Cilurnigutatis Boulevard 26 (Castilla) | Campo y playu - Blogs elcomercio.es

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Adrián Ausín

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Cilurnigutatis Boulevard 26 (Castilla)

26.

Pelayo y Carlos V habían sido la puerta de entrada a la Asturias y Castilla de los siglos VIII y XVI. Ahora, Quentin se disponía a ponerse las gafas de bucear en la forja de la nación española, con Isabel y Fernando al frente, allá por el último cuarto del siglo XV. Isabel la Católica había nacido en Madrigal de las Altas Torres en 1451. Allí, en el magno enclave abulense, empezaría su nuevo maratón de historia. La entrada de la vespa con sidecar portando a Marilyn y Audrey en las empedradas calles de Madrigal tuvo un efecto similar al de un platillo volante con un ejército de marcianos rojos a bordo. Aquel choque de siglos, del glamour hollywoodiense con la sobriedad castellana no dejó a nadie indiferente. La visita guiada era a las 11.30 y allí estaban puntuales aquellos tres personajes a las puertas del magno convento que en su día fuera residencia de verano de Juan II, el padre de Isabel la Católica.

La monja de clausura encargada aquel día de las visitas realizó una introducción en el claustro mientras sus tres y únicos espectadores de aquella mañana, junto a cuatro japoneses, atendían ceremoniosamente. Juan II tuvo con su primera esposa a quien fuera a ser Enrique IV y con la segunda a Isabel y Alfonso. La historia depararía que Isabel fuera a ser hija, hermana, madre y abuela de reyes. El claustro era impresionante en su sobriedad. El habitáculo donde nació Isabel la Católica incluso diríase claustrofóbico en sus dimensiones; y la capilla, curiosísima. En pleno centro, un extraño panteón acogía tres tumbas que daban descanso eterno, unidos, a tres personajes dispares de la época: Catalina de Castilla (hija de Juan II y su primera mujer María de Aragón, o sea hermanastra de Isabel), María de Aragón (hija bastarda de Fernando el Católico) y Juana (hija natural de Carlos V fuera del matrimonio que cayó por un pozo del convento a los siete años y se ahogó). La sala de cortes, el coro… Quentin escuchaba concentrado todas las explicaciones; Marilyn y Audrey parecían un tanto estremecidas por el ambiente.

Al salir de aquel lugar donde había comenzado en cierto modo la historia de la España moderna, se encaramaron a una de las torres que daban nombre a Madrigal, en su día un fortín amurallado que rondaba el centenar de torreones defensivos. Hoy día aún quedaban algunos en pie y desde uno de ellos pudieron divisar con nitidez la iglesia donde fue bautizada Isabel, en el centro del pueblo, y extramuros, a apenas un paseo, las ruinas del convento agustino donde fue educada en sus tres  primeros de vida, antes de mudarse a Arévalo. El mismo convento donde moriría años después Fray Luis de León y donde Isabel se refugiaría siendo ya moza del intento de su hermanastro el rey Enrique IV de casarla con un francés. La llanura rodeaba todo. Aquel recio paisaje castellano llenaba de ideas la mente de Quentin que, media hora después, pisaba emocionado las ruinas del convento de extramuros, donde en un arranque se puso a declamar a Shakespeare alzando su mano derecha hacia un trozo de muro derruido como si portase sobre ella una calavera: “To be or not to be, thats the question”, afirmó con un potente chorro de voz antes de prorrumpir en una sonora carcajada que contagió a sus damas.

Los tres llegaron a Arévalo a tiempo de conquistar su coqueto castillo de piedra blanca, totalmente remozado, con unas vistas de ave rapaz sobre esta bonita villa. Media hora después estaban degustando un delicioso cochinillo en El Figón de Arévalo. Quentin pidió que les sirviesen uno entero, pues acumulaba un voraz apetito. Una gran ensalada y un hermoso lechón. Cuando tuvo ante sí la cabeza, la tomó con una mano, la puso ante sí, como si de un duelo entre iguales se tratase, y trató de arrancar la nariz del puerco de una dentellada. Quiso masticarla pero aquello eran todo huesos y debió abortar el operativo. Tras el chasco inicial, tomó un buen trozo de lechazo y empezó a emitir sonidos guturales de satisfacción con cada trozo de carne acompañado de su crujiente corteza. Ummm. Ummmmm. Ohhhhhh. Ahhhhhh. Un trozo de cochinillo y un buen trago de Ribera. Así sucesivamente, intercalado con una sabrosa ensalada, hasta no dejar ni el rabo de aquel suculento puerco. Sus damas, reacias en un principio, tampoco lo hicieron mal.

En Arévalo no había restos del palacio donde Isabel vivió hasta los diez años acompañada de Alfonso y de su madre, Isabel de Portugal, hasta que los hermanos fueron reclamados por Enrique IV a la corte segoviana. Quentin oteó la plaza donde había vivido la futura reina y se fueron, con el estómago bien nutrido, a su siguiente escala: Medina del Campo.

El castillo de la Mota, encaramado sobre la urbe, lucía majestuoso. Allí tuvieron noticia los ilustres visitantes de que su doble amurallamiento había sido una decisión, a finales del siglo XV, precisamente de Isabel y Fernando. La visita guiada por una joven resultó magistral. Allí Quentin recreó los asedios, los cañonazos, los dramas de los presos arrojados al pudridero, el cautiverio del hijo del Papa Borgia y su fuga a la antigua usanza, por una ventana, la gran panorámica de la azotea, adonde subieron con dos actores que iban representando los tiempos de mercado, cuando Medina era centro de actividad castellana. Una vez en la plaza mayor de la histórica localidad vallisoletana, se adentraron en el palacio que acogió los últimos días de vida de Isabel la Católica, ahí donde decidió modificar su testamento y nombrar a Fernando regente en nombre de Juana la Loca mientras el futuro Carlos V no alcanzara la mayoría de edad; un cambio que pretendía dejar de lado al díscolo Felipe el Hermoso, quien solo se había granjeado antipatías. En aquella habitación se recreaba la fotografía final, con Fernando apenado ante el lecho y un cardenal Cisneros preso también de un hondo pesar. El ambiente luctuoso hizo mella en aquellos tres testigos pese a los cinco siglos transcurridos de aquel desenlace habido el 26 de noviembre de 1504.

La noche en Tordesillas, donde Quentin, Marilyn y Audrey se pusieron tibios a tapas colesterolescas del tipo de sangre frita, oreja, morros, torreznos y riñones, dio paso a un amanecer nebuloso donde fueron recreando las vistas de Juana la Loca, desde su torreón, durante 46 años de cautiverio. La fortaleza ya no existía, pero el enclave estaba marcado, encaramado sobre el Duero, asomado a una plácida llanura intercalada por algún esporádico arbolado. Poco parecía haber cambiado la imagen en cinco siglos. La casa del Tratado de Tordesillas, donde España y Portugal se repartieron los dominios del Océano Atlántico, mantenía su fachada más o menos intacta. Con aquella sobriedad en la retina, partieron para Segovia, su última escala.

Quentin detuvo la vespa bajo el alcázar, apagó el motor y suspiró. Estaban junto a la iglesia de la Vera Cruz, construida por los templarios y el contrapicado hacia los torreones del alcázar confería a la fortaleza un inigualable aura de poderío. Subieron. Primero ascendieron hasta la torre por aquella enroscada escalera de doble sentido de circulación que dejó a Audrey un tanto mareada. Una vez arriba, el aire castellano la devolvió a su ser mientras Quentin, con las manos extendidas acariciando los torreones, miraba admirado a la ciudad. La visita guiada por las dependencias interiores no tuvo desperdicio. Las armaduras, el despacho de la entrada, el trono de Isabel y Fernando con el estandarte nacional, aquel maravilloso lienzo sobre la coronación de Isabel en Segovia, vestida de inmaculado blanco, curiosamente con la imagen de un cura que tal parece el Cisneros encarnado por Eusebio Poncela en la serie (si bien entonces no había iniciado su etapa en la Corte), la capilla donde se casó Felipe II con su cuarta esposa y el salón de reyes, donde aquellos tres sujetos exóticos perdieron durante unos largos segundos la respiración. Quentin abrió la boca y empezó a emitir algo parecido a ‘guau’ totalmente alargado en el tiempo, vaporoso, impregnado del halo de quien ha tomado cinco caramelos de eucalipto extrafuertes seguidos. El decía ‘guau’ y sus damas ‘ohhh’ y nadie les sacó de esas dos onomatopeyas durante largo rato. Hasta el punto de que la guía hubo de parar las explicaciones y decirles:
-Impresionante, ¿verdad? Aquí se resume la historia de España desde Pelayo hasta Juana la Loca. Así lo quiso Felipe II, quien tuvo el detalle de encargar a Hernando de Ávila que terminase la sucesión de reyes precisamente en la figura de su abuela.

En aquella Sala de los Reyes, Quentin tuvo bien claro el protagonismo de la Monarquía asturiana en la Historia de España. Desde Pelayo hasta Alfonso III, desde 718 hasta 910, aquellos dos siglos de los ocho retratados por el escultor tenían sello asturiano y ocupaban, a buena altura, casi dos de las cuatro paredes del habitáculo. Se situó bajo la figura de Pelayo y puso voz a la leyenda escrita bajo el primer rey español: “Don Pelayo, único rey de las Asturias, hijo de Favila, duque de Cantabria, electo en el año  de 716, comenzó la restauración de España cobrando de los Moros a León y otros pueblos. Y murió en Cangas de Onís en el 739 y allí se enterró en Sancta Olalla del Valle de Abamia, por él fundada, cerca del lugar del mercado”.

Si hubiera sido 4 de julio y Quentin Tarantino se encontrara ante la Estatua de la Libertad o ante la de Abraham Lincoln no se le podría haber visto más emocionado. Aquello se hundía en la memoria de los siglos y tenía, a sus ojos, el mismo exotismo que siente un español navega por el Nilo o se encuentra ante el tesoro de Tutankamon. Leyó Quentin hasta tres veces la reseña de Pelayo, muy despacio, pronunciando cada palabra con gravedad, muy concentrado, con los ojos como platos. Audrey y Marilyn se limitaban a mirar hacia arriba con la boca abierta e igualmente emocionadas.

Aquella noche cayó otro cochinillo, regado por cuatro jarras de Ribera y antes de irse a dormir a un antiguo convento reconvertido en hotel, los ya embriagados e ilustres visitantes recorrieron todo el acueducto pasando sus manos de una piedra a otra, dejándolas resbalar por aquella masa pétrea que acumulaba siglos de historia. El último hito de aquella escapada antes de regresar a Cilurnigutatis sería la parada en León, donde quedaron absolutamente prendados de las vidrieras de la catedral y de las amenas explicaciones de la audioguía. Entraron después en El Húmedo, se atiborraron de tapas en un bar con un tremendo bullicio donde bastaba con ir pidiendo vinos para comer pantagruélicamente y luego se separaron un par de horas. Las damas se sentaron en un café de nuevo ante la catedral y Quentin se las arregló para trepar por el andamiaje que cubría un lateral para alzarse sobre los tejados de la ciudad de León, adonde se trasladó en su momento la Monarquía astur, y echar una siesta con su cabeza apoyada en los muros de aquel soberano templo. Desde allí arriba espanzurrado los caminantes de la plaza de la catedral parecían minúsculas hormigas que le parecía, contemplando sus botines, que podría aplastar a su antojo con una simple pisada. Se le dibujó una mueca pensando en tal sangría y quedó dormido un rato. Cuando despertó, consideró llegada la hora de enfilar el puerto de Pajares y regresar a Cilurnigutatis, donde acaso le aguardase la confirmación de un proyecto para el cual se sentía ya plenamente preparado.

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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