Seis de la tarde, playa de San Lorenzo, escalera 12. Sofía, una niña de seis años, se dispone a merendar en la toalla. La abuela le da un bocadillo de jamón serrano y al tercer mordisco, el pan y el embutido saltan por los aires. Dos gaviotas le acaban de lanzar un ataque aéreo que dejan a la sobrina, por un instante, aterrorizada. Las aves se han llevado algo, el resto queda tirado en el suelo y, además del susto, le queda un arañazo en la nariz a modo de recuerdo. Esto ocurre el lunes, hace ocho días. Una semana después, tras rumiar lo sucedido, pasas a la acción. Lo de la sobrina es la gota que colma el vaso. Has visto ataques en la terraza del Dindurra; cafés con churros derramados, pinchos volatilizados en todas partes, niños llorando del susto… Vas a la playa a las nueve, cuando las casetas están aún atadas al mástil y el arenal es un paraíso desierto. Lo haces vestido de negro, con un bigote a lo Charles Bronson. Si ellas se han puesto en modo ‘Los pájaros’ de Alfred Hitchcock, tú lo haces en el de ‘Yo soy la justicia’. Hace ya demasiado tiempo que estas señoras (las gaviotas) abandonaron esas bucólicas estampas en el Muelle emitiendo su griterío mientras pescaban. Ahora van al pillaje sin respetar nada. Su doble versión, la alegre y la agresiva, el blanco y negro a la vez, como Michael Jackson, se ha simplificado. Están alistadas al hampa más delincuencial. Y tú, y tu bigote, vais a resolverlo.
Bajas a la arena. Ahí están. Trescientas gaviotas desplegadas entre la 14 y la 15 en posición de descanso, planificando el nuevo día, repartiéndose por adelantado el botín. Caminas directo hacia ellas. Se extrañan.
–Quiero hablar con la jefa.
–¿Tú quién yes?
–He dicho la jefa.
Hay un pequeño revuelo. Enseguida se adelanta una gaviota con andar chulesco. Mira desafiante. Tú también. Estiras el brazo con una foto de la sobrina y le dices:
–Si volvéis a atacarla, si volvéis a comerle el bocadillo, no dejo una viva.
Y por si hubiera dudas, cargas una pequeña metralleta comprada en un chino, emulando a Bronson. Hay un aleteo generalizado. Se han puesto nerviosucas. La jefa desanda sus pasos con la foto asida del pico. Abren un debate apelotonadas. Hay graznidos, discrepancias, un griterío estridente. A los cinco minutos vuelve con la foto, la entrega y resume.
–Puede traer el bocadillu.
Lanzas una ráfaga de falsos disparos al cielo para dejar clara tu determinación y replicas:
–Eso espero.
Cuando te vas con paso firme, dándoles la espalda, hacia tu baño en la Rampla, sientes su incomodidad. Un tipo solitario ha amenazado su reinado. Entonces lanzan un susurro creciente para inquietarte:
–Alfred, Alfred, Alfred….
(Continuará)
(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 6 AGOSTO 2024)