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Adrián Ausín

Campo y playu

Codema

El abuelo se encorva con los brazos abiertos y cara de felicidad plena. Es un abuelo juvenil con la calva tostada por el sol y una rasurada barba blanca. Toda la pinta de ser de un club de montaña. Con este gesto atlético, como el de un portero de balonmano al que van a lanzar un penalti, se dispone a recoger a la nieta, de tercero de Primaria, ocho años por tanto, a las doce y media de la mañana. Su escorzo le distingue del resto de adultos dispersos, en posturas serenas, con la mirada fija en esas dos puertas por donde salen briosos los niños al acabar las clases. Él se dispone a recibir a la ‘suya’ con gesto jubiloso, pero ella siente una vergüenza creciente que, como un acto reflejo, la lleva a esquivar el abrazo y darle una patada en la espinilla.

Estamos en el patio del Codema, donde cada día se reproducen estampas de reencuentros. Tan pronto está silencioso como se puebla de adultos aguardando el característico ruido de las escaleras, se escenifica una acelerada búsqueda visual para emparejar unos con otros y el patio, al tiempo campo de fútbol sala, vuelve a su reposo. Ahí marcaste goles de todos los colores de los 10 a los 14 años, de modo que ir a buscar a la sobrina tiene un componente adicional de remembranza. En dicho patio, la semana pasada tuvo lugar una singular charla con el único cura que queda de entonces. Te identificas, le cuentas que fue él precisamente quien te invitó a buscar otro colegio donde encajaras mejor. Él se apura. Se disculpa al instante. Pero le aclaras que fuiste tú el único culpable de haber salido ‘por la chimenea’. «Era un trasto tremendo», confiesas. Y para su paz interior añades tres pinceladas más que amables de tu biografía posterior.

En el camino a casa de los abuelos de la sobrina que hace de eslabón con tu pasado claretiano, la conversación no tiene desperdicio. Si ocurrió algo fuera de lo común, rápidamente lo casca. «Hoy hubo tres incidentes tioadrián»; a saber: un niño vomitó, otro se dio un coscorrón y ella sangró un poco por la nariz. Tres es un máximo; normalmente hay uno a lo sumo, pero ella tiene vocación de redactora de sucesos y enseguida destaca los lances habidos por la mañana. Luego te pone al día del vocabulario de Primaria. La novedad del día en un momento de duda sobre su respuesta es: «Ubícate». Tomas nota. Los deberes de esta niña aplicada, lista como un rayu y simpática como ella sola animan el paseo. Acaba de hacer un trabajo en inglés sobre un delfín. Tú le afeas, en broma, no haber elegido un centollo. Ella se echa entonces la mano a la cabeza percatándose del craso error: «¡Es verdaaad!». Y siguen las risas mientras, de camino, grabas un vídeo para su madrina contando alguna chanza. En el último enseña con la boca muy abierta las fundas que le pusieron días atrás en los dientes. Acaban de conceder al Corazón de María la medalla de oro de la ciudad. Si de tu currículum dependiera, más bien lo deberían excomulgar. Pero cuando observas el rostro radiante del moco de ocho años que te acompaña entonces lo entiendes todo.

(publicado en El Comercio el martes 28 abril 2026)

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes lo hizo en Bilbao, Sevilla y Granada. También es escritor, con seis obras en su haber: 'Gijón escultural' (2919), 'Cilurnigutatis Boulevard' (2021), 'El buen salvaje' (2022), 'García' (2023), 'En el reino de Kiker' (2024) y 'El centollo vive arriba' (2025). Ha viajado por 42 países y hace su propia sidra.


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