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Adrián Ausín

Campo y playu

Cilurnigutatis Boulevard (42 Audrey)

42. Audrey

Si Spielberg era ya un vecino más en El Coto y Marilyn se había mudado al apartamento de Rúper Murias en el centro, Audrey, por su parte, había decidido dejar el apartahotel de La Merced e instalarse discretamente en un sexto sin ascensor de Cimavilla. Desde la ventana de su habitación veía el Muelle, con sus barcos, y esto, según contaba en sus vermús, la llenaba plenamente. ¿Sola? Apenas dormía y desayunaba en su pisín alangostau con aromas marineros. El resto, todo era vida social para acá y para allá, vida intensa pero de pequeña ciudad; algo que la relajaba plenamente. Los tiempos de ‘Desayuno con diamantes’ le habían traído fama, pero muchos sinsabores en su vida privada. Cilurnigutatis le había ofrecido lo que quería en el momento adecuado. Tenía grandes amistades con las que no era pertinente pasar a mayores. Don Miguel de Mingotes tenía pareja estable y los Paradisos tenían tal complicidad entre ellos, uno soltero y el otro casado, que por nada hubiera querido quebrarla. Así estaban las cosas bien. Además, seguía yendo por We Make Home, donde ahora, a ratos, también atendía Marilyn. Ella se había llevado el gato al agua con el soltero de oro de la ciudad; pero esto no había quebrado su amistad. Se venían menos, pero disfrutaban esos instantes doblemente; en ocasiones, además, si Murias había salido para ultimar un proyecto de interiorismo Audrey ayudaba a atender a los clientes, pues se conocía de memoria la tienda, las prestaciones de cada animal, con bombilla o sin ella, y de cada elemento decorativo, lo cual le permitía hacer unas descripciones de cada pieza en la cual parecía estar hablando de algo muy íntimo, muy suyo, hacía breves pausas, alejaba levemente la boquilla de sus labios y, como si pareciera fruto de una reflexión interna, proseguía la exposición con mimo. La venta estaba asegurada. Luego llegaba Murias caminando relajado y rascándose la frente (¿será verdad o será un sueño esto que estoy viviendo?, parecía decirse) por aquella bonita calle, la Travesía del Convento. Entraba, saludaba y ellas después de unos arrumacos maritales en el caso de Marilyn se iban juntas al vermú. Entonces llegaban Sando y Lifus, casi se cruzaban con las hermosas damas, y en We Make Home pasaba a montarse una tertulia masculina.

Así de plácida era aquella vida hologramística. Sin malos humos de ningún tipo; todo enfocado al disfrute. Fue entonces cuando se supo que Chema, el Paradiso literario, era un firme candidato al Nobel de Literatura 2030. Los suecos fallaban el premio en octubre. Sin embargo, una revista especializada había descubierto su secreto mejor guardado. Él era quien, bajo seudónimo, llevaba toda una vida publicando novelas y ensayos de una elevada calidad literaria, siguiendo la estela de su padre. Siempre había habido rumores de mil tipos sobre la identidad de Rigoberto Castañón. Pero como navegaba alejado de las marejadas del gran público, este había sido un debate menor, orillado en los bancales de ambientes intelectuales poco dados al chisme. Ahora, la rumorología había llevado a la publicación a indagar quién estaba detrás de aquella firma, lo cual acabó por llevarlos a la Librería Paradiso. A él aquel descubrimiento le perturbaba notablemente. No quería ni hablar del tema.

Cuando Cílur entró por la puerta del negocio en la calle de La Merced su mirada acuosa lo decía todo. No quería ni mentarlo. Aunque ‘Magullu’ fuera una revista de cine, tener un potencial Nobel en Cilurnigutatis era motivo más que suficiente para tratar el asunto. Pero él se negó en redondo. “Déjalo correr”. Fue su última frase y Cílur, contrariado, lo aceptó. Si la ciudad respetaba a todos los famosos que entraban y salían constantemente de ella; si permitía desarrollar los rodajes sin molestar a nadie; no debía ser diferente con sus propios paisanos. Aquella larga conversación culminó con lo que vinieron a llamar irónicamente ‘el pacto de La Merced’, según el cual ‘Magullu’ dejaría tranquilo al potencial Nobel para que siguiera con su vida discreta tal cual la había llevado siempre. Pero, ¿y si te lo dan?, apostilló finalmente. Primero, aseveró  don Rigoberto, es una hipótesis altamente improbable. De darse el caso, prosiguió, barajaba presentarse con una máscara, tipo ‘V’ de ‘Vendetta’ y preservar sus datos precisos siempre que se aviniera la academia sueca. “Y si no que me lu den a mí”, habría apostillado el poeta minimalista Mingotes en caso de haber participado en la conversación. “Yo voy a ver a los suecos a pechu descubiertu”, añadiría. Cílur lo imaginó terciando en el asunto y esbozó una sonrisa. Chema preguntó por su gesto y él apostilló. “Si lo ganas mandas a Mingotes y todos contentos”. “Trato hecho”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tomó entonces la Vespa para llegar a tiempo a la Laboral. Allí estaba Tarita, en el Centro de Arte, ultimando detalles para la reapertura del centro, tras su estrepitoso y largo fracaso, reconducido por una prestigiosa firma milanesa. Nada más aparcar, recibió un guasap, la cosa se iba a demorar un rato; quizá tres cuartos de hora. Él decidió hacer tiempo, tomó los prismáticos del cajetín de la moto y subió a la torre de la Laboral, esa Giralda de 130 metros de altura que marca el techo de la ciudad. Una vez arriba, enfocó primero hacia la urbe y el mar; se recreó en las grandes letras del acantilado de la Campa (C-i-l-u-r-n-i-g-u-t-a-t-i-s). Luego giró sus prismáticos y miró hacia Oviedo. Giró, giró hasta que llegó a la torre de la catedral; a esos 80 metros gótico renacentistas tan idolatrados por los capitalinos. Y, ¿qué vio? Allí estaba Spielberg, a su vez, con otros prismáticos, enfrascado en analizar, como si con un microscopio estuviera, los andares de los ovetenses, sus conversaciones, sus gustos, su vestimenta; sus comercios; todo; hasta el hábito más banal. Estaba de lado respecto a Cílur, a quien ya había soplado Prese que el cineasta no dejaba de hacer escapadas a Ovietus últimamente. Sin embargo, acaso por eso de que cuando a uno le miran intensamente acaba notándolo, de repente viró y enfocó directamente a Cílur. Ambos tenían unos prismáticos de última generación que aproximaban la imagen hasta una milésima. De forma que si distaban en ese instante treinta kilómetros, se estaban viendo a treinta metros. Se reconocieron a la perfección y levantaron casi al unísono el brazo en señal de saludo. Luego siguió cada uno a lo suyo.

Tarita estaba radiante. Llevaba el pelo recogido en una larga cola, lo cual acentuaba sus rasgos. Si todo iba bien, la apertura podría estar lista en un par de meses, todo lo más a principios del verano. Estaban negociando los contenidos y habría alguna sorpresa de repercusión mundial. Pero no podía decir nada; ni siquiera a él. Tenía miedo de que lo dijera en sueños o lo que fuera. Había firmado un pacto de confidencialidad y eso le incluía. Él trataba de ir adivinando detalles a modo de juego. Pero nada de nada. No rascaba ni la más mínima pista. “Ya lo verás”. Eso era todo. Ella se subió en la moto, apretada en aquel asiento monoplaza, y pusieron rumbo a Casa Yoli, donde habían quedado con la prima; la gran CEO de ‘Magullu’; y el novio madrileño, una torre de dos metros con grandes parecidos con Bertín Osborne en versión juvenil. “Vamos a conocer a Superratón”. “Vamos”. “Pero, ¿será un holograma o será de verdad?”. “Yo creo que podemos preguntárselo a él”, remachó Tarita mientras reía con el viento de cara, arrimada a la oreja izquierda de Cílur. Dejaron atrás la iglesia de Deva, donde se habían casado dos hermanos de Cílur, y pasaron el puente que dejaba a la derecha el hermoso lavadero. El paisaje era bucólico y Cílur se sintió gutosamente atrapado por aquella mujer ceñida a su espalda que le apretaba sus manos en mitad del pecho.

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes lo hizo en Bilbao, Sevilla y Granada. También es escritor, con seis obras en su haber: 'Gijón escultural' (2919), 'Cilurnigutatis Boulevard' (2021), 'El buen salvaje' (2022), 'García' (2023), 'En el reino de Kiker' (2024) y 'El centollo vive arriba' (2025). Ha viajado por 42 países y hace su propia sidra.


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