(Sabores gaditanos 2)
Cuando pones la sombrilla, la silla y la toalla en la playa del Cabo Trafalgar sientes que estás haciendo historia. Te sientas, haces un barrido visual del horizonte e imaginas a 33 barcos hispanos y franceses colocados ya desde el inicio en posición de huida, mientras aguardan la llegada de los 26 comandados por Nelson. La frágil alianza con los galos colocó al frente de la tropa a un gabachón muy poco preparado, Villeneuve, y con su primera decisión de virar para iniciar la batalla ‘mirando pa Cádiz’ dejó a los suyos/nuestros en franca desventaja. El desastre fue total.
Ocurría aquello el 21 de octubre de 1805. De la batalla de Trafalgar se ha pasado en los Caños de Meca y Zahora, micropoblaciones situadas a izquierda y derecha del cabo, a la cruzada por el mejor folgar. Toda la vida se ha organizado en este rincón gaditano para darle alegría al cuerpo, Macarena. Si toca Poniente, el día es maravilloso. Con 30 grados, te parapetas bajo la sombrilla, abres un libro y recibes una suave brisa fresca que contrarresta el calor. De cuando en cuando, alzas la vista y miras al faro. ¿Se vería desde allí el tiro que acabó con Nelson? Seguramente no, pues la batalla fue a doce millas de la costa. ¿Llegarían a esas mismas playas restos de los buques naufragados? Seguramente sí. ¿Se teñirían de rojo las olas con los casi 4.000 muertos y otros tantos heridos de la batalla? Quizás.
Tras un baño, parece oportuno recorrer la sucesión de playas: Faro, Cala Isabel, Zahora, Mangueta; hasta conectar con la del Palmar, que llega desde Conil. Sin restos de la batalla, quizá el mejor debate sea si elegir carne de toro o calamar a la plancha en el chiringuito de Juan, con un salmorejo de primero. Triunfa el calamar que, según aseguran, es del mismísimo Cabo Trafalgar. Lo cortas e imaginas saliendo de sus entrañas el botón de la zamarra de un marinero inglés, pero el bicho está limpio; y riquísimo. Después vuelves a la sombrilla y siesteas. Y más tarde, a leer un poco. Y luego a pasear de nuevo por la orilla. Cuando la playa ha dado todo de sí en la jornada, dejas todo en el coche y retornas al chiringuito de Juan, donde ha empezado a servir mojitos para ver la puesta de sol. Ponen música y reina en el ambiente una pachorra absoluta. El sol se esconde y en la línea del horizonte emergen sesenta galeones del siglo XIX.