La vuelta a Cuzco, tras coronar Machu Picchu y recibir la bendición termal de Aguas Calientes, tuvo también su miga. El tren iba atestado y las ventanas estaban protegidas por barrotes de hierro, de forma que en caso de accidente, pensé, no podrías romperlas y salir por ellas. Esto me vino a la mente porque una buena parte del recorrido iba pegado al río Urubamba, con un caudal tremendo, y el tren mostraba además una peligrosa inclinación hacia su cauce. De todas formas, durante un rato, mi amigo y yo fuimos asomados por la ventana hasta donde nos lo permitían los barrotes externos. Íbamos ensimismados por la experiencia vivida, mirando el río bravo y la naturaleza. De repente, atravesó una aldea y un chaparrón de agua nos impactó en la cara. No entendíamos nada, pues hacía sol y el río había quedado un poco alejado. Las carcajadas del vagón y las de los niños que corrían afuera siguiendo el tren nos permitieron atar cabos. Desde fuera, nos habían tirado un caldero de agua en plena cara que nos había sacado de cuajo de nuestras ensoñaciones de tres días por la senda inca. No nos quedó otra que reírnos también nosotros.
En Cuzco volvimos a nuestra morada, la Pensión San Blas, un destartalado chamizo con un agradable patio central. Acordamos con el guía celebrar la gesta del Machu Picchu comiéndonos un chancho (cochinillo) al día siguiente. No los había en los restaurantes, pero él se ofreció a encargarlo en una casa particular, adonde iríamos los tres a darnos un banquete. Así que le adelantamos unos soles y nos despedimos. Había que dormir a pierna suelta. A la hora convenida no apareció nadie en la pensión. El guía había pasado de nosotros, pese a regalarle comida y camisetas y pagarle bien por los tres días que habíamos estado juntos. En teoría su misión había sido conducirnos por la senda inca y portear el equipaje. Sin embargo, habíamos repartido el peso exactamente entre los tres sin sobrecargarle. Nada impidió que viera en nosotros dos pizarrinos en potencia. Con el chasco de su estampida, arbitramos un plan B. Vamos a zamparnos un cui, decidimos. El cui, según nos habían contado, era un manjar, un plato muy especial para los peruanos. Así que nos fuimos a un restaurante y pedimos un cui para los dos. Cuando pusieron el plato sobre la mesa nos dieron ganas de vomitar. Aquello era igual que una rata, si es que no era una rata en sí misma. Tenía una verdura en su vientre y creo recordar que le rodeaba alguna patata y alguna zanahoria. Nos miramos, aguantamos la risa para no ofender a nadie, e intentamos comerlo. Creo que hubiese preferido una semana en Vietnam. Qué asco pasé. Había muy poca carne, mil millones de huesecillos y no parabas de ver, en todo momento, la estructura roedora del ejemplar. A quien guste, que ponga en Google ‘cui y perú’ y ahí lo verá en un plato esperando al mejor postor.
Quiso la casualidad que aquella misma tarde habíamos visto un cui muy especial. Fue en un gran lienzo sobre La Última Cena que preside una de las paredes laterales de la catedral de Perú. Tanto Jesucristo como los apóstoles parecen incas y en medio de la mesa hay un suculento cui esperando por tan distinguidos comensales. Ya se sabe que cada cual cuenta la fiesta a su manera. Así que en Perú consideran que en una ocasión tan solemne como aquella nada mejor que zamparse un cui. Con el preciado cui peruano en nuestro estómago decidimos darnos a la bebida para facilitar su digestión. Al día siguiente nos íbamos al lago Titicaca.