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Adrián Ausín

Campo y playu

Amarillo sobre negro

Marzo te permite remojarte una mañana en el gélido Cantábrico, frente a la Rampla, y pisar nieve al día siguiente en la cima de un dos mil de la montaña leonesa. Desde los terribles incendios que asolaron el Parque de Riaño el pasado agosto te habías encerrado en una concha de caracol para evitar la vista de tu paraíso terrenal teñido de negro. Ya tocaba. Desde Casasuertes, un pequeño pueblo de infinito encanto, el camino hacia el alto de los Pandos (2.048) muestra a ambos lados un paisaje negro, chamuscado, asolado. Así será hasta la cima con la extraña sensación de ir siempre a monte abierto, sin escobas ni zarzas ni brezos que esquivar, ni trochas que buscar. Toda la vida animal durante casi cuatro horas de ascenso se reducirá a una pequeña araña esquivando tu pisada. Pero pese al destrozo reinante seis meses después de las llamas, hay otros signos de vida. Y colores. En el valle, el río pone la nota musical serpenteando sobre un lecho de hierba verde que hace contraste con las laderas. En los picos la nieve lo salpica todo mostrando aún el poderío de la invernada. Y en la montaña, además de la araña, entre los infinitos troncos negros de los hayedos, como un desfile de cadáveres, hay también algunos plateados que amagan haber sobrevivido. No está claro aún. En ese panorama, entre tanta huella hostil, en medio de la destrucción, irrumpen milagrosos los capilotes, como en esta tierra se llama al narciso, que es recibido con fiestas en los pueblos de la comarca allá por mayo. Después de las llamas, diluvios y nieves, el capilote, compruebas con alegría, ha comenzado a brotar de la tierra quemada. Su presencia ilustra el poder regenerador de la montaña, su capacidad de resurgir frente al poder del trueno, el fuego y el hombre. No todo está perdido, piensas monte arriba. En el alto te circunvala un espectáculo majestuoso. A un lado, los Picos, con el Cornión, la Montaña Central y Ándara. Al otro, las cumbres del Parque de Riaño.

En la bajada aparecen nuevas señales de vida. Hasta dieciséis cabras hispanas primero y ocho venadas después. Solo falta el oso, avistado muchas veces en estos valles por los guardas, nunca por ti. Se habrá enriscado en las alturas, aunque en algún momento bajará a beber. Las fuentes de Casasuertes saben a gloria bendita, su pureza la sientes en tu organismo como si te regalara vida eterna. El fuego no se lo ha llevado todo. Permanecen las esencias y la chispa del agua en la tierra volverá a reactivar todo el proceso. El primer capilote avistado, luego serían muchos más, es la mejor prueba de que el monte saldrá victorioso.


En Casasuertes, deshabitado entre semana, pero muy cuidado, descubres por azar en el ventanuco de una casa abandonada la etiqueta de una caja remitida hace más de medio siglo. En el remitente pone: «Fábrica de Tabacos. Campo de las Monjas 12. Gijón». La antigua dirección delata la edad de aquellos cigarros. Cuando llegó esa caja el pueblo estaría lleno de vida. Hoy, pese al éxodo y las heridas del fuego, sigue siendo un bálsamo de inconmensurable belleza.

(publicado en EL COMERCIO 9 marzo 2026)

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes lo hizo en Bilbao, Sevilla y Granada. También es escritor, con seis obras en su haber: 'Gijón escultural' (2919), 'Cilurnigutatis Boulevard' (2021), 'El buen salvaje' (2022), 'García' (2023), 'En el reino de Kiker' (2024) y 'El centollo vive arriba' (2025). Ha viajado por 42 países y hace su propia sidra.


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