Cilurnigutatis Boulevard 18 (Tazones) | Campo y playu - Blogs elcomercio.es

Blogs

Adrián Ausín

Campo y playu

Cilurnigutatis Boulevard 18 (Tazones)

18.

Aquel sábado amaneció radiante. Cílur, gran aficionado a las noches de los viernes, había decidido sacrificarse para estar lúcido en su cita con Quentin Tarantino, a quien se disponía a llevar a Tazones. Sin embargo, la cabra siempre tira al monte y después de cenar en casa, al filo de las doce, cogió la moto y se acercó a tomar una única cerveza al Escocia. Habló un poco con Manza, le hizo la clásica pregunta de broma -¿hoy no vino Sabina?- y se apoyó un rato en la puerta escuchando plácidamente la música de Alfredo mientras una leve brisa le acariciaba la cara. ¿Tarita? Era mucho esperar que yendo a estar solo media hora apareciese por allí. Quien llegó, casi al minuto, fue Fauno y eso que Cílur no había avisado a nadie para evitar embrollar la noche. Ambos pusieron en común lo vivido en Abanico Estelar, que era la comidilla generalizada en los grupos formados dentro y fuera del pub. Entonces se dio cuenta de que aún no había avisado a Poma y Pandi de que el sábado estaban dispensados de tener controlado a Quentin y les mandó rápidamente un guasap para que se tomaran el día libre, respondido al instante con una gran sonrisa desde cada dispositivo.
-¿Viste el baile que echamos?
-Jajaja. Pensé que ibas a dar un picado.
-Hay que ser cautos, Fauno. A su tiempo…
-Cuando te decidas tendré la cámara preparada para la portada de ‘Magullu’. Hacemos un autobombo.
-Jajaja. Igual luego quieres sobornarme, aunque si me da calabazas la foto… No sé yo.
-Yo creo que lo tienes bien.
-Ojalá.

Al final, en vez de una cerveza fueron tres y a las 2.15 Cílur decidió una prudente retirada. Siete horas después, a las 9.15 debía recoger a Tarantino en el hotel de la Merced y aún no se había acostado. Fauno se retiraba también, pero había llegado Pebels, un todoterreno total de la noche gijonesa y a él quedó encomendada la custodia del faranduleo gijonés de aquel viernes, pues no era raro para él acostarse por la mañana, al igual que Ziprus, después de cerrar el último garito con vida. No era infrecuente que después de un fiestón en El Jardín (muchos seguían llamando así a Abanico Estelar) el viernes se resintiera y transcurriera por derroteros más bien pacíficos. Pero había que estar ojo avizora por si acaso.

Cílur había barajado tres opciones para ir a Tazones. El descapotable de ‘Magullu’ para las grandes ocasiones, ir en vespa, sabedor de que el director tenía una alquilada y le gustaba utilizarla casi a diario, o ir con la  motora de la revista desde el Puerto Deportivo y llegar por mar a la villa marinera. Al final optó por la última, animado por el buen tiempo, pero con una fórmula mixta. Irían por mar y volverían en moto; de modo que la cita inicial era en vespa y las meterían en la motora por la rampa situada frente a la Cuesta del Cholo. Esto le permitiría ver Tazones desde el mar, como Carlos V, y una sorpresilla final a la vuelta.

La Vespa Primavera de Cílur era una reliquia de 1982. La había comprado en su día de tercera mano y ya nunca le abandonó. El motor seguía rugiendo alegre y, curiosamente, no había otra en Gijón con su color verde botella. La de Tarantino era una Vespa 200 blanca. Estaba aparcada ante el hotel, en la calle peatonal. Cílur estacionó al lado, entró a recepción y preguntó por él. Apenas tardó tres minutos en bajar. Llevaba una pequeña mochila negra, gafas de sol y era un tiarrón de 1,85 que imponía. Lo primero que hizo para sorpresa total de su guía fue abrazarlo como si se conocieran de toda la vida. Cílur, de talla estándar hispana, se quedó prácticamente sumergido dentro de aquel hombretón que le daba palmadas en la espalda mientras decía entre risas:
-Here is ‘Magullu’!!!! (jajaja)

Pese a ser las 9.18 minutos de aquel sábado de septiembre, Cílur pensó que acaso Quentin se habría tomado ya un par de birras para calentar el ambiente. Una vez recuperada su independencia corpórea, le explicó los planes y él asintió satisfecho. Arrancaron las Vespas y en menos de cinco minutos estaban con ellas en la rampa de la Antigua Rula. Allí les esperaba Lifus, el amigo de Cílur, con quien salía a veces con la motora para pescar en aguas del Cantábrico. Hacía falta un tercer hombre para el retorno de la embarcación y Lifus estaba encantado de hacer el favor y de paso, de vuelta, parar a pescar un poco con la radio puesta y sin los moscones que lo abrasaban cuando se instalaba en el Muelle. Para él era un plan redondo. Sacaron un tablón de la motora, metieron las motos al ralentí y las fijaron con unos pulpos a un lateral. Listos. Cuando Lifus arrancó y empezaron a tomar distancia del Muelle, Cílur animó a su invitado a contemplar la belleza del pequeño puerto gijonés con su barrio antiguo, Cimadevilla, reluciendo plácido en aquella mañana. Luego le empezó a señalar lugares; la Cuesta del Cholo, el Escocia, el Elogio de Chillida donde fue atrapado el ‘Aguarón’, la torre Bankunión; y hacia el otro lado enseguida alzó su brazo para señalar la Campa Torres, donde ya sabía que Quentin se las había visto con Russell ‘Patata’ Crowe para celebrar un duelo a espada. En ese momento, la única reacción de su sanguinario invitado fue decir “yes yes yes”, si bien Cílur apreció un brillo especial en su mirada  así como una sonrisa dibujada no en su boca sino mediante una leve hinchazón de sus pómulos. Evidentemente, estaba recreándose en aquella misteriosa cita nocturna en la cual había disfrutado como un niño. Intentó entonces leer aquellas grandes letras que pendían del acantilado pero se trabó hasta tres veces y acabó prorrumpiendo con una sonora carcajada:
-Silurni…. Silurnigatitus…. Silurnig… Buff!  ¡¡¡Silurnitatis Búlevard!!!
-Cilurnigutatis Boulevard, corrigió Cílur mientras ambos reían.
-Its too much difficult!, señaló el de Tennessee.
-Its realy, but its a big name, respondió el de Gijón.

La motora giró entonces hacia el ‘Elogio’ y rápidamente asomó majestuosa la bahía de Gijón. Cílur la contempló satisfecho y Quentin admiró su belleza con un prolongado “ohhhhh”. La cosa empezaba bien e iría mejor cuando el actor, director y guionista le dijera que podían hablar en español. A Cílur el inglés siempre le había costado trabajo, así que aquella sorpresa le vino maravillosamente bien. Tenían por delante la franja costera con la sucesión de playas gijonesas anteriores a Tazones: los pedreros posteriores a San Lorenzo, Peñarrubia, Serín, Cagonera, Estaño y La Ñora, compartida con el vecino concejo de Villaviciosa. El paisaje era maravilloso y la mar estaba como un plato.

-Oye, vaya bien que me lo pasé con ‘Malditos bastardos’. Eso de matar a Hitler fue un puntazo; alabó Lifus.
-A mí también pressstome mucho; respondió con voz pastosa pero nítida Tarantino antes de soltar una sonora carcajada.

No solo el español. ¡Dominaba el asturiano! Celebraron su giro sorpresa abriendo tres cervezas. Al asomarse mar adentro habían divisado el ‘Bounty’ anclado en El Musel; ahora, al virar ya hacia Tazones vieron una pequeña embarcación con unos personajes disfrazados entre los cuales se encontraba el mismísimo Carlos V aguardando la señal para desembarcar en el precioso pueblo costero maliayo. Lifus había dibujado un círculo sobre el mar para evitar en lo posible que les repercutiera el oleaje formado por la motora y también por aquello de respetar aquel alumbramiento del siglo XVI sobre las aguas y evitar el contraste visual que formaban la motora y la chalupa. Sin embargo, al divisarlos, Tarantino había echado todo por tierra al señalarlos con sus largos brazos y empezar a partirse el culo de risa.

Cílur aguantaba el tipo como podía por respeto a los parroquianos, pero Lifus, que había hecho buenas migas con Taran (ya se permitía llamarlo así) en el corto trayecto, dejó el volante y fue a la parte trasera llorando de risa para abrazarse con su nuevo amigo mientras soltaban carcajadas a borbotones. Así entró en puerto la nave de ‘Magullu’, con Cílur de piloto de urgencias y dos energúmenos dándose puñetazos en el pecho, como Matthew McConaughey en ‘El lobo de Wall Street’, frente a unas nutridas agrupaciones ciudadanas contemplando el espectáculo sin entender nada. La razón llegaba unos metros atrás en aquella chalupa donde, pese a los veinte grados reinantes, viajaba aquella comitiva real emperifollada con ropajes siglo XVI y rostros portando la digna porte que la ocasión requería.

Al contraste de aquella barca con los usos y costumbres del año 2029 se sumaba la trastienda real del desembarco de Carlos V, que Quentin Tarantino había leído en la crónica viajera de Laurent Vital, donde decía claramente que la comitiva de Flandes no había desembarcado en Tazones sino en Villaviciosa, una vez adentrados en su ría. El texto decía exactamente: “Aunque a un cuarto de legua había un puerto y pueblo llamado Tazones no fueron allí debido a que era un lugar demasiado malo para alojarse en él tanta gente principal y a causa de que a dos leguas cerca de allí había una buena villita  donde estarían mucho mejor alojados que en dicho Tazones” (sic).

Tarantino no entendía por tanto el porqué de la celebración y Cílur se lo había ido explicando durante la travesía. Cómo un buen día, un vecino de Tazones llamado Aurelio leyó a Vital y al ver  que en la crónica figuraba el nombre de su pueblo se dijo ‘esto hay que aprovecharlo’, pese a que lo que decía el cronista nítidamente era que no fueron allí. Fue el mismo Aurelio quien comenzó a celebrar el desembarco encarnando al joven emperador, algo que realizó con tanto entusiasmo cada septiembre desde 1980 que acabó por creerse el personaje. Poco le importaba que Carlos V hubiera desembarcado con 17 años y él tuviera 70 cuando realizó la última escenificación en 2007 (falleció al año siguiente). El caso era apropiarse de la llegada del rey a España y darle difusión con objeto de promocionar este bello enclave marinero desde un punto de vista turístico. Una mentira muchas veces contada que acabó por parecer una verdad. Y así se había llegado a nuestros días, con el acto celebrado cada vez con más pompa, actores de compañías incluidos, y la proliferación de rutas gastronómicas, hermanamientos y otras iniciativas todas con Carlos V como base. Algo, a juicio de Cílur, innecesario para un pueblo con tantos encantos naturales y tantos excelentes restaurantes.

Quentin se bajó de la motora con el libro de Vital en la mano recitando algunos pasajes con su inconfundible acento extranjero. Recitando y riendo. “No fuerrron allí”, clamaba para quien quería escucharle. Y añadía de su cosecha: “Pero allí es aquiiií” señalando con sus dedos la tierra que pisaba. Cílur y Lifus trataron de que en la medida de lo posible pasara inadvertido; cosa difícil con su envergadura y las voces que pegaba. Entonces, desde una casa, un pescador local llamó a Lifus y les invitó a subir a su corredor. Salvados por la campana, pensó Cílur. Desde allí, contemplaron a sus anchas la representación, cómo Carlos V besaba el suelo de Tazones seguido de su séquito. Había autoridades, con el alcalde de Villaviciosa al frente y cuando todo finalizó la comitiva gijonesa se fue a un restaurante a ponerse las botas. El festín, a base de pescado, fue animando a Cílur a interrogar a Quentin por Andrey y Marilyn, a las cuales había llevado en su primer día al Escocia para luego olvidarse de ellas. Él reía. No parecía querer soltar prenda. Cílur le soltó la palabra holograma (no sabía cómo se decía en inglés), pero él seguía sin darse por aludido.

Pasó entonces a ‘Pelayus’. Ahí sí mordió el hueso. Sus primeras palabras fueron: “Its great. Its a great history, the best history in my mind in this moment”. Dicho y hecho. Empezó a mover los brazos como si estuviera manejando una espada. Entonces Cílur aprovechó para meterle una cuña: “Te falta Russell”. Él lo miró con un brillo chisposo en sus ojos y sonrió. “Magullu, Magullu, mucho sabes Magullu”. Nueva carcajada. ¿Ves a Russell de Pelayo? Nueva cuña. “Es ello posible”, replicó con la traducción literal del inglés. Entonces quienes rieron fueron Cílur y Lifus. El ambiente distendido de Tazones y la sidra habían abierto lo suficiente la mente de Quentin como para que les contase su visita a Covadonga, la prueba de fuego a la que sometió a Russell ‘Patata’ Crowe en sus riscos, lanzando rocas como un energúmeno (confesó que por momentos temió que se quedase en el sitio) y sus citas secretas en la Campa Torres, donde habían trabado ya más de un combate nocturno en plena soledad acompañados tan solo por los espíritus de los miles de cilúrnigos que allí habían morado.

A las seis de la tarde sacaron las vespas de la motora para dirigirse a Gijón por carretera. Sin embargo, cuando vieron que no podían sostenerlas apenas debido a la cogorza, en un repunte de lucidez, volvieron a guardarlas. Cílur preguntó a Pandi y Poma si estaban libres. Afirmativo. Entonces les pidió que se acercasen a Tazones a recogerlos, pues el día tendría un par de escalas más. Mientras los aguardaban, Quentin se fue al espacio abierto donde el pueblo desembocaba en la mar, alzó los brazos y comenzó a lanzar un discurso a la población civil. “Tazonessssss! Beautifulllll, Great foodddd; Tazonesssss! Monuntains, sea and winddddd! Tazonessss, the best village I know in my life! All is true Tazonesssss. But Charles is not here!!!!, ok? He is not here!!! ok?”. Lo decía con el libro alzado en una mano mientras extendía la otra al cielo. Los parroquianos sonreían y acabaron por decir ante su insistencia “okei okei”. “Charles is not here, but its a secret for us, ok?”. La gente asentía y sonreía. Finalmente, tras tensos momentos, al menos en la mente de Cílur, la presencia de Quentin Tarantino los había ablandado. A fin de cuentas, el tirón de Tarantino no era pecata minuta y Cílur empezó a imaginar que en su siguiente visita a Tazones hubieran suprimido toda alusión a Carlos V para levantar a una estatua en recuerdo de la visita de Tarantino, con una leyenda debajo: ‘Esti sí que estuvo aquí’.

Marcharon con Poma y Pandi en loor de multitudes. Con el pueblo aplaudiendo al director mientras este sacaba el brazo derecho por la ventana del todoterreno. Lifus prefirió coger la motora e irse a pescar un rato de la que volvía a Gijón  por mar. Dejarla allí sería un embrollo. A unos kilómetros de Tazones faltaba una particular propina a la jornada. En mitad de la nada, en una recta de una carretera secundaria próxima al Gobernador, una casa de piedra con un luminoso y unos bancos fuera ocultaba una coctelería de lujo, toda empedrada, con un botellero iluminado contra la pared. El Soda 917, con amplias butacas y una pista de baile desnuda, una amplia habitación contigua, iluminada apenas por una pantalla donde se está retransmitiendo siempre un concierto, era el lugar ideal para algo que ya iluminaba la mente de Cílur. El baile de ‘Pulp Fiction’ entre Travolta y Uma Thurman, pero con el director de la película y Poma, que para eso tenía el pelo rubio y los ojos azules y era además espigada como él. Dicho y hecho. Kike, el dueño del chiringo, enseguida se animó a poner la banda sonora y Quentin saltó a pista como un resorte tirando de Poma, que bailó la pieza como si llevara toda la vida esperando ese momento. Cílur y Pandi siguieron el baile con su mojito en la mano y la boca bien abierta, lo cual no les impidió robar una imagen con el móvil, pensando en un futuro póster para presidir la casa de Poma y quizá también la sala de reuniones de ‘Magullu’.

 

fotos de Tazones del archivo de EL COMERCIO: del mar, de Alberto Morante; de tierra, de Damián Arienza.

 

 

 

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


diciembre 2019
MTWTFSS
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031