría en el cine la proyección adecuada. Paladeaba su éxito instalado en una ciudad que se había convertido en Los Ángeles. Ningún rodaje encajaría tan bien como ese, sin necesidad apenas de decorados. Los parajes naturales ahí estaban; acaso faltara recrear con tino las escenas palaciegas, pero eso nunca había sido problema en la industria.

A falta de ideas nuevas, de guiones diferentes; la historia de Pelayo podía convertirse en una gran producción al estilo de ‘Troya’ o ‘Los 300’. Salió al Campo Valdés. Contempló las almenas del Colegio Santo Ángel y giró luego su mirada a las del San Lorenzo. Se imaginó asomándose entre ellas a otear ese bravo mar Cantábrico que esos días de septiembre parecía una balsa de aceite y se metió de lleno en el rodaje. Sin embargo, enseguida se riñó a sí mismo. Habría tiros por el papel de Pelayo. Y ahora su mente debía centrarse en esa particular guerra que lidiaba con Brad Pitt a bordo del ‘Bounty’. Él tenía la sartén por el mango, pues era el capitán, un capitán estricto con una misión que llevar a cabo, pero bien sabía que no era precisamente el chico guapo de la película y esto no lo llevaba del todo bien. El apatatamiento de su rostro era una realidad con la que debería convivir en adelante. Avanzó unos pasos por el Muro y no pudo resistir la tentación del Café San Pedro. Se sentó en su terraza y pidió un cañón de cerveza, que le sirvieron con un plato donde convivían croquetas, una gamba a la gabardina y unas aceitunas. “Esto es vida”, se dijo mientras apuraba el vaso de sidra a grandes tragos.

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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