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Adrián Ausín

Campo y playu

Bollos

Con el primer mordisco le arranca una oreja. Con el segundo, la otra. El tercer objetivo es un ojo, pero se resiste. Dice que «está muy duro». Esto le permite al cerdito de chocolate sobrevivir, ya mutilado, unos segundos más. No muchos. Entonces le ataca la cabeza, donde deja un considerable boquete. El Domingo de Resurrección tocaba darle el ‘bollo’ a ese ahijado de cuatro años que apunta maneras de fiel heredero de Robocop. Apaciguado con el chocolate, decides entretenerlo con un vicio muy infantil, el agua, arrimando el ascua a tus intereses. Primero te ayuda a regar el semillero donde han empezado a brotar miniaturas de plantas de tomate, pimiento, calabaza… Se lo pasa bomba, aunque con gestos bruscos que debes ir moderando. Luego toca el coche, lleno de polvo, que ataca con una manguera. Ahí se pone más bravo aún y enseguida descubre que si gira de repente nos pasa por el agua a tíos, primos y hermanos; así que acaba por resultar un peligro público este pequeño Nicolás, pues así se llama, de cuatro años. De todas formas, el coche queda más o menos limpio tras cuatro días ‘camino Soria’ de ida y vuelta. El polvo que trae es ni más ni menos que de Sad Hill, ese valle de ensueño burgalés (camino Soria) al que se accede por una pista de tierra desde Silos o desde Contreras, y donde rodaron las grandes escenas finales de ‘El bueno, el feo y el malo’ en el verano de 1966. Tras su abandono total, unos frikis recuperaron el cementerio con sus cuatro mil y pico tumbas y otros frikis, como este cilúrnigo, acuden a pisar el lugar y correr por él como el feo buscando el tesoro en una tumba desconocida. Imposible no fotografiarse con la imponente silueta de Clint Eastwood, a quien imaginas visitando a los monjes del cercano monasterio 60 años atrás. ¿Qué hablarían? Lo visualizas arrugando el gesto hacia el ciprés del claustro diciendo algo así como «buen árbol para una soga, hermano». Quién sabe.
En el paraíso soriano, donde también hay un rodaje para la posteridad, ‘Doctor Zhivago’, repites localizaciones de ensueño –Ucero, Calatañazor, la Laguna Negra nevada…– visitadas ya otras veces. En las afueras de Burgos, entre la ida y la vuelta, te llevarás la gran sorpresa del viaje en otros dos ‘sets’ que bien valen una megaproducción. El monasterio de Las Huelgas es una joya donde duermen el sueño de los justos sus promotores, Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet, amén de otros muchos reyes castellanos. Y en su museo, junto a los ropajes con los que fueron enterrados muchos monarcas de hace ocho siglos, se exhibe una auténtica joya en perfecto estado: el pendón arrebatado a los musulmanes en Las Navas de Tolosa (1212). En la Cartuja de Miraflores, última parada de película, deslumbra el sepulcro de los padres de Isabel la Católica:Juan II e Isabel de Portugal, con el de su hermano Alfonso a un lado. Está España, aunque a veces se nos despiste, llena de tesoros que recuerdan etapas histórica y gestas dignas de la mejor novela de caballerías. Y escribes esto, por si quedara alguna duda, con la figura de Pelayo mirándote retadora desde el Muelle recordando a la parroquia quién empezó todo este tinglado.

(publicado en EL COMERCIO el martes 7 de abril 2026)

Temas

Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes lo hizo en Bilbao, Sevilla y Granada. También es escritor, con seis obras en su haber: 'Gijón escultural' (2919), 'Cilurnigutatis Boulevard' (2021), 'El buen salvaje' (2022), 'García' (2023), 'En el reino de Kiker' (2024) y 'El centollo vive arriba' (2025). Ha viajado por 42 países y hace su propia sidra.


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