Cilurnigutatis Boulevard 11 (Covadonga) | Campo y playu - Blogs elcomercio.es

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Adrián Ausín

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Cilurnigutatis Boulevard 11 (Covadonga)

11.

Quentin y Russell llegaron a Covadonga en sendas Vespas 200, modelos de los años ochenta, alquiladas en Gijón. Aparcaron en la explanada situada frente a la basílica y estiraron las piernas algo torpes aún por el entumecimiento del viaje, caminando y girando sobre sí mismos como un vaquero que se dispone a un duelo a pistola o a ese que ha de escrutar porches, aleros y ventanas para saber dónde están sus enemigos. Escrutaron todo lo que les rodeaba y exclamaron al unísono “focking with Pelayus!”. La realidad había superado a la ficción. Con creces. En sus investigaciones habían ido acumulando datos a partir de aquel nombre que tanto les seducía: “Pelayo o Pelagio, Pelagius en latín, Pelayu en asturiano y Belai al-Rumi en árabe, considerado el primer monarca del reino de Asturias, que rigió durante 19 años. Su origen aún sigue siendo controvertido, aunque en la actualidad la mayor parte de los investigadores no lo consideran un noble visigodo, sino un caudillo astur, y destacan que las crónicas que lo afirman fueron escritas casi dos siglos después de su muerte. Las crónicas najerense y rotense lo presentan como espadero de los reyes Witiza y Rodrigo, es decir, miembro de su guardia personal. Más tarde, en el siglo XIII, Lucas de Tuy aseguraba que era nieto del monarca Chindasvinto e hijo de Favila, por lo que estaría emparentado con Rodrigo, que a su vez era hijo de Teodrofredo, hermano del padre de Pelayo”, esto traía Russell fotografiado en su móvil, tomado directamente de wikipedia sobre ese rey, hijo de Favila y padre de Favila y Ermesinda que vivió entre el 685 y 737. O sea, 52 años. Con esos datos en mente, leídos en alto por Crowe y asentidos por Quentin, subieron las escaleras que les llevaron hasta la mismísima tumba de Pelayo. Allí quedaron mudos largo rato. Aquella oquedad, aquel cofre y aquella leyenda les sumieron en una larga meditación.

 

 

 

 

 

 

 

AQUÍ  YAZE  EL  SREY DON PELAIO

E L L E T O  EL  A Ñ O  DE  716  QVE  EN

E S T A  M I L A G R O S A  C V E B A  C O ME

N Z O LA R E S T A U R A C I O N  DE  E S PA

ÑA BENZIDOS LOS MOROS FALLECIO

AÑO 737 Y LE ACOPANA SS MVSER Y ERMANA

(“Aquí yace el Rey Don Pelayo, electo el año 716, que en esta milagrosa cueva comenzó la restauración de España. Vencidos los moros, falleció el año 737 y le acompaña su mujer y su hermana”).

Russell sabía que la autenticidad de la tumba estaba envuelta en cierta polémica. Pero el lugar, el embrujo de ese rincón y el de la Santa Cueva, donde no paraban de acercarse fieles a rezarle a la Santina, les tenía demudados. Ni para el director de Tennesse  ni para el actor de Wellington había una experiencia comparable en Estados Unidos o en Nueva Zelanda. Un rincón con tanta historia, con doce siglos de embrujo acumulados, una guerra que inició la Reconquista de la cristiandad desde Asturias hasta Granada, desde el siglo VIII hasta finales del XV, un pequeño territorio, el asturiano, que durante un par de siglos estuvo dando estopa a vascones, gallegos, leoneses, extremeños e incluso que se tomó la frivolidad de bajarse hasta Oporto o Lisboa (no recordaban bien), arrasar la ciudad y volver como si tal cosa. El tiempo aquel sábado por la tarde de septiembre fluyó con aquellos dos monstruos del cine demudados frente a la tumba del primer rey de España. En sus mentes se iban dibujando escenas de un rodaje épico; en las del actor, encarnando al gran Pelayo; en las del director, comandando esa película que, también secretamente, proyectaba rodar al año siguiente, en 2030, como broche de oro a su carrera. Russell Crowe no figuraba, ciertamente, en su nómina de protegidos y, además, estaba fondón, apatatado, algo que no concordaba con el magno y poderoso rey que había de masacrar a los musulmanes con un pequeño ejército. Sin embargo, en el brillo nostálgico de sus ojos podía entrever sus deseos, podía leer con claridad la fascinación que compartían por el personaje y esto fue abriendo en su mente una pequeña rendija de simpatía hacia él, hacia esa fascinación que compartían. ¿Sería adecuado probarlo? ¿Podría buscarse un actor para un Pelayo joven y otro para un Pelayo viejo que sí podría encarnar Crowe?

En plena guerra interna, irrumpió una música celestial. “Bendita la reina / de nuestras montañas / que tiene por trono / la cuna de España / y brilla en la altura más bella que el sol / Es madre y es reina / Venid peregrinos / que ante se aspiran amores divinos / y en ella está el alma del pueblo español…”. Ambos se miraron, giraron la vista hacia aquel chorro de agua que se desprendía de las rocas, bajo la santa cueva y contemplaron el suave caminar de los alumnos de la escolanía de Covadonga entonando, informalmente, aquel mágico himno que todo lo llenaba. En sus miradas, interconectadas durante unos intensos segundos, brilló un fuego incandescente, herido, vulnerables a aquel lugar que acababa de conquistarlos para siempre; en ambos alumbró de hecho un mismo pensamiento, según el cual sería allí precisamente, en la cuna de Asturias, el lugar elegido para su retiro final cuando las fuerzas no les dieran para más que para dedicarse a la meditación y (acaso) el rezo para purgar su larga lista de pecados antes del tránsito final hacia ese más allá del que siempre recelaron pero que allí, ante aquella tumba de Pelayo, parecía algo absolutamente tangible.

Durante la cena en Casa Morán, en Benia de Onís, el discreto lugar que habían elegido tanto para la pitanza como para la pernocta, siguiendo los consejos de Mel Patata Gibson, Quentin había decidido finalmente revelarle sus propósitos a su emocionado compañero e imprevisto compañero de fin de semana. El pote estaba para chuparse los dedos. De hecho, iba Quentin por el segundo plato y, lamentando que el plato ya se vaciaba de nuevo, incursionaba en él con devoción gruesos trozos de pan, rebañando la salsa para llevárselos con tremendo gusto a la boca para rematar la jugada con tragos de vino en los cuales apuraba el vaso de una vez. Crowe se contenía un poco para no transmitir sensación de dejadez y, si bien algo rezagado, se llevaba la cuchara a la boca con idéntica pasión. La segunda botella de vino era ya casi cadáver; y pidieron una tercera. Cuando ésta iba ya mediada, Tarantino empezó definitivamente a irse de la lengua. Le habló a Russell del consorcio formado sobre todo por capital asturiano con el propósito de realizar una gran producción cocinada, rodada y promocionada desde la propia Asturias, lo nunca visto en el séptimo arte. La ebullición de Gijón como lugar de encuentro del séptimo arte había hecho posible que se dieran las condiciones adecuadas para que no solo fueran ya las grandes productoras norteamericanas las que realizaran grabaciones en Asturias, sino que las propias fortunas de la región quisieran sumarse a ese fenómeno y hacerlo en torno a un tema que hacía que no les temblara el pulso a la hora de hablar de cantidades mareantes. Pues no solo les llevaba la pasión sino también la estimación de que si hacían las cosas bien podían acariciar un suculento negocio. Hasta aquí Russell adoptó un gesto serio, interesado, pero comedido. Quentin se estaba viniendo arriba y él debía aprovechar la coyuntura para darle carrete a su interlocutor y ocultar, de momento, sus cartas. Era plenamente consciente de que no había sido nunca su elegido para protagonizar sus películas y esto le anclaba los pies al suelo en aquella trepidante conversación. Sin embargo, algo parecía haberlos unido aquella tarde en Covadonga. Habían compartido una experiencia que jamás olvidarían y eso, siquiera, podía reportarle o bien el sueño creciente, casi obsesión, de convertirse en su Pelayo; o bien siquiera tomar parte del rodaje con algún otro papel como premio de consolación.

Aquella noche, en aquella habitación de dos camas, la última libre en Casa Morán, ambos soñaron tanto que al día siguiente lamentarían que los sueños no puedan grabarse, pues ya tendrían media película grabada. Lanzaron grandes piedras a los musulmanes desde las montañas, en los desfiladeros aquellos parajes; usaron el arco y las flechas, se enfrentaron hacha en mano al infiel, galoparon por las cumbres, invadieron con sus ejércitos la meseta, saquearon ciudades rebeldes y, finalmente, perecieron; asistieron a su propio entierro, escucharon las campanas de las iglesias de la Asturias del siglo VIII, que retumbaban vibrantes dentro de su ataúd y cuando ya fueron introducidos en la oquedad adyacente a la Santa Cueva sintieron la humedad y el frescor de aquella roca caliza que había de convertirse en su última morada y giraron sobre sí mismos en la cama como si lo hicieran dentro de la sepultura, donde parecían haber hallado una plenitud difícil de describir tras una vida plena jalonada por mil batallas. El primer rey de los asturianos y de todas las españas podía dormir en paz, una vez culminada una gesta que había de proclamarse para conocimiento de la humanidad entera por los siglos de los siglos. Cómo no dormir eternamente acariciando la espada con las fornidas manos, cómo no evocar batallas, estrategias y escaramuzas, cómo no sentir, en sus cuerpos enteros, el peso de la Historia con mayúsculas, la satisfacción de haber sido él quien la había escrito con renglones de oro para la forja final de toda una nación.

Cuando despertaron, antes de abrir los ojos, dudaron. ¿Estaban en el sepulcro? El calor de las mantas les devolvió a la realidad del siglo XXI. El recuerdo del pote y el vino, al calor de unos estómagos que en modo alguno se hallaban sumidos en la vida espiritual. Se desperezaron muy lentamente y dispusieron una jornada a caballo que los llevara hasta los riscos de Covadonga, que querían mirar con los mismos ojos de Pelayo. Allí Quentin pondría a prueba a Russell con unos ejercicios no exentos de sadismo. Buscaron un alto desde donde pudieran arrojarse grandes piedras sin herir a nadie y el director de ‘Pulp Fiction’, ‘Kill Bill’, ‘Malditos bastardos’, ‘Los odiosos ocho’ o ‘Django, encadenado’ le planteó a su particular ‘Gladiator’ el reto de lanzar piedras, más bien rocas, cuanto más grandes mejor, como si estuviera en ese preciso instante asediando a una tropa de musulmanes que pasaban por un supuesto desfiladero. Quería ver el efecto y a Russell Patata Crowe no le quedó otra que hacer de tripas corazón y emplearse a fondo en la tarea. Estuvo lanzando rocas durante dos demoledoras horas, rugiendo, corriendo con energía hasta el impulso final, lanzando alaridos, aporreándose el pecho mientras Quentin anotaba, dibujaba y fotografiaba aquellos singulares momentos.

A las tres de la tarde, aquella verde vaguada que tenían bajo sus pies acumulaba un rosario de calizas dispersas que no tenían mayor razón de ser en ese nuevo estado vegetativo que la ira de un cristiano viejo llamado Russell Patata Crowe y el sadismo de Quentin Tarantino en la que constituiría la primera prueba in situ para darle forma en su mente al gran proyecto de Pelayus.

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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