Cilurnigutatis Boulevard 10 (Vermús) | Campo y playu - Blogs elcomercio.es

Blogs

Adrián Ausín

Campo y playu

Cilurnigutatis Boulevard 10 (Vermús)

10.

Mientras Russell Crowe apuraba su segunda cerveza en vaso de sidra en el café San Pedro, Marilyn Monroe y Audrey Herpburn celebraban su particular vermú en la terraza del Hotel Abba acompañadas por José Luis y Chema, disquero y librero de Paradiso, donde habían pasado un par de horas por la mañana. Ambas se habían fascinado con la tienda situada frente a su apartahotel y lo habían revuelto todo, como si se tratase de una tienda de ropa. Finalmente, Marilyn se había decantado por vinilos de los sesenta y setenta; mientras Audrey adquirió una colección de libros en inglés sobre la historia del cine. De Quentin nada sabían, de forma que insistieron a ver dónde se podía tomar un buen vermú con vistas a la ciudad y sus interlocutores accedieron a hacer de cicerones. Pusieron para la ocasión unas gafas negras para ir de incógnito y tras bajar la persiana las esperaron frente a la puerta del hotel. Ellas bajaron enseguida y los cuatro tomaron una espectacular limusina descapotable para desplazarse hasta el Abba. Cuando el coche avanzaba por la avenida de El Molinón, con el Kilometrín e Isabel la Católica a ambos lados, un cisne pasó volando sobre sus cabezas y Marilyn se estiró de pie en el asiento trasero del coche para intentar acariciarla. Casi la roza con las yemas de los dedos. Sus anfitriones les explicaron que allí había tenido lugar el inicio del rodaje de ‘Nutria’ por parte de Spielberg, lo cual había puesto de moda a Gijón como escenario favorito de los directores. El Molinón despertó gran interés de las damas. Preguntaron por el Sporting, por la categoría en la que estaba y si ahí jugaban el Madrid y el Barça. Afirmativo. “Yes, yes, every years!!!”.  Tras el giro por el puente inglés, encararon el Abba y, una vez instalados los cuatro en una mesa en su azotea, Gijón quedó a sus pies.

El Piles bajaba cristalino. Tras aquellos negros años de alivios de aguas residuales, plásticos, ruedas de bicicleta, algas en descomposición e infinitas bancadas de muiles, ahora daba gusto verlo con sus aves exóticas sobrevolándolo, las lubinas que se adentraban de nuevo casi hasta el puente de La Guía en las pleamares e incluso las angulas, que había vuelto a darse como antaño. San Lorenzo resplandecía con su arena anaranjada, las casetas totalmente renovadas y una mar, también, cristalina que dejaba ver entre los roqueros del Tostaderu y de San Pedro, alegres agrupamientos de centollos y ñocles, ramilletes de buen percebe, mejillones asgaya y bancos de peces diversos; de lubinas, de xargos, de salmonetes… El paisaje marinero se había saneado totalmente, las fachadas del Muro lucían ya uniformadas y al fondo, más allá de San Pedro, en el horizonte de la Campa Torres, donde tenía sus orígenes la ciudad, despuntaban aquellas letras a gran tamaño donde podía leerse nítidamente: Cilurnigutatis Boulevard. El sobrenombre evocaba a los más remotos antepasados de Gijón, los cilúrnigos que habitaron aquel peñasco situado sobre El Musel, con una derivada  apelativa de la nueva condición de la urbe como meca del cine. Enseguida señalaron hacia aquellas grandes letras Audrey y Marilyn, mientras José Luis y Chema asentían, serenos, como si las cosas en Gijón hubieran seguido el único camino evolutivo posible. Uno asentía mientras revolvía su martini con aquel largo palillo rematado por una aceituna y una cereza; mientras el otro se limitaba a mirar al horizonte y esbozar una enigmática sonrisa de orgullo patrio.

Si hubieran llevado unos prismáticos, desde su atalaya, podrían observar en el café San Lorenzo a Russell Crowe tomando su segundo cañón de cerveza mientras Quentin Tarantino aparcaba una vespa blanca de alquiler sobre la acera (Russell al verlo le había levantado la mano y él, ágil de reflejos, aparcaba su scooter para saludarlo). Caso de girarlos levemente hacia el mar, podrían haber contemplado en aquel instante a Cílur y Mingotes en la rampa secándose tras el largo baño cuando ya había despejado el día, ajenos al director y al actro. Pero las distancias no permitían interconectar a simple vista todo lo que se estaba cociendo en Gijón al final de aquella mañana.

Desde la azotea del Abba no podían darse cuenta de cómo Russell Crowe se desvivía en atenciones con Tarantino, a quien deslizaba sus planes de partir para Covadonga nada más comer para analizar in situ los escenarios de la gesta de Pelayo. Pensaba dormir incluso en la zona y regresar al día siguiente por la noche con la mirada puesta ya en el rodaje del lunes. Quentin se ofreció finalmente a acompañarlo, si le parecía bien, y el neozelandés consideró que el pez había mordido el anzuelo. “Of course; its great!”, exclamó. El director que las había llevado a Gijón se les alejaba sin saber aún sus pretensiones, como bien explicaron, sinceras, a sus interlocutores. No sabían, sin embargo, que en ese momento, a unos metros del café San Pedro, otros dos autóctonos, tras un reparador baño, urdían la manera de atraerlas la tarde del domingo al Kilometrín para que asistieran en directo a una breve representación de Don Quijote.

La conversación de José Luis y Chema las tenía, entretanto, ensimismadas. Ambos les explicaron mil y una maravillas de la ciudad y sus gestas, desde los años de los grandes conciertos en los cuales habían pasado por Gijón los Rolling Stones, Tina Turner, Bruce Springteen (“three times”, subrayaron), David Bowie, Bob Dylan, Elton John…; hasta los subcampeonatos de Liga y Copa del Sporting (que ahora, de nuevo en Primera, peleaba por los puestos de la Champions Leage entrenado por el afamado Luis Enrique); y, en un plano histórico, la trayectoria vital de Gaspar Melchor de Jovellanos y el inicio de la Monarquía asturiana, y española, con Pelayo, a quien algunos estudiosos consideraban gijonés. Saltaban de un tema a otro con un tono sosegado, erudito; una conversación amable que fue alimentando, a dosificadas cucharadas, el entusiasmo por la ciudad de aquellas dos bellas y distinguidas damas, revividas para la causa gijonesa.

Nada pudieron saber, sin embargo, acerca de qué las había traído a Gijón. Quentin Tarantino las había convocado con mucho secretismo y en su primera noche en la ciudad, la víspera, las había llevado al Escocia (“el pub donde no dejaron entrar a Sabina”, aclararon) a tomar golpes de Tekila. Él había ido contándoles los primeros rodajes de Spielberg en Gijón y aquella tremenda historia de ‘Aguarón’. No tuvieron un instante para interrumpir su relato y hablar de ese supuesto proyecto que las había traído a España. Así hasta que Quentin cayó redondo. No le daban tampoco mayor importancia a la demora. Estaban encantadas en su hotel y en aquella terraza; no sería por tanto inconveniente que fluyeran los días sin entrar a fondo en la cuestión. Ya habría tiempo. Sus cicerones asentían. El sol empezaba a asomarse con la amable templanza de septiembre, dando tono a las piernas de las damas. Pero era hora de despedirse.

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


noviembre 2019
MTWTFSS
    123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930