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Adrián Ausín

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Cuando gana el campo

Cuando llega una catástrofe en forma de guerra civil, de tsunami o de virus mundial se reformulan muchas cosas, casi todas, y ciertas convenciones quedan exactamente del revés. ¿Es mejor en estos días estar confinado en un piso pequeño con vistas al bloque de enfrente, hacer extrañas colas para la compra guardando la ‘distancia de seguridad’ y sufrir una inevitable asfixia vital o es mejor vivir en un pueblo, una pequeña aldea o una casa de campo? La llegada de este bicho invisible llamado coronavirus le ha dado la vuelta a la tortilla y el campo, ese maravilloso mundo rural del que tanto se ha desertado y renegado, le ha pasado a dar mil vueltas a la ciudad.

¿Confinados? Que le digan a un labriego que estar atendiendo las vacas, la huerta y la pomarada es estar prisionero y pondrá seguramente cierta cara de perplejidad. Que le digan que vaya corriendo al supermercado cuando en su arcón está la matanza del gochu de noviembre, amén de tener la despensa llena de legumbres y conservas; y la producción sidrera recién abastecida. Su gesto será parecido.

El drama de estos días son, sin duda, los muertos y, de entre los vivos, los contagiados en trance de superar el mal, así como el gravísimo riesgo de nuestros mayores, de esa madre que hemos dejado sola en su casa para que nadie la contagie. Quienes tenemos controlada esa situación, sin parte de bajas, no podemos evitar no obstante las sensaciones adversas, extrañas, un tanto apocalípticas, por mucho que vayamos a acabar ganando la contienda. Es entonces cuando desde la ciudad, desde cualquier barrio de Gijón, uno piensa en el campo y en cómo mientras en una guerra los urbanistas sufren la escasez el medio rural se autoabastece. Pero no solo eso. Mientras uno busca alivio en la lectura, el cine o la gimnasia casera, otros acaban las podas, hacen las quemas, siegan e incluso corchan la sidra casera.


El cilúrnigo inició en días pasados el embotellado en su terruño tras saborear unos aromas más que prometedores. En tres meses ha sufrido tres pérdidas: Pope, el amigo; Manuel Ángel, el suegru; y Conchi, la bondad. Y ahora, la amenaza global. Pero en el campo se respiran mejor los dolores. E incluso se hacen chanzas al cielo. Dos hermosas salamandras amarillas y negras se desperezan en el cuarto de la sidra al mover unas cajas. Una se oculta en un rincón tras un comedero de gallinas apoyado contra la pared. A la otra, indecisa, la coges con la mano y la depositas en el mismo escondite. Que pasen la cuarentena juntas respirando deliciosos aromas de manzana fermentada.

 

(Publicado en EL COMERCIO el jueves 19 de marzo de 2020)

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.


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