Acabo de terminar ‘HHhH’. Confiesa el autor, Laurent Binet (París, 1972), que su idea era titularlo ‘operación Antropoide’. Pero el editor se negó en redondo. Le parecía un título de ‘serie B’. En cambio, con sus cuatro haches logra el efecto llamada. Uno piensa primero en una extraña fórmula química rebosante de hidrógeno, pero luego ve en la portada unos nazis desfilando, unos árboles al fondo y dos paracaidistas sobreimpresionados. Entonces acaba por descubrir que estamos hablando de la peripecia de dos checos adiestrados en Inglaterra que se infiltran en su propio país en 1942 para acabar con la cabeza visible de sus invasores, un nazi cabronazo donde los haya que tiene a Hitler encandilado. Se llama Reinhard Heydrich, jefe de la Gestapo, considerado en las SS como el brazo derecho de Himmler (Himmlers Hirn heisst Heudrich) (el cerebro de Himmler se llama Heydrich). De ahí la proliferación de hidrógenos del título.
El atentado en sí resulta apasionante, a la par que chapucero. La fuga posterior, más. Los protagonistas se refugiarán en una iglesia de Praga, donde se armará la de dios al cabo de unos días y colorín colorado. No desvelo la trama argumental más allá de donde lo hace la propia contraportada del libro y de los hechos ya conocidos por quienes tienen afición a la Segunda Guerra Mundial. Binet carga bien de tensión estas escenas. Les pone la suficiente carga de dinamita para que el lector las devore. Pero la acción bélica no llega hasta el último cuarto del libro. Antes debemos serpentear por la vida pesonal del autor, enfrascado en sus investigaciones sobre el atentado, en sus amoríos y en sus viajes a Chequia, intercalados por la propia evolución de los protagonistas de su historia. Cuenta sus avances, critica otros libros escritos sobre el mismo tema y hace hincapié una y otra vez en su disconformidad con la costumbre de inventarse diálogos para contribuir al dramatismo de la narración. Él prefiere las nueces peladas en el plato. Esto fue así. ¿Qué dijeron? No lo sé. Quizás exagere un tanto en atrincherarse en este debate literario, que comparte con el lector, pero lo cierto es que el francesito logra construir una historia trepidante.
La base se la regaló la propia Historia. Él añadió unas dosis de trasgresión propias del treintañero y acabó por llevar a buen puerto un episodio conmovedor. No se recrea en el atentado, lo cual aunque parece a priori un castigo para quien pasó de las 300 primeras páginas de ambientación puede acabar por entenderse como un ejercicio de ‘honestidad’. De todas formas, le hubiera perdonado (o agradecido) que recurriera a la ficción para prolongar el momento culminante de la novela: la muerte de Heydrich y la cruel venganza de los nazis. 70 años después, en Praga, siguen intactas las huellas de los disparos.