En el carrusel del mundo parece ya difícil sorprender. Un coche con cuatro ocupantes de los que tres parecen ser delincuentes y el cuarto es el presidente del Gobierno. Un hantavirus emergente revolviendo la primavera. Un estrecho de Ormuz muy crudo. Cuba a punto de caer. Trump, su gorra roja y su ruleta diaria. O, lo último de lo último, diez misteriosas muertes en el Yanki de personas implicadas en la investigación no ya de vida extraterrestre sino de humanos que han venido del futuro y habitan entre nosotros. Este último grito distópico merodea por tu sesera mientras te aplicas con mimo al riego de los tomates. En la huerta reina una paz celestial quebrada solo, de vez en cuando, por algún ave. En ella está prohibido el teléfono móvil y es por tanto un reino de incalculable valor donde no caben injerencias. Analizar el mundo entre tomates, pimientos y calabacines permite una óptica que combina a la perfección placidez, escepticismo y relativismo. Salvo que irrumpa sobre ti un caza, es la huerta el mejor búnker para aislarte del mundanal ruido.
¿Y Gijón? Pues mire usted, la Rampla en su sitio. El mar, fresco. El Molinón, triste. Algunas cosas locales moviéndose en buena dirección (Naval Azul, La Isla, Tabacalera, Albergue, Hogar de Ceares…) y los proyectos gruesos nacionales, en los cajones siesteando como marsopas (mejor no enumerarlos). En este tramo de vida futura, de los 58 a los 100, no sabes calibrar hasta dónde sufrirás la crispación creciente, si estarás condenado a vivir en un país avinagrado por la política o si alcanzarás a entrar en una cuarta dimensión en la cual el Sporting juega la Champions. Con el mundo abierto en canal, las posibilidades apuntan a todas direcciones y a ninguna, pero este insignificante insecto de dos patas se conjura para ser feliz contra la adversidad en las dosis más elevadas posibles, por agitadas cabriolas que haga la bola terráquea. Gire como gire el planeta loco, este cilúrnigo de provincias hará todo lo posible por aislarse de lo feo y abrazar lo bello. A la esposa, a la familia, a los amigos; a los tomates, a la sidra casera y a los centollos. Con dolorosas renuncias, como el oriciu. Y reflexiones abiertas, como afuracar el Muro. ¿Por qué no? Cuando tengamos ‘Tunelón’ aplaudiremos sus bondades. Nueva meditación, esta vez, ya en la Rampla, apoyado en la barandilla tras el baño matinal.
Camino a casa, por la avenida Castilla, observas algo extraño en mitad del césped. Te adentras y ¡tate! descubres al primer alienígena gijonés disfrazado de tocón. Su postura es provocativa. Tiene algo de Travolta en pleno paso de baile. Pero ahí está, inmóvil. Te acercas con la idea de susurrarle unas dudas sobre el futuro. En una cena reciente retaste a los colegas:¿Si pudierais elegir en este instante ser inmortales lo haríais? Dos dijeron que sí, dos quedamos dudosos. ¡Quinientos años, mil años! Buf. Igual cansa. Meditas qué preguntar al crononauta de Isabel la Católica. Finalmente, decides irte dejando la partitura abierta. Que la vida te sorprenda cada mañana. En Gijón, en Arroes o en Hidra. Y que salga el sol por donde quiera.
(ÚLTIMA GIJONADA publicada en EL COMERCIO el 12 de mayo de 2026)