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Adrián Ausín

Campo y playu

Villaviciosa

«Villaviciosa tiene dos barrios grandes: Gijón y Oviedo». Lo dice, irónico, Monchu el cura, mientras conversas con él en La Librería de la Villa, donde acabas de conocer a esta ‘institución’ maliaya con los 90 cumplidos el pasado enero. Nada los delata. Su conversación es ágil, su aspecto estupendo. Con la boina calada y su poblada barba banca, José Ramón García bien podría ser un pope ruso. O un partisano. O una versión rural de Pío Baroja. A Monchu parece gustarle la butaca de la librería y en ella ha aparecido sentado, como por arte de magia, cuando hablabas con el librero, Javier. «¡Hombre, Monchu! No te he visto llegar».

Tras las presentaciones surge una amena conversación, pues este hombre afable y sincero que fue cura en Luarca, Teverga, Sama, Oviedo y Villaviciosa lleva un mundo con él. Hace tres años publicó ‘Astures, gens hispaniae’, un documentado ensayo sobre esta tierra como la primera nación española (va por la tercera edición). Tiene también pasión por la pintura, que practica en primera persona. Y es un conversador infinito. En la charla, surge precisamente Kiker, autor del cartel de la Semana Santa de Villaviciosa de 2007, un óleo tan brillante como distinto que generó en su día cierta polémica. Él no se la ve. Es más, observa esta obra y otras del genial allerano y las aplaude. «Es muy bueno».

Con el placer de haber conocido a Monchu el cura, te vas de compras por la villa. Al Mercado, maravilloso. A la pastelería Colón, un clásico. A tentar la suerte en su puesto lotero. Ya de paso, a la farmacia. Y luego paseas por sus calles peatonales rebosantes de encanto. Con sus garitos. Sus tentadores menús del día. Ese estanco que a la vez es juguetería y tiene un par de escaparates llenos de ‘antigüedades’ para niños, con muchos camiones de plástico de talla XXL como aquellos con los que jugabas de pequeño.

Las calles del Sol y del Agua son para enmarcar. La plaza de José Caveda y Nava te transporta a un tiempo lejano. La iglesia de la Oliva es una reliquia. El convento de las clarisas, donde antaño visitabas a tu tía (política) monja, es otro rincón de referencia. Las sidrerías. Los comercios. El parque. Esos acogedores chalés setenteros que se alinean en la recta de salida… La Villa lo tiene todo y este cilúrnigo acepta con gusto la propuesta sacerdotal de pasar a convertirnos en un pedazo suyo, en un barrio de la tierra donde desembarcó Carlos V (junto a lo que hoy es El Gaitero) y donde pasó sus cuatro primeras noches en España en 1517. Ahí está aún la Casa de los Hevia para recordarlo.

Villaviciosa Hermosa, si no viviera en Gijón en tus calles lo haría. Villaviciosa Hermosa, no hay otro pueblo en Asturias con tu naturalidad y belleza. Villaviciosa Hermosa, si no te hubiera casado Paz en el Ayuntamiento allá por 2003, a tu cura partisano encomendaría aquel feliz enlace. Sin ti, Villaviciosa, sin tu vecindad, sin tu autenticidad y tu infinito encanto, Gijón no sería Gijón.

(PUBLICADO EN EL COMERCIO EL 24 MARZO 2026)

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Gijón y otras hierbas

Sobre el autor

Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes lo hizo en Bilbao, Sevilla y Granada. También es escritor, con seis obras en su haber: 'Gijón escultural' (2919), 'Cilurnigutatis Boulevard' (2021), 'El buen salvaje' (2022), 'García' (2023), 'En el reino de Kiker' (2024) y 'El centollo vive arriba' (2025). Ha viajado por 42 países y hace su propia sidra.


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