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Adrián Ausín

Campo y playu

Cilurnigutatis Boulevard 35 (Novedades)

35.

La vuelta a la realidad trajo consigo novedades. Aquella primera noche, cuando Tarita acudió a casa de Cílur, este la bajó a la redacción de ‘Magullu’ y le enseñó un boceto de la portada de noviembre. En primera plana, resplandecía aquella foto guardada como oro en paño de Russell Patata Crowe arrojando piedras al vacío en la montaña como si estuviera en plena batalla contra los musulmanes y en grandes letras, debajo, remataba la imagen un rotundo titular: ‘Pelayo vuelve a Covadonga’. Ese sería el título para la edición española. Faltaba cerrar el de la edición internacional, pues si en España funcionaba perfectamente la palabra Covadonga fuera de nuestras fronteras el término podía tener escaso tirón. Quizá apostasen por un escueto ‘Pelayo, rey’ o por un ‘Pelagius’ a secas y un subtítulo común que dijera ‘Russell Crowe se enfunda en la piel del primer rey de España’. El gesto de esfuerzo sobrehumano de Patata, con los ojos inyectados de bravura, parecía que iba a salirse de la portada.

Si el número anterior había traído mucho trabajo de campo, con el rodaje en directo de ‘Rebelión a bordo’, el nuevo llegaba más relajado. La cuestión era tener una buena portada y esta reunía todos los ingredientes. Fauno, ayudado por Prese, había realizado un gran trabajo de fondo para explicar con pelos y señales la inminencia del rodaje, el gran capital asturiano que se había acumulado detrás del proyecto (tenían muy presente aquella reunión en El Reconquista de las grandes fortunas asturianas seguida desde el aire por Velutina) y una entrevista a fondo con Quentin Tarantino, que gracias a su creciente amistad con Cílur, y también con su amigo Lifus, se había prestado a dar un adelanto a grandes trazos. También se encontró hecho el interviú, en este caso obra de Pandi. Las fotos eran espectaculares. Quentin había posado en la Campa Torres con una gran espada toledana en sus manos y, también, junto a la estatua de Pelayo de la plaza del Marqués en un contrapicado de Josecho que quedaba como anillo al dedo. Tenía la espada cogida con las dos manos y una mirada sádica, brillante y luminosa que confería a la fotografía una tridimensionalidad espectacular. En la entrevista mostraba un conocimiento profundo de la Monarquía asturiana, daba mil detalles de las especulaciones sobre la Batalla de Covadonga y abordaba en un amplio despiece la grandeza de España y de sus Reyes, con alusiones a aquel primer monarca asturiano, al alcázar de Toledo, a los Reyes Católicos, a Carlos V e incluso alabanzas a Felipe VI, el actual rey. “Si tuviéramos en Estados Unidos el diez por ciento de la historia de España tendríamos banderas hasta en el wáter de casa”, figuraba en un destacado. Las 24 páginas centrales dedicadas a ‘Pelagius’ incluían dos dobles consecutivas donde se detallaban los grandes hitos de Covadonga con un espectacular gráfico ilustrado por fotografías de los lugares más emblemáticos. El conjunto era de una fuerza tal que, como solía decirse, apetecía invadir Polonia. “Con este número vamos a hacer patria; asturiana y española”, comentó Cílur satisfecho. “Se van a enterar quiénes somos; o quizá mejor quiénes fuimos”, apostilló sonriente. “Bueno, ahora tenemos pelayinos”, comentó Tarita en broma mientras le daba un pellizco en el papo. Él sonrió.

Las novedades, tras diez días de ausencia, eran continuas en Cilurnigutatis. A la mañana siguiente Tarita debió preparar la maleta para su viaje a Milán mientras Cílur se ponía las pilas con la actualidad cinematográfica. Octubre mantenía una temperatura excelente, unos 18 grados que, no obstante, dejaban ya dudas a la hora de pensar en un baño. El otoño asomaba poco a poco. Pero las terrazas a la hora del vermú, la más cálida del día, estaban a tope. Así fue cómo descubrió en el Café de San Pedro, frente a la Rampla, a su amigo Rúper Murias sentado con Marilyn como si tal cosa. No se atrevió a preguntar por Audrey por si había habido algún tipo de marejada. Se acercó, los saludó, habló un poco de Guatemala y Murias, picantoso, le soltó insinuando que ya se sabía con quién había ido: “Creo que hubo por allí una rebelión a bordo…”. “Yo también lo oí decir”, replicó Cílur entre risas.

Marilyn estaba radiante, con sus labios pintados de color carmesí y una expresión facial de felicidad plena. Y Cílur se atrevió a replicar: “Y aquí, ¿qué? ¿me perdí alguna rebelión?”. “Investiga, que para eso te pagan”, replicó el señor Murias. Bueno, bueno, bueno. Igual había que dar un paso más. “Debes de tener desolados al señor Mingotes y a los Paradisos…”. “Yo soy inocente; la mala es ella”, dijo Murias señalando a Marilyn con un gesto de complicidad que delató un posible romance en fase primaveral. “Ouuuu. I’m not bad. Im only happy!”, replicó la aludida. Ummm. “No sé si reservaros una paginuca en ‘Magullu'”. “Reserva una para ti y déjanos tranquilos” (risas). “Oye aquí faltas diez días y te encuentras todo el patio revuelto”. “Haberte quedado”. “Vale, vale, ya preguntaré a mis espías”. “Marilyn, lisen to me, Murias, my friend, is a gold single man. You have got a great ‘piece’!!!”. “(Risas) He did it well too!!!”. Todos rieron.

Tanta afición mostraba Marilyn por la tienda de Ruper, We make home, y sus colecciones de animales que le había mostrado su ilusión por que la contratase como dependienta, acaso a media jornada. Después de una vida de gloria, quería algo tranquilo para su etapa de holograma, tomar una rutina, trabajar unas horas por la mañana, tomar el vermú y tener la tarde para sus cosas. Un plan tranquilo para el cual había Murias, el soltero de oro de Cilurnigutatis, y su tienda de la Travesía del Convento encajaban como un guante. Aquel podía ser un matrimonio perfecto y, aunque Cílur se fue con la mosca detrás de la oreja, apenas faltaban días para que se celebrase. Murias se lo había dejado caer meridianamente claro: “Si te portas bien cualquier día pasamos por ‘Magullu’ a darte una exclusiva”. Blanco y en botella. “Seré todo oídos”, replicó él. Aunque al instante, reaccionó. “¿Algún adelanto?”. “Pasa por la tienda… Y hablamos”.

Mientras tenía lugar esta conversación, otra singular pareja (mejor dicho trío) tomaba el vermú en el Escocia, que había tomado por costumbre abrir un par de horas antes de comer solo cuando el tiempo estaba en versión chisposa. Sol o resol. Si el día estaba tristón permanecía cerrado y si era ambiguo, pues había que ir a mirar. Allí estaba Manzanita tras la barra y en el banco de fuera, con una Coca-Cola y unas patatas, Audrey Herpbrun fumando en boquilla con Quentin, a la sazón quien la había llevado a Cilurnigutatis junto a Marilyn, aún no se sabía a ciencia cierta para qué, junto a Lifus, al cual habían visto pasar cuando iba a pescar al Muelle y había hecho un alto para tomar algo con ellos. Los tres disfrutaban de aquel solárium con vistas a los barcos deportivos. Desde dentro salía una agradabilísima música country. The Highwaymen, con su tema ‘American Remains’, cadencioso, animado, yanqui. Cuyo ritmo Quentin seguía con la mano izquierda dando leves palmadas sobre la rodilla. Lifus les hablaba de la pesca del chipirón, del salmonete, de los sargos, de cómo a veces capturaba un centollo ahí enfrente de ellos, unos metros a la derecha, a la altura del restaurante Auga. Relataba con detalle la técnica para cada una de sus víctimas. Quentin imitaba con sus gestos el lanzamiento de la caña y la recogida del sedal antes de volver a The Highwaymen mientras Audrey se interesaba más por cómo preparar cada uno en la cocina y por los matices de sus sabores. En un momento dado, Lifus le preguntó por Marilyn y ella no dudó en contestar. “She falls in love”.

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes lo hizo en Bilbao, Sevilla y Granada. También es escritor, con seis obras en su haber: 'Gijón escultural' (2919), 'Cilurnigutatis Boulevard' (2021), 'El buen salvaje' (2022), 'García' (2023), 'En el reino de Kiker' (2024) y 'El centollo vive arriba' (2025). Ha viajado por 42 países y hace su propia sidra.


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