En cuestión de ideas, Gijón es el planeta perfecto. Regurgitan en nuestra marmita faraónicas empresas que dan saltos alternos hacia el hiperespacio, compitiendo las unas con las otras sin que ninguna se lleve nunca el gato al agua. No daremos nombres. Todos los sabemos. Es moneda común el comentario playu de que así vivamos 114 años no veremos ni por asomo una brizna de realidad de todo aquello de cuanto nos hablan. Son gotas gruesas de vapor saltarinas, traviesas, huecas, que solo cobran forma, día sí día también, en el infinito contenedor de las palabras. Una de las últimas, acaso te hayas perdido otra, son los hipotéticos destinos que podríamos dar a los antaño juzgados de Prendes Pando, cerrados a cal y canto desde hace largo tiempo. Y este cilúrnigo con lengua de lagarto no puede evitar lanzar su propuesta como si en este nuevo y plúmbeo ‘debate’ hubiera amagado ver una golosa mosca que capturar con su desplegable. Pues qué mejor lugar que esta anodina mole para trasladar a sus interiores al ejército de funcionarios de la Antigua Pescadería. Gozan desde hace años de la graciosa prebenda de cobrar multas e impuestos varios con el plus de desangrar al ciudadano mientras contemplan nuestro hermoso mar desde el rincón más señorial de San Lorenzo. Y quizá esta irritante distribución de papeles entre cobrador con vistas y pagador mosqueado debería experimentar un giro radical. ¿No ofende? ¿Quién no ha pasado por taquilla? El que esté libre de multa, plusvalía o tasa que tire la primera piedra. Pocos podrán hacerlo.
Quizá sea llegada la hora, Prendes Pando mediante, de arbitrar un democrático desalojo de este bello inmueble que a todos pertenece. El disfrute de sus inquilinos ha sobrepasado con creces los plazos más generosos. Ahora nos toca a todos los demás. Pero no ya para ir a abonar nada a esa venerable administración que nos despluma, sino más bien para ponernos ciegos a sidras, centollos y oricios. Pues, ¿se le ocurre a alguien mejor sitio para montar un ‘gastro mercado’ de esos tan en boga por España que la Antigua Pescadería? Dejemos los trámites de la creciente ‘burro-cracia’ patria para edificios más soviéticos y poblemos de vida, y alegría, este marmóreo patrimonio nuestro a pie de mar. Queremos ahí dentro, de nuevo, pescados vendidos con cantarinas voces, bares y restaurantes para consumirlos in situ, una combinación de unos y otros que cambie por completo, y para siempre, ese desabrido gesto con que franqueamos hoy sus puertas. Lo ven. Otra idea para la marmita. Otro vapor. Pero este, al menos, amariscado.
(Publicado en papel en EL COMERCIO el martes 1 de octubre de 2o24)